Opinión


A 30 años de casi una locura

Las líneas que se reproducen a continuación fueron publicadas en agosto de 1984, con el título “¿Es más fácil decir que no?”, en el Semanario Propuesta, por entonces a cargo del actual director-propietario de Redacción, Alfredo Gerez, y de Analía Machuca, Juan A. Abarzúa y Nelson Rojas. El título obedecía a la inminencia de una consulta pública nacional impulsada por el gobierno radical. Gustavo BarbaránYa gobernaba con serias dificultades Raúl Alfonsín, una de cuyas decisiones más trascendentes -y lúcidas- fue concluir de una vez por todas el peligroso litigio con Chile por las islas y aguas adyacentes al Canal de Beagle. No fue la única vez que escribí sobre el tema. Ya lo había hecho en aquel mismo semanario (precursor de una modalidad periodística hoy ampliamente difundida en Salta): “La cuestión del Beagle debe encararse con decisión”, nº 19 - mayo de 1983. Y antes lo había hecho en El Tribuno “Lecciones de una derrota”, 8 de mayo de 1977, a pocos días de conocido aquel laudo arbitral británico del 18 de abril de 1977, que Argentina declaró “insanablemente nulo” el 25 de enero de 1978.

Vaya entonces este homenaje a quienes intervinieron en la resolución de un conflicto que nos puso al borde de una guerra absurda, en especial al Papa Juan Pablo II, recién asumido en el solio pontificio (16/10/78), y a su mano derecha, el infatigable, paciente y hábil cardenal Antonio Samoré. Y a todos los que dentro de nuestro país pusimos de diversas maneras paños fríos a una situación con entidad para desbordarse en cualquier momento.

Aquella nota decía así:

Por supuesto, más fácil y más cómodo es decir que no a la ajetreada consulta popular. Sin embargo, sálvese nuestra expresa reserva de señalar como “fácil y cómodo”, no como “conveniente o inconveniente”. La conveniencia o inconveniencia podrá merituarse correctamente una vez que sepamos cuál es en definitiva la propuesta sobre el diferendo con Chile. 

Con gran interés asistimos a la disertación del Dr. Ricardo Paz, realizada el martes 21. Allí conocimos a un hombre catapultado al gran público por el milagro de la polémica televisiva. El Dr. Paz es indudable conocedor no solo de las facetas geográficas, jurídicas y políticas de la cuestión Beagle, sino también de la idiosincrasia del pueblo chileno. Ejerció una apasionada defensa de la integridad territorial argentina, ubicando en sus justos límites hasta el meneado tema de la integración latinoamericana. Pero lo que no pudimos tolerar, sin que ello implique ningún tipo de defensa de las personas que con él polemizaron y duramente en ciertos casos, es que otra vez nos dividimos en justos y réprobos, en héroes y traidores, en vivos y tontos. Así, los argumentos considerables que esgrimía, se desdibujaban por el tono wagneriano de sus objetivos.

El Dr. Paz, y esto cabría a muchos otros genéricamente ubicados en el bando halcón (como Levingstone, el Menéndez del cuchillo resbaloso, Rojas y otros), cometió el error de ignorar que sus conocimientos deben ser utilizados por los compatriotas como “balizas” con las que guiar hacia una decisión final a cada ciudadano. La opinión argentina está confundida. En efecto, el debate es atípico por  desordenado, por la falta de elementos de análisis y a ello no sólo contribuyeron las voces furibundas sino también la propaganda oficial masiva.

Y en semejante ambiente, por supuesto que es mucho más fácil decir que no. Así como la invasión de Malvinas era presentada como una epopeya comparada al cruce de los Andes, ahora con tanta rabia como ingenuidad hay que frenar el “expansionismo nazi e imperialista” de los chilenos. Nadie dudaba de las motivaciones chilenas en cuanto a su expansión territorial, desde que la real cédula de 1776 delimitara el Río de la Plata. Pero simplificar el análisis circunscribiéndolo todo a las apetencias chilenas y desconociendo nuestros pecados de omisión, es errar de medio a medio.

Cuando se conoció el laudo británico, allá por mayo de 1977, se suscitó el mismo movimiento de opiniones que hoy vivimos. Nuevamente salimos cada cual por su lado a explicar nuestros justos títulos, la malicia inglesa, la insaciedad territorial chilena. Como entonces, el alto contenido emotivo del asunto nos hizo padecer el síndrome futbolero (o sea verlo todo de la efímera óptica de la gloria de los goles), sin profundizar -salvo honrosos casos- los motivos de nuestra derrota diplomática. Hoy volvemos a enmarañarnos con los tratados de límites, de arbitrajes, sus interpretaciones y demás. En nuestra entrega última señalamos que no hay, sobre todo en los “contras”, los que realicen el ejercicio mental que nos está faltando: ubicar el conflicto del Beagle en el tiempo y en el mundo. Para ello es de previo y especial pronunciamiento describir, de la manera más descarnada posible, la situación política, social y económica de la Argentina y de Chile. El resultado será determinar el grado de nuestro poder y cómo se manifiesta la relación de fuerzas con el vecino. Seguidamente habrá de efectuarse idéntico ejercicio en lo que hace al desenvolvimiento del poder mundial y cómo se sitúan frente a su influencia los dos países en conflicto.

La argentina está saliendo de un eclipse, por eso varias aristas de sus políticas interna y externa aún se hallan en conos de sombra. Ya no tenemos margen para achacar las culpas al gobierno militar, y a los otros y a los otros y a los otros que le precedieron. Usando un adverbio caro a los sentimientos radicales, diríamos “ahora” desenmascararnos.

Si hay algo rescatable en la declaración de nulidad del laudo, es que transformamos en estrictamente político un tema presentado como rigurosamente jurídico. En materia internacional nada es blanco o negro; predominan los tonos grises. Si bien esa actitud negatoria de la cosa juzgada nos ha ocasionado y ocasiona trastornos (que se meritúan, desde luego, mucho más fuera de nuestras fronteras) la situación está ubicada en un punto donde con fe y decisión podemos salvar el honor y nuestros espacios marítimos. Y lo repetimos con fervor por enésima vez: el único modo de defender lo nuestro es consolidar un proyecto geopolítico que vertebre nuestros territorios con plena  expansión de su economía. Ya volveremos a ello.”

 Aquella mediación papal fue un heroico ejercicio de paciencia, cuya causa principal era el encono que transmitían a sus respectivas delegaciones los dos gobiernos de facto de entonces. Las anécdotas que trascendieron con el tiempo son patéticas y desopilantes. Sólo un santo varón como Samoré podía sobrellevar esas tensiones que fueron minando su salud; falleció el 3 de febrero de 1983, sin llegar a ver el pleito definitivamente resuelto. La propuesta papal se conoció el 12 de diciembre de 1980 y muchos expertos consideran que era mejor para nuestros intereses que el posterior acuerdo de 1984. Pocos saben que el gobierno militar de este lado tampoco la aceptó, de modo que la tensión otra vez fue en aumento y llegó a su paroxismo con la derrota de Malvinas. Por eso el apuro de Alfonsín de cerrar el tema, lo que ocurrió cuando llamó a consulta popular no vinculante ni obligatoria (25/11/84, el 80 % votó SÍ, 16 % NO) para revestir de legitimidad el acuerdo finalmente plasmado en el “Tratado de Paz, Amistad y Navegación” -firmado el 29 de noviembre de 1984, vigente a partir del 2 de mayo de 1985-, aprobado luego por ley nº 23.172/85. Es bueno recordar todo esto que, temo, el 90 % de los argentinos desconoce, en especial los jóvenes.