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Soledad, compañía del crítico
La soledad sigue al crítico como la sombra al cuerpo: "esta grande y vieja amiga mía", anotó. El crítico está sentenciado a la soledad intelectual y política, dice Walzer. Ese insistir en las "virtudes de la soledad heroica y la sabiduría solitaria", que este mismo autor señala en los críticos sociales, se manifiesta en Torres López como dolor: Acompañado de soledad se va de Salta; seguido por ella viaja por la Argentina y por varios países latinoamericanos.Su destino es "andar, andar trabajando por mi estirpe, hasta que en una noche vulgar, en un pueblo cualquiera, en la soledad gris de una hosca habitación de hotel, la muerte me sorprenda simple y callada, como el vidriarse del ojo de un mastín, en inclinarse del cuelo de un pájaro o el desprenderse de la hoja silenciosa que cae", escribe en La Paz a los 32 años.
No abandona, sino que acentúa, ese tono sombrío cuando tiene 45 años y escribe en Rosario: "¡Soledad y espanto y desamparo todo! Indiferencia absoluta, inconsciencia anulante, para la publicación de libros y de ideas nuestras, para que los pensadores y el pensamiento argentinos no yazcan en el más sórdido y oscuro anonimato". Agrega: "Después de treinta años de labor intelectual pura, honrada, limpia y seria, hoy estoy más solo, más incomprendido, más saturado de noche y de angustia, pero más firme y más esencial, más irreductible. Cumpliré con mi deber hasta el fin".
En vísperas de cumplir 57 años vuelve sobre el tema: "Cuando ya no pude más, desvencijado de cuerpo y mucho más de espíritu, luego de un cuarto de siglo de andar y trabajar para nada, tuve que refugiarme en algún rincón de sol y de paz. Fui a dar a Río Ceballos, en Córdoba".
Humanismo universalista
No alimentaba su amor por la patria chica con la cerrazón del localismo sino con la apertura hacia el universalismo. "Me interesó mi alma, pues. Me apasionó el mundo en su realidad grande, que es su verdad interna", escribió. No hay que tener conciencia de "ayllu" sino de nación, repitió. El enclaustramiento empobrecía cultural y materialmente. Nuestros pueblos mediterráneos tenían que abrirse al mar, respirar a dos pulmones: hacia el Atlántico y hacia el Pacífico, entre cuya tensión habían desarrollado su historia y tendrían que construir su futuro. Cuando se recupere la memoria de los proyectos de integración habrá que rescatar las fuertes intuiciones de Torres López respecto a nuestros vecinos de América Latina.No fue don Ciro un trotamundos sin equipaje intelectual ni un devoto practicante de la ignorancia activa. Pero tampoco se sentía un intelectual apoltronado entre papeles ni un nostálgico detenido en la contemplación del pasado. El pasado, escribió, tiene que actuar como una de las fuerzas para transformar el presente Fue un lector y crítico severo y, por momentos, excesivo de Alcides Arguedas, al que llama "sociólogo de pared cuadrada", "teorizante, clasificador y despreciador de lo sudamericano". También lo fue también, admirativamente, de Oswald Spengler, cuyo libro La decadencia de Occidente le obsequió Benjamín Villafañe en la primera edición española de 1923. Leyó además al discutido conde Hermann Keyserling y Waldo Frank.
Como también fue admirador de Sarmiento, Alberdi, Gabriel René Moreno, Manuel Ugarte o de su comprovinciano Joaquín Castellanos. Periodista, descubre y denuncia las miserias de ese ambiente saturado de intrigas y odios personales. En 1940 anuncia "Civilización y salvajismo" donde critica al pasquinismo como negación del periodismo. Explica por qué en provincias no se puede hacer periodismo civilizador y por qué "le sustituye, entonces, su caricatura y su fracaso que es el pasquinismo".
Tiene títulos suficientes para ser considerado un precursor del enfoque regional e integrador. En Vías de argentinidad (1940) recoge sus ideas pregonadas a partir de 1927 abogando por un federalismo de cooperación hacia el interior de la nación y abierto e integrador hacia América Latina. La región es un escalón previo a la federación de naciones, dice. La Argentina debe "dejar de ser mero zarcillo de Europa". Lo nacional no debe excluir sino contener lo ecuménico y universal. El patriotismo debe ser un concepto humanizado pues sino respeta al hombre y su libertad, se convierte en un fetiche dominante.
Critica el caciquismo y el nepotismo, productos y productores del aislamiento, la rigidez social y el espíritu cerril. Hay que remover ese seudo aristocratismo que paraliza la energía social transformadora. Es preciso que esos fragmentos pequeños e impotentes que son las provincias se perciban como partes de un todo regional, se reúnan para ser más fuertes, trabajen en cooperación recíproca, potencien su cultura, conozcan su geografía, su historia y hagan un inventario de sus recursos humanos y naturales. Federalismo no es caciquismo arbitrario, no es localismo cerrado, tampoco falta de solidaridad o ánimo de confrontación. Por el contrario, federalismo es democracia, gobierno de la Ley, ejercicio de la ciudadanía, apertura, respeto a la diversidad, cooperación y equilibrio no sólo territorial sino de poderes.
La falta de organización nos perjudica, nos empobrece. Carecemos de precisión: no somos puntuales, dilapidamos el tiempo, abusamos de los días feriados y festivos que reducen la semana de trabajo a cuatro días. Desdeñamos las estadísticas y el rigor. Despreciamos las ideas. Somos enfáticos, retóricos, poco prácticos, escasamente reflexivos y críticos.
No comprendemos aún que el único modo de asegurar la libertad efectiva es creando riqueza, "destruyendo el desierto del suelo y de las almas, movilizando el afán de los hombres", activando los capitales, abriendo nuevos caminos, sembrando ideas y valores. La historia, explica, tiene sentido cuando se vuelve sociología; el pasado cuando ayuda a construir el futuro. Quiere una sociedad más humana con hombres más justos y generosos. Para mejorar la vida humana es preciso desterrar el hambre, el dolor, la prepotencia y la ignorancia. La emancipación de la mujer es necesaria para que nuestros pueblos salgan del atraso. Cree que la exclusión de la mujer empobrece a una sociedad y que relegar a la mujer a tareas menores supone una enorme "energía humana desgastada en lo pequeño". Habla de un hombre argentino que resultará de la síntesis del viejo criollo y los nuevos inmigrantes.
Seis generaciones y un ocaso
En 1955 cumple 57 años y se siente fatigado. La tarea que se impuso en su juventud: "buscar la verdad", "despertar conciencias" y "mejorar la vida", es desproporcionada, ardua, inabarcable e ingrata. Cree que sus esfuerzos han sido en vano, que su prédica en miles de conferencias y cientos de charlas radiofónicas cayó en sacos rotos, y que sus miles de notas y sus ocho libros publicados no han sido leídos ni comprendidos. Sabemos que se casó con una boliviana con la que tuvo hijos y a la que sólo menciona por su nombre (Josefina) en la dedicatoria de su libro Vías de argentinidad que tuvo dos ediciones (1944 y 1948) Según datos que recogí en Rosario, el apellido de la esposa de Torres López sería Oyanarte.Esas páginas están dedicadas a Josefina. "Ahora marchas a mi lado. Ahora con nuestros hijos (...) Y has querido que este libro fuese para ti; para tu tierra, para tu sangre (...) Es todo tuyo (...) Y por serlo, acaso tenga algo del perfume de tu vida: flor humana, compañera de mis horas, sonrisa de mi otoño, lumbre viva de mi invierno largo". Su último libro publicado, El abuelo árabe, está fechado en Córdoba y editado en Rosario, provincia de Santa Fe en donde residió con su familia. En 1948 figura como domicilio el de la calle 3 de Febrero 1845 de esa ciudad, sede de la Sociedad Filantrópica Belga.
Este último dato se añade a una serie de indicios sobre la posible pertenencia de Torres López a alguna logia masónica. Nuestras averiguaciones en logias de Rosario no confirmaron hasta ahora esas relaciones que en Salta no fueron desmentidas por las fuentes orales familiares que consultamos.
En 1955 se pierden las huellas documentales de Ciro Torres López. No pudimos establecer aún cuándo murió ni dónde murió ni que pasó con sus muchos escritos inéditos. Un ejemplar de su libro "Las maravillosas tierras del Acre", en poder de Carlos Fernández Iriarte y dedicado a su primo Francisco López Enríquez y a la esposa de éste Berta Méndez (hermana de Nelly Méndez, su primera novia), quedó en poder de Daniel Méndez, buscador de oro que murió pobre a comienzo de los años ’60 en un asilo en Cafayate.
Cuando se alejó de Salta treinta años atrás, intuyó que se lanzaba a la ardua empresa de buscar la verdad "aún a trueque de merecer malquerencias e incomprensiones". Don Ciro no pudo quizás cumplir con su último deseo, escrito siendo joven, poco después de marcharse de Salta. Invocando a su tierra, dice: "hogar de mis padres, heredad donde apagaron sus ojos amándote y bendiciéndote seis generaciones de mi casa, lar donde nací y donde alguna tarde también he de mirar mi noche próxima llena de melancólica dulzura pidiéndote un espacio donde descansar los viejos huesos, después de haberte dado todo, completamente todo (...)". A cambio de esa en la ingratitud de los hijos de esa tierra le devolvieron el silencio y el mayor de los olvido.