
En la casa en la que crecí había teléfono desde que yo tengo memoria. Mi padre, que era radioaficionado, inculcó a todos sus hijos la pasión por las comunicaciones y una viva curiosidad por los avances científicos y tecnológicos. Sus enseñanzas, sin embargo, jamás se detuvieron en la mera contemplación. Al contrario, mi padre intentó siempre que valorásemos la comunicación electrónica como una forma privilegiada de entendimiento con el prójimo, como una oportunidad para hablar claro y deshacer malos entendidos, como un instrumento para acercarnos a otros seres humanos. El uso del teléfono no fue una excepción.
A decir verdad, aquel aparato de bakelita negra era el menos atractivo y probablemente el más rígido de los medios de comunicación que había en nuestra casa. Sin embargo, la extinguida Compañía Argentina de Teléfonos, creada por la sueca Ericsson en 1927, que prestaba el servicio en las provincias de San Juan, Mendoza, Salta, Santiago del Estero, Tucumán y Entre Ríos, nos permitía disfrutar en la proximidad de la comunicación telefónica automática, sin la intervención de operadores, ya que muy temprano instaló en Salta una central mecánica que hacía posible la comunicación con otros usuarios del servicio con solo discar su número. No ocurría lo mismo en otras provincias argentinas, incluso más importantes que Salta.
El número de nuestra casa -el 2002- se mantuvo en cuatro dígitos durante mucho tiempo, hasta que le pusieron un 1 por delante. Era -según decían- el primer número de teléfono privado de Salta, pues tanto el 2001 como el 2003 pertenecían a la propia CAT. En la vieja guía Zonda, que ordenaba los teléfonos salteños por varios criterios (por número, por calle y por apellido), el nuestro aparecía casi siempre a la cabeza de la lista.
No fue el caso del 3529, el histórico teléfono de mi abuela María Santoro, que permaneció en la familia mucho después de su muerte, y que fue cuidado como una reliquia por sus hijos y nietos hasta que un allegado desalmado dicen que lo vendió a precio de saldo para atender algunas deudas menores.
El teléfono de aquellos tiempos, para qué negarlo, era una comodidad casi insustituible, una forma de achicar las distancias entre los lugares apartados y también entre personas. Cuenta la leyenda que en 1949, un imitador de Perón llamó por teléfono a la sede del Partido Peronista de Catamarca para decirle al secretario general que el candidato a Gobernador de aquella provincia debía ser don Vicente Leónides Saadi. El teléfono tenía por entonces una gran credibilidad como fuente de información y, por lo que se ve, también de autoridad.
Muchos destacan, sin embargo, que aquellos aparatos rígidos no permitían enviar mensajes de texto como los modernos celulares, pero yo creo sin embargo que fueron los precursores de los actuales sistemas de mensajería.
Recuerdo que dos parientas mías, que vivían a no más de dos cuadras de distancia la una de la otra, se mandaban lo que entonces se conocían como telefonogramas para darse cita en el centro de la ciudad. En aquel entonces, bastaba con marcar un número para que uno pudiera dictarle a un operador del Correo un mensaje dirigido a cualquier persona. Ese operador lo escribía en un papel y lo hacía llegar a pulso a su destinatario. Todo ello, sin saber probablemente que se estaba convirtiendo en un antecedente remoto del Whatsapp.
Por supuesto que los telefonogramas no eran gratuitos, pero su precio era tan bajo que a muchos les convenía más utilizar este servicio que montarse en un colectivo o caminar varias cuadras para entregar un mensaje. Era mejor enviar a un cadete del Correo, con la seguridad de que a él sí le iban a clavar el visto.
El tiempo del viejo teléfono fijo era, como bien afirma Cohen, un tiempo diferente, con una cadencia hoy desconocida. Cuando salíamos de casa se ahondaba esa sensación de tiempo muerto, puesto que al ganar la calle bastaba con mirar alrededor para ver gente de verdad, interactuar con ellos y hasta soñar despiertos. Hoy sucede todo lo contrario, puesto que salir sin nuestro teléfono móvil a la calle nos produce la misma sensación que salir desnudos u olvidar de ponernos los zapatos, como ocurre generalmente en las pesadillas escolares. Parece mentira, pero en los teléfonos de hoy la gente lleva su documento de identidad, su carnet de conducir y hasta su dinero. Salir sin todo esto significa exponerse a peligros desconocidos.
Mi mujer, que tiene 15 años menos que yo, recuerda siempre que bien entrados los años 80, cuando era una adolescente, salía de su casa para el colegio a las siete y media de la mañana y su madre no volvería a tener noticias de ella (y ella de su madre) sino por lo menos hasta las dos de la tarde, hora en que las dos volvían a verse las caras. Si uno se había olvidado en casa un mapa, había extraviado las llaves o no tenía dinero suficiente para el colectivo no había forma de solucionarlo con un simple mensaje de texto.
El teléfono fijo desempeñaba, así, una función social y familiar muy diferente a la de los actuales teléfonos móviles. Para empezar, los viejos aparatos estaban ubicados en un lugar central de la casa, en donde casi todos sus moradores podían enterarse cuándo sonaba el teléfono y quién y para qué llamaba. Los movimientos de los hijos y sus relaciones se podían controlar mejor con este sistema. Cuando mi madre respondía al teléfono y escuchaba del otro lado: “Buenas tardes, señora. ¿Está Luis?”, lo primero que preguntaba es el nombre de la comunicante: «Dígale que habla Patricia», le respondían. Lo más probable era que después de que terminara la comunicación mi madre me preguntara a mí: «¿Y quién es esa tal Patricia?»
La conversación, además, podía ser escuchada por todo aquel que acertara a pasar por ahí. La privacidad era casi inexistente, puesto que era casi imposible evitar escuchar, como imposible era intentar darse a entender por señas en una comunicación por teléfono. No quedaba más remedio que hablar, y en algunas ocasiones había que hacerlo en voz alta. Pocas personas -desde luego no los adolescentes como yo- podían darse el lujo de decir: «Voy a atender esta llamada desde el teléfono de mi habitación». Ahora, para ganar privacidad, muchos hablan y se mensajean desde el cuarto de baño. Algunos de ellos se delatan por el ruido intestinal o el que hace la cisterna cuando se descarga.
La única excepción a la centralidad del teléfono era probablemente mi casa de la calle Deán Funes, en donde el aparato estaba ubicado en un rincón el comedor, que daba a la calle, algo alejado de las habitaciones principales. Esta distancia absurda propició que una parienta se dejara un diente en el intento de atender una llamada nocturna en el convulso año de 1973, época en la que uno no sabía si una llamada a deshoras nos iba a salvar la vida. La oscuridad y una maceta mal colocada provocaron el tropezón y consecuente la pérdida de un incisivo central superior.
En su artículo del Times, Cohen cuenta que una amiga suya -la escritora Ruth Franklin- estuvo intentando explicar a sus hijos adolescentes lo que era un disco de marcar (un dial tone). No tuvo éxito.
Ocurriría lo mismo si intentase explicar a mi hijo de 16 años que, a mediados de los años 80, para entablar una comunicación por teléfono entre Cerrillos y Salta (distantes a solo 15 kilómetros), había que darle manija a un aparato antediluviano, pero no para marcar directamente un número sino para que una descarga eléctrica con timbre incluido, generada por una pila Eveready del tamaño de una batería de moto, alertara a un adormilado operador para que se dignara a marcar por nosotros el número solicitado.
Aquellas comunicaciones no concluían con una invitación a calificarlas con estrellas ni eran el preludio para una solicitud de feedback; empezaban y terminaban sin que apenas quedaran huellas de ellas, más que en nuestra frágil memoria. Aunque las modernas centrales digitales permitieron en algún momento a los usuarios de los teléfonos fijos identificar al autor de las llamadas, en aquellas épocas era virtualmente imposible saber quién nos llamaba. Un caller ID habría sido la solución ideal para aquel viejo amigo al que solía llamar un promedio de dos veces por semana y que sin embargo nunca reconocía mi voz. Cada vez que levantaba el tubo me preguntaba: «¿Quién habla?», y yo, con mi mejor prosodia, le respondía: «Luis Caro». Mi amigo, sordo o desconfiado, volvía a preguntarme: «¿Qué Ricardo?
Como dice Cohen, en la era de los teléfonos fijos se podía caminar. Las aceras no eran, como lo son ahora, carreras de obstáculos alrededor de personas absorbidas por sus teléfonos celulares. Incluso -dice Cohen- la postura era mejor, puesto que no manteníamos la cabeza inclinada en la contemplación de nuestros pulgares. El fin de la era de los teléfonos fijos ha representado un golpe para nuestras cervicales, así como ha sido malo para los vínculos que solemos entablar las personas comunes.
Los nuevos teléfonos han modificado también algunos convencionalismos de la vida social. En mi caso, me ha permitido suprimir el timbre de la puerta de mi casa, que se ha convertido en una invitación al intrusismo. El que quiera verme en mi casa se anuncia por un Whatsapp o por una llamada telefónica. El que llega a nuestra puerta sin invitación, o es un predicador o es alguien que viene a molestarnos creyendo que nos va a pillar por sorpresa en casa. Los carteros disponen de un buzón y como hace tiempo que la leche y el pan no se reparten puerta a puerta, tener un timbre se ha vuelto algo inútil o desaconsejable.
En la época de los teléfonos fijos, apuntábamos los números frecuentes en una libreta. En algunas casas -como la de unos amigos que vivían enfrente- la libreta, ya despanzurrada, colgaba de un hilo junto al teléfono y un cuadrito con la leyenda: «Si trae chismes, no entre». Ahora, nuestros contactos, con casi todos sus datos relevantes, incluida su fotografía, están en Google o en iCloud, de donde podemos recuperarlos aunque hayamos perdido el aparato.
En casa de mis vecinos el teléfono que colgaba de la pared tenía un aparatoso candado para disuadir a los long talkers y a los que pretendían llamar a Córdoba para enterarse de los últimos desfiles de una conocida agrupación de gauchos. Sin embargo, los moradores de aquella casa habían desarrollado una extraordinaria habilidad para marcar números precisos agitando la horquilla.
Un paso previo a los contactos guardados en la nube fue la invención del speed dial, que nos permitía mantener una lista limitada de números frecuentes, que se marcaban solo con apretar una tecla y cuya identidad había que mantener actualizada a mano en una cartulina que no permitía hacer muchos cambios, sobre todo si uno quería promover a los primeros lugares de la lista a las personas que mejor se comportaban con uno. Es por esta razón que algunos maridos aviesos solían disimular el número de su amante en la tecla de poison control.
El teléfono fijo ha dejado prácticamente de existir. Hace rato que en el mundo hay más líneas celulares que habitantes y su futuro parece imparable. Lo que no parece posible es que los tiempos cadenciosos y sociales del teléfono fijo vuelvan como antaño, y con ellos se recuperen la creatividad, el buen uso del lenguaje, el tiempo libre, las buenas posturas corporales y las caminatas seguras por la vereda. Hay progresos irreversibles que condenan al archivo a expresiones como «llego a casa y te doy un tubazo» o a gestos como el de colgar violentamente el auricular en señal de indignación, que ha sido sustituido, como todo el mundo sabe, por el suave deslizar de los dedos en una pantalla. Ya nada es igual que antes, ni lo será.