Página 6 de 7
Un hombre en transición
Podemos decir que nuestro personaje es tiene mucho de los rasgos del "hombre en transición". ¿Qué y quien es ese hombre en transición? El concepto es de Daniel Lerner quien, luego de estudiar el proceso de transformación en Oriente Medio en 1950, marca tres etapas dentro de él: tradición, transición, modernidad. La característica principal de la estructura de la personalidad del "hombre en transición", dice Anthony Smith, es su dinamismo.Torres López es un personaje desmesurado, caudaloso, inclasificable. Su trayectoria de vida puede compararse con la que él mismo describió en otros "hombres meteoros que son como bólidos caldeados por su propia impetuosidad". Ejerció la vida con fervor. "El vivir me apuró", anotó en su autorretrato.
"Para mí Ciro Torres López tiene mucho de moruno. Sus mismos rasgos físicos me lo dicen: tez morena, cara larga, ojos y cabellos negros, nariz prominente, formas gráciles, pero duras... Luego, en su psiquis se revela a sí mismo el nómada empedernido", lo describe el escritor boliviano Jaime Mendoza. Don Ciro, añade, "es uno de esos hombres dínamos que ruedan por el mundo acometidos de incontenible movilidad".
"Exteriormente presentan una inquietud febril". "Exhiben los rasgos claves de la incongruencia y la ambivalencia sobre los valores y estilos de vida antiguos y nuevos". Están desgarrados por el conflicto entre "las nuevas aspiraciones y las viejas tradiciones. Son psíquicamente móviles" y, a menudo, también lo son físicamente y geográficamente. Son inquietos, heterodoxos, seculares, insatisfechos y solitarios. Se interesan y opinan sobre todas las materias; poseen gran capacidad para transmitir información. De Torres López, además de otros parecidos, se puede decir lo que se dijo de su contemporáneo Ignazio Silone: que "era una anomalía: autopropulsado, naturalmente en movimiento".
El crítico social
Ese irrefrenable deseo de movilidad, la frecuencia de los desplazamientos, la diversidad de escenarios y la rapidez con la que ellos van cambiando, el caudal de información en ellos acopiada, su vertido casi torrencial en libros, además de la intermitencia y fragmentación expositiva pueden crear la impresión de que, con Torres López, estamos frente a un voraz coleccionista de deshilvanados datos y a un desordenado narrador de anécdotas.Si la crítica literaria lo excluye del canon, recusando su condición de literato, otro tanto puede ocurrir con la historia, la antropología y el folclore, materias que abordó, aunque de modo general y no sistemático. El hecho que no encaje en esas clasificaciones ¿autoriza a ubicar a Torres López dentro del poco cultivado género del ensayo, adjudicarle esa antigua condición de "publicista", conferirle el título de periodista, el más peyorativo de panfletista o el de mero notario de la época que vivió, las gentes que trató y los territorios que recorrió?
Creemos que las características de su obra y de su acción autorizan a definirlo como un crítico social y, en consecuencia, como un intelectual que cultivó esa actividad que "puede ser considerada, plausiblemente, una creación moderna". Como moderna es la visión que tiene Torres López del intelectual en quien ve un ciudadano que trabaja y que, como tal, tiene sus deberes para con la sociedad a la que pertenece pero ante la cual tiene también derechos.
Los tiene porque escribir supone un enorme "desgaste vital" que debe ser reconocido y recompensado económicamente. Como en la España de Larra, escribir en nuestros países "es llorar", es ejercer un oficio "con dolor, con duro trabajo, con lágrimas, con sangre". Cada libro escrito "es un esfuerzo dolientemente realizado" en donde el autor va dejando "pedazos de su vida", anota Torres López.
El crítico se propone arrancar las máscaras con las que una sociedad cubre sus apariencias: describe el malestar e indica el remedio. Según Walzer, a partir de su sensibilidad moral, elabora esperanzas, interpreta los ideales y contrasta unas y otros con su imagen "en el espejo de la realidad social". La crítica social se fundamenta en la esperanza y se orienta al futuro, explica Walzer.
El escritor auténtico, define y se define, "es un descubridor, un animador, un encauzador". Pero, por encima de todo, es un ser comprometido con la verdad, con su búsqueda e impulsado por el afán de mejorar la vida de su sociedad y mejorar la suya. Puede y debe ser comparado con los pioneros, con la misma capacidad constructora de ellos, pero dotados de "un sentido de universalidad en espacio y tiempo que ellos no poseen".
Ellos tienen, además, una especial perspicacia para ver aquello que otros no ven. Pueden descubrir y apreciar valores que no son los mismos que estiman el mundo de la producción y las finanzas. El espiritualismo de Torres López no desdeña el mundo material: lo contempla procura integrar producción cultural y material. Está convencido de que el pensamiento potencia y transforma.
Ese intelectual genuino es una voz fuerte, clara, firme y libre, exenta de toda traba, añade. La crítica se deriva de la queja común y, aunque sin romper con ella, no se encierra en sus limitaciones, la trasciende, buscando conectar intuición con comprensión. Sin embargo, dice Ciro, no hay que confundir al crítico con el "criticastro frío y no humanista comprensivo, recio de vanidad y no jugoso de amor". Los rasgos del "intelectual auténtico" de Torres López se parecen bastante a los del "crítico social" de Walzer.
Para Torres López un "intelectual de verdad" tiene que reunir las siguientes condiciones : a) tener una acrisolada honradez intelectual; b) ser un observador directo; c) abordar la complejidad sin hacer concesiones al simplismo; d) tratar de perfilar las fisonomías de los grupos sociales y comunitarios sin olvidar que todos ellos están sometidos a constante procesos de evolución e involución; e) no aplicar mecánicamente cartabones europeos para comprender la realidad de nuestros pueblos indoamericanos; f) buscar la verdad con amor, esto es con humildad y comprensión sin eludir auscultarse a sí mismo y g) ser honrado, innovador y sentirse representante y "conciencia cierta de su pueblo como fragmento humilde e inseparable de ese mismo pueblo", señala en Las maravillosas tierras del Acre.