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Antiguas raíces familiares
Fueron sus padres Asunción López Cabezas de Torres y Juan Torres Carrasco. Su madre, nació en Santa María, Catamarca, el 10 de agosto de 1869. Era hija de Casimiro López y Petrona Cabezas. Murió, a los 70 años, entre agosto y octubre de 1939 en El Carril. Su padre Juan Torres Carrasco, era salteño y tenía al momento de nacer Ciro de 24 años. Juan Torres era hijo de Clemente Torres y Vicenta Carrasco. Asunción y Juan se casaron en El Carril el 3 de septiembre de 1897. Testigos de casamiento fueron Efraín Corvalán y Antolina Torán. Su padre murió cuando Ciro era niño. De ese matrimonio nació además una hija, Elvira.Su madre residió, hasta su muerte, en la casa de El Carril en la que Ciro pasó su infancia. "El Carril es mi pueblo", recordó Ciro, aludiendo a esa localidad nacida como desprendimiento de una vieja estancia, cuyos pobladores se dedicaban al pastoreo y al cultivo del tabaco y cuya vida se animó a partir de la llegada del tren. Al reconocerse como integrante de una familia con diez generaciones en los valles de Lerma y en el de Calchaquí, Torres López acreditaba una condición de salteño viejo perteneciente al núcleo fundador y también un arraigo que su trashumancia no parecen ni disminuir ni desmentir.
El suyo era uno de esos antiguos hogares criollos y hospitalarios donde el viajero encontraba lecho y mesa generosos. Sus padres, al igual que su tío Antenor Justiniano López Cabezas, nacido el 10 de septiembre de 1859, hermano de su madre, eran propietarios de tierras y ganado y de un almacén de ramos generales. Don Antenor era hijo de Casimiro López y de Clara del Rosario Enríquez, con la que se casó en segundas nupcias en 1852. Don Antenor fue padre de Francisco Eloy López Enríquez, primo hermano de Ciro y padre de Esther y María Marta López Méndez, a quienes me aportaron datos genealógicos y fotografías de Torres López.Antenor era hijo Casimiro, un navarro aragonés que a los 20 años, había combatido en España como Requeté en los brotes Carlistas de 1847. "El se vino a las Ferias de Sumalao donde comenzó a comprar ganado para revenderlo, llevándolo a pie al Norte de Chile ayudado por Ramón López Tanco que fue comisario en Taca – Taca. Se puede decir que el espíritu andariego de Ciro era de familia, casi genético", informaron las hermanas López Méndez. Otro de los socios comerciales en esas travesías andinas fue un señor de apellido Abaroa.
En ese ambiente familiar transcurrieron sus primeros años. "Desde niño amé todo ello por libre, bello, solitario, varonil, trashumante, imaginativo, generoso y profundo", recordó. Mientras estudió en la escuela y en el bachillerato residió en la ciudad, regresando en las vacaciones a El Carril "donde vivía mi madre, mis buenos amigos eran los turcos Simón, Amín, José, árabes todos, de Siria los primeros, del Líbano el último". Pronto ese buen pasar se trocó en pobreza. "Víctima de la rapiña de amigos y parientes que dieron fin con nuestro acervo paterno, fui almacenero y, como tal, empecé a saber distinguir, unas de otras, las almas de las gentes (...) La pobreza me obligó a cambiar", explica Ciro en Las maravillosas tierras del Acre.
Rebelión juvenil
Al cumplir diecisiete años Torres López decidió emanciparse, abandonando su bachillerato en cuarto año, por considerar que esos estudios eran "excesivamente apelotonados, presuntuosos y fútiles". Prefirió entregarse a la lectura con libertad, intensidad y avidez. Para el joven Ciro, abrazar una profesión era enclaustrarse, esterilizarse. "Me apasionó el mundo en su realidad grande que es su verdad interna". Con igual entrega e intensidad, trabajó en una ferretería, fue cazador en la puna salteña, se inscribió como pasante de abogado, consiguió empleo público, retornó al campo, fue leñador, sembró tabaco, comenzó a publicar en revistas porteñas, se enamoró y se desengañó.A los 21 años escribió "Güemes", breve ensayo que publicó en la revista de ese mismo nombre que fundó y dirigió Benita Campos. "En verdad, Güemes no fue un general ni fue un santo. Fue un caudillo y tuvo de tal la energía indomable, la reconocida fe y el infatigable ardor que le llevaron a identificarse con sus elementos físicos y humanos de tal modo, que fue su jefe espontáneo". En tono irreverente y desafiante añade: "Hoy, como en todos los aniversarios, las gentes pusilánimes sollozarán quizá porque ni una sola página de piedra en alto relieve se levanta perpetuando el recuerdo del Caudillo. Más, ¿que importan la eternidad del granito ni la gloria del bronce, cuando nada dirán al espíritu de esas pobres gentes? Y las otras, no lo han menester, porque Güemes no necesita monumentos. Ellos están bien para los hombres oscuros amenazados del olvido"
"Y es que – en síntesis – Güemes, es aquí algo más que un guerreo y algo más que un patriota. Es el símbolo de todas las energías indomables y de todas las bravuras y agudezas de la raza; es la expresión de la vieja nobleza y de la nueva sociabilidad, y es el substráctum de las virtudes criollas. Es el Héroe, a la manera de que Carlyle lo entiende".
Repartiendo su tiempo entre el trabajo de oficina y el de incipiente escritor, "transportado como en una fiebre por la dicha de crear", comenzó a redactar cuentos gauchescos y algunas novelas rosa, ("cursilerías ridículas") que firma con seudónimo y luego con su nombre y envía a Buenos Aires. En 1921 aparecieron sus primeros textos en "Caras y Caretas" y al año siguiente en "El Hogar" y luego en "La Nación", "La Razón" y "Atlántida", entre otras.
A los 22 años publicó Aves de presa, en el número 192 de la popular colección "La novela semanal". Tres años después, la prestigiosa revista "Nosotros" (fundada en 1907) publicó, en el número 167, uno de los textos luego incluidos en Miñur en Sumalao (1941) En el número 171, aparece en "Nosotros" su trabajo "El sentido trágico de nuestra existencia". También publicó en: la "Revista de Derecho, Historia y Letras", fundada y dirigida por Estanislao Zevallos; "La Nación", "La Razón" de Buenos Aires; "Plus Ultra"; "El Mercurio" de Chile y Zig Zag" de Perú.
Entre 1922 y 1924 escribe El maleficio, novela en las que se propone plasmar "el alma, las costumbres, los dolores y las esperanzas de las gentes y de las tierras de Salta". Obra que recién verá luz en 1938 y que formaba parte de su ambicioso plan de escribir en quince volúmenes El Valle de Lerma, que denominó "obra cíclica", y de la cual, aunque dijo tenerlos todos escritos, alcanzó a editar sólo los dos primeros. Según ese proyecto, iniciado en 1918 y que debía concluir en 1930, el último volumen se titularía Significado sociológico del Valle de Lerma. De 1923 son dos novelas inéditas, cuyos manuscritos, según nuestra investigación, conservan en Santa Fe en la Biblioteca Argentina "Dr. Juan Álvarez" de la ciudad de Rosario: El relincho y Los senderos del destino, ambas fechadas en 1933.