Opinión


Las lecciones de la Historia

El 4 de diciembre de 2008 la presidenta argentina anunció, en un pomposo acto, que reduciría en un 5% las retenciones a las exportaciones agropecuarias, entre otras medidas como subsidios y créditos fáciles a empresas automotrices y PYMES, con el objetivo de hacer frente a la crisis que se avecina. Industria argentinaMuchos han dicho, durante lo que va del “modelo” kirchnerista, que el mismo no es más que una copia de lo peor del peronismo, es decir, del primer Perón, el que concentraba el poder de manera excesiva, combatía las instituciones democráticas y republicanas, perseguía a los opositores y desperdiciaba una oportunidad histórica de abundancia, que era consecuencia de los altos precios de nuestras exportaciones, para financiar discrecional y arbitrariamente un proyecto político personalista, quitándole a los sectores productivos y a las provincias para darle a la burocracia nacional, a su propio partido político, a los empresarios amigos del poder y a los sindicatos monopólicos afines.

Tras este breve relato, las coincidencias resultan abrumadoras, pero nada más demostrativo de esta similitud y de la obsecuencia con que algunos gobernantes e intelectuales se rehúsan a aprender de la historia, que lo que alguna vez dio en llamarse el IAPI.

Este organismo, creado por el peronismo durante su primera gestión, era el que monopolizaba las ventas de productos primarios al exterior. Los productores le vendían obligados su cosecha a este organismo a un precio ínfimo, para que luego el Estado la vendiera al exterior y se quedara con una enorme diferencia. El efecto era el mismo que el de las retenciones actuales: quitarle al sector primario, para, supuestamente, industrializar el país.

Sin embargo, a la Argentina no le fue del todo bien con este plan. No sólo el sector más productivo de nuestra economía quedó gravemente lesionado, haciendo que las riquezas totales generadas por nuestra sociedad disminuyeran, sino que, además, dada la concentración excesiva del poder y la ausencia de división de poderes, la discrecionalidad y la falta de control resultantes hicieron que la enorme cantidad de dinero que el Estado recaudaba se desperdiciara en gastos tendientes a mejorar la situación económica y política de aquellos que estaban dentro o cerca de los espacios de poder, para que pudieran mantenerse en el mismo lugar a través del tiempo, perpetuando de esa manera un sistema de vasallaje clientelar, autoritario y tremendamente corrupto.

De esta manera, en vez de aparecer la tan pregonada “burguesía nacional”, lo que sucedió fue sencillamente que unos pocos empezaron a vivir de un banquete que no habían ayudado a crear y que le pertenecía, por derecho absoluto, a todos los argentinos.

En 1951 la inflación alcanzó el 30% anual y el costo de vida empezó a subir. Ingresaban cada vez menos divisas al país porque las exportaciones caían, y la economía flaqueaba, además, porque a los sectores productivos los iba reemplazando una camada de empresarios improductivos protegidos y beneficiados por el gobierno, sea con subsidios, proteccionismo, reservas de mercado o lisa y llana corrupción.

El régimen se volvió entonces cada vez más violento. Se reprimieron las protestas obreras que habían sido prohibidas por la nueva Constitución y se empezó una política de hostilidad hacia la Iglesia Católica, que hasta entonces había sido un aliado fundamental.

Sin embargo, la situación económica apremiaba y para que el régimen sobreviviera necesitaba recursos, por lo que no le quedaba otra alternativa más que intentar resucitar, por lo menos hasta cierto punto, la economía de nuestro país.

Las medidas fueron contundentemente en contra de todo lo que el peronismo venía diciendo, defendiendo y haciendo hasta ese momento. Se congelaron los salarios durante dos años a pesar de la inflación, se llamó al Congreso de la “Productividad” y se le aumentó la renta al sector agropecuario.

Es decir, cuando empezaron a caer los precios de las materias primas, que hasta entonces eran exorbitantes como consecuencia de la devastación de Europa durante la II Guerra Mundial, lo que se tuvo que hacer para estimular la economía fue dar marcha atrás con todo lo que se había hecho. Y tanto fue así que, a pesar de que la flamante Constitución lo prohibía, se le dieron extensas cantidades de tierras a empresas petroleras extranjeras para que las explotaran.

La tremenda visión de estadista de Perón le permitió divulgar la idea de que pronto se desataría una tercera Guerra Mundial entre los EEUU y la URSS, por lo que el país debía aguantar como sea hasta que los precios de nuestras materias primas volvieran a tocar el cielo y abrieran las puertas a un nuevo paraíso peronista. Un grupo de personas acostumbradas a vivir de las desgracias ajenas estaba en el poder y soñaba con que su propio país pudiera hacer lo mismo con respecto al mundo, en vez de preocuparse por crear las condiciones en que los argentinos pudiéramos darnos un futuro digno y sustentable por nuestros propios medios, aportando de esa manera al bienestar y al desarrollo del resto de los habitantes de nuestro planeta. Era una visión diametralmente opuesta a la que alguna vez nuestros padres fundadores plasmaron en el preámbulo de nuestra Constitución.

Ahora, el gobierno kirchnerista, cuando los precios de nuestras exportaciones primarias se normalizan y la torpeza acumulada empieza a hacerse sentir, en especial luego de la apresurada expropiación de las AFJP, ha decidido dar marcha atrás, aunque de una manera muy lenta y disimulada, con las retenciones al sector agropecuario.

Lo que hemos vivido los argentinos, desde que los Kirchner llegaron al poder, parece ser una torpe y burda repetición de aquello que, en su momento, dividió a los argentinos hasta el punto de arraigar en nuestro suelo una violencia endémica que todavía no ha sido del todo erradicada.

Nunca más que ahora parece haber sido más cierta aquella famosa frase que dice que la historia se da primero en tragedia, para luego repetirse como parodia. Los Kirchner quisieron burlar las leyes más elementales de la historia y de la sociedad, y lo que es mucho peor, pretendieron burlarse del pueblo argentino.

Detrás de todo esto se encuentra latente la peligrosa idea de que la riqueza no se genera, sino que existe por sí misma y lo único que hay que hacer es darle a alguien un poder inmenso para que la distribuya equitativamente, asegurándose de seguir en el poder, contentando a todos, sin importar mucho si, de paso, se queda para él con una porción más grande que las que les deja a sus conciudadanos.

Esta idea es falsa en sí misma, porque, por lo menos desde Adam Smith, se sabe que la riqueza es generada por el trabajo. Y la industrialización no se alcanza castigando y asfixiando al sector agropecuario para darle al sector industrial. Esto reduce las divisas y la riqueza del país para alimentar un grupo reducido de industriales protegidos y ensimismados que no terminan cumpliendo una función socialmente beneficiosa. Muy al contrario, terminan obteniendo beneficios extraordinarios a costa de la calidad de vida y las oportunidades de trabajo y progreso del resto de los argentinos.

Al principio encontramos la excusa de nuestra posición geográfica. Los astros se habían acomodado de tal manera que el Sur debía ser siempre pobre y agrícola, mientras que el Norte era el beneficiado por las circunstancias y el que se aprovechaba y vivía del Sur.

Ahora Sudáfrica está despegando, Australia se convierte gradualmente en una sociedad modelo y Nueva Zelanda se industrializa y se incorpora cada vez con más decisión a la sociedad del conocimiento. Y todo esto lo hacen sin castigar a sus respectivos sectores agropecuarios, sino afianzando la transparencia y las instituciones democráticas y republicanas, así como también fomentando el trabajo y las exportaciones de todo tipo, sean industriales o agropecuarias, para que de esa manera exista la mayor cantidad posible de riqueza, pero creando al mismo tiempo las condiciones de libertad, estabilidad y seguridad jurídica que permitan que esas riquezas se multipliquen y se expandan hacia cada vez una más amplia gama de actividades productivas, alcanzando una industrialización real, intensiva y sustentable.

Ya no es el Sur el problema, ni tampoco Latinoamérica, pues basta con mirar a Chile, sino que cada vez resulta más evidente que el problema somos nosotros mismos, o más precisamente nuestros gobiernos, que se sienten con el derecho a “pasarla bien” a costa del resto de la gente, como si el poder fuese un trofeo que hay que mostrar y aprovechar de cualquier manera, y no una responsabilidad.

Lo que no tiene en cuenta la frase ya citada acerca de la repetición de la historia, es que la “parodia” que rodea a la segunda versión de un proceso histórico fallido, no resulta de un espíritu distinto del primero, o de una ingenuidad, sino que es consecuencia pura y exclusivamente de un dato histórico: la repetición.

El resto es, lamentablemente, igual que en el primer caso, tragedia.