Opinión


El país de la esperanza

Riada en TartagalSerá quizá por que se descubrieron estas tierras buscando oro. Cada entrada del océano al continente, cada bahía, cada desembocadura de un río; era para los colonizadores un nueva esperanza. Y tan lejos en la distancia y en el tiempo llegó la esperanza, que recorrieron todo el territorio, buscaron hacía el sur y al oeste. Entre tierras inhóspitas, con salvajes que los atacaban, para ellos. Con habitantes que las defendían, para nosotros.

Muchas cosas cambiaban en el tiempo, pero ellos seguían buscando la Ciudad del Dorado, tal es así que llegaron al Lago Nahuel Huapí, donde hoy está Bariloche. Al principio pensaron que se trataba de un mar por su extensión, luego recorrieron todo su perímetro y cada uno de sus siete brazos. Y cuando llegaron al más inaccesible, al único que aún hoy no se puede alcanzar por tierra y el oro no apareció. Entonces le llamaron Última Esperanza.

Pero no fue la última, esos conquistadores (o usurpadores) eran ya una mezcla de españoles y criollos y nos dejaron su herencia: la esperanza. Llegarían las Guerras de Independencia, los Libertadores, la conformación del territorio nacional y los españoles con sus ejércitos realistas se irían.

Pero lo que nunca nos dejó, fue la Esperanza, incluso esos que volvieron al Viejo Continente, hablaron de ella en la madre Patria y en otras naciones.

Y cuando a Europa la dominaron los autoritarismos, la cruzaron las guerras y la oscureció el hambre y el dolor. Esos descendientes de aquellos que se fueron y todos los que habían escuchado hablar de estas tierras; subieron a los barcos y volvieron. Ya no buscaban la Ciudad del Oro; pero venían a “hacerse la América”. Había cambiado el objetivo, pero la Esperanza seguía intacta.

Así fue durante años, durante décadas, siempre se esperó, siempre se soñó; aunque la esperanza fue siempre patrimonio de los de los menos afortunados. Esos que aún hoy siguen esperando.

Caudillos, políticos y farsantes demagogos, usaron ese sentimiento de esperanza de la gente, para concretar sus objetivos propios. Se podría pensar que esto es historia antigua, pero no es así. En el principio de este último período democrático comenzó todo de nuevo. Luego de años de autoritarismo y de esperanza contenida, los discursos políticos volvieron a utilizarla. Esta vez se apeló a la esperanza de una vida plena de democracia y se dijo (con la mejor intención) “con la democracia se come, se educa y se cura”.

Y en parte sucedió, pero la falencia del gobierno, estuvo en la economía y hubo quienes la aprovecharon. Allí entonces empezó una nueva esperanza, la económica,   y nació (con la peor intención): ”la revolución productiva”. Que fue productiva tan sólo para los dirigentes, los grupos de poder y el derrame llegó apenas a un tercio de la sociedad.

La democracia, la ética y los valores solidarios tuvieron el precio del dólar a un peso y de la convertibilidad. Y aquellos que quedaron afuera pedían inclusión, paradójicamente a un gobierno justicialista le pedían justicia social. Entonces la decepción los llevó a buscar refugio en la oposición, que por primera vez se unía completamente para terminar con “la fiesta de unos pocos”. Otra vez volvió la esperanza.

Esta duró menos que el tiempo que habían tardado en reunirse la fuerzas políticas. No supo o no pudo despegarse del modelo económico que de revolución y de productiva no tuvo nada.

Junto al hambre, los piquetes, la violencia y hasta la muerte, cundió la desesperanza. Pero la desesperación iba a terminar en furia y con ella en una nueva esperanza. Al canto de “que se vayan todos” surgió nuevamente. Curiosamente muchos de aquellos que se tendrían que haber ido, otra vez la supieron aprovechar. Y los que habían sido autores del derrumbe que había comenzado a finales de los años 90’, se postularon como la solución.

La historia es conocida, la gente volvió a creer de la mano de la esperanza. Parecía que este nuevo Presidente había escuchado a la sociedad. Hablaba de Derechos Humanos, de inclusión, de distribución y al ritmo del crecimiento de su partido le dio la espalda a los justicialistas de los noventa, a algunos, a unos pocos, en realidad a uno sólo, al que lo había llevado al Poder.

Los cinco años de mayor actividad económica, para la Argentina y para buena parte del mundo; los administró ese gobierno. Pero para la credibilidad y la esperanza de la gente, era otro milagro argentino y el gran hacedor era el Presidente. La esperanza continuaba en marcha.

Esta vez la institucionalidad, la ética pública, los narcisismos del gobierno y las probadas corrupciones al menos desde el sentido común, tuvieron otro precio.

Ya no era el uno a uno, la nueva versión de una seudo-convertibilidad era mayor: tres a uno, además había ocupación, el campo producía y exportaba al igual que la agro- industria. La lucha para motorizar la nueva esperanza eran los demonios y fantasmas del pasado. Y esto hacía que el presente no se vea, la esperanza era hacía atrás.

A pesar de la arrogancia, la soberbia y los modos centralistas y autoritarios; la sociedad volvió a creer. El slogan de campaña fue “Cristina, Cobos y vos…” en pocos meses llegó el voto no-positivo y Cobos ya no estaría y hoy en plena crisis, luego del arsenal de medidas económicas tomadas por el Gobierno. Al vos es muy difícil encontrarlo en algún lado.

Actualmente la sociedad espera, espera el campo un cambio de Gobierno o al menos legislativo. Espera la ciudad más sensatez y seguridad. Espera la industria y la producción medidas coherentes y espera la Justicia poder ser justa y sin condicionamientos ideológicos o políticos.

Un dicho del refranero argentino dice: ”más largo que esperanza de pobre” y el problema es que son muchos, cada día más.

Son tantos como cada gobierno que dice combatir la desigualdad y la pobreza, necesita para ser electo. Son funcionales a esos gobiernos y sin saberlo se aprovechan de su esperanza.

Pero el término pobreza en Argentina significa mucho más que no tener dinero. Significa no estar incluidos, no tener educación, no recibir información ni formación, sufrir de adicciones, delitos e inseguridad y no tener mayores oportunidades que las que le puede ofrecer el clientelismo político.

Sin embargo hay algo positivo: el resto de la sociedad espera, por las instituciones, por la vida democrática, por al ausencia de propuestas alternativas sólidas. Pero ya no se basan en esperanzas. Esperanzas que hoy se trasladan a quienes gobiernan.

Tiene la esperanza de que llueva y que se acabe la sequía y no se actúa en consecuencia con medidas serias y acorde a la gravedad. En otra latitud por el contrario esperan que no llueva y que un alud como el de Tartagal no se lleve a un pueblo entero por no haber hecho las obras hidráulicas.

Los gobiernos de la Costa tienen la esperanza de que los jóvenes no hagan más desmanes, aunque la corrupción de la policía, los lugares nocturnos y los expendedores de alcohol continúen.

El gobierno de la ciudad de BA tiene la misma esperanza que el de Salta, que al menos no haya temporales, hasta no terminar las obras.

Y la Policía Federal tiene la esperanza, que con calcomanías e imanes que dicen “911” y con la colocación de patrullas vacías y que ni siquiera funcionan, paradas en las esquinas, va a bajar el delito.

Quienes deberían tener proyectos, planes, objetivos y gestión, hoy tienen esperanza, los ejemplos son muchos y la sociedad espera. Pero espera más. Espera que no le vendan esperanza. La promesa esta muy ligada a la esperanza y sería muy triste una vida sin promesas y sin esperanzas; pero está bien para lo personal, para los afectos, para el espíritu y hasta para la humanidad.

Para que la Argentina sea el país que todavía estamos esperando ya no hay que tener más esperanza en la promesas políticas, sino en las realidades.