
Hoy en día la situación es muy diferente, pues si nos atenemos a la peculiar forma de contar la actualidad de cierto medio de comunicación de ambigua fama, comprobaremos que las noticias que producimos los salteños tienen una resonancia y una interpretación determinadas según que sus protagonistas sean «cholos» (miembros de la clase alta) o «chinos» (miembros de las clases bajas).
El clasismo de la comunicación cotidiana tiende, más o menos inconscientemente, a atribuir la responsabilidad de todos los males de la sociedad al languideciente y fácilmente corrompible grupo de los «cholos» (la aristocracia decadente); y, a la inversa, considera que sus antagonistas sociales «naturales» -a los que casi nunca se refiere con el nombre de «chinos»- son los auténticos héroes de la injusta vida social salteña, la clase supuestamente ascendente que nunca asciende porque está muy cómoda donde está. Y ello hasta el punto de que las noticias en las que los miembros de esta clase intervienen asumen normalmente la forma de epopeyas o relatos fantásticos.
Así, un día sí y otro también los «cholos» son culpables del cambio climático, del voto electrónico, del déficit fiscal, de la educación religiosa, de la venalidad de algunos jueces, de la inseguridad, de los incendios forestales, de la contaminación del río Arenales o de la falta de médicos en los hospitales. Los «chinos», por su parte, son siempre las víctimas, nunca los victimarios, se mire el asunto por donde se mire.
Si fijamos nuestra atención en los mecanismos y decisiones de los tribunales de justicia de nuestra provincia, veremos que la «familia judicial» está integrada, casi a partes iguales, por miembros de ambos bandos, y que el reparto de influencias no se limita a los cargos que ocupan sino que también se divide en «fueros», puesto que la justicia penal funciona como una trituradora de pobres, mientras que la justicia civil, al revés, lo hace como una máquina de machacar ricos, que mientras más ricos sean más se exponen a que les caiga encima todo el peso de la ley.
Esta división arbitraria de la sociedad no mejora en nada la calidad de la información que los salteños consumimos ni de la justicia que impartimos. Pero lo que es todavía más grave es que tampoco le hace ningún favor a nuestro progreso en libertad y con justicia, puesto que lo único que promueve la distinción entre salteños es el odio y la venganza de clase.
Lo que sin dudas llama la atención de cualquier observador es que el mismo medio de comunicación que dibuja alegremente estas odiosas diferencias sociales en cada una de sus noticias y se esmera casi todos días en trasladar a la información pública una importante carga de resentimiento social y de complejos de inferioridad, es el que cada tanto aplaude y publica con gran aparato mediático las grandes hazañas jurídicas y políticas del Procurador General de la Provincia de Salta, probablemente el único «cholo» con pedigrí que -según este medio- hace las cosas bien en Salta.
Contradicciones aparte, la división arbitraria entre «cholos» y «chinos» ha perdido cualquier sentido y utilidad en Salta; pero no ahora sino hace bastante tiempo. Hoy solo se encargan de remarcarla y exacerbarla aquellos supuestos defensores de pobrecitos que están interesados, por razones muy variadas, en que nuestra sociedad siga siendo profundamente desigual y permanezca atravesada por una grieta, no ideológica como la que divide al país, sino determinada en este caso por el color de la piel, la dureza del pelo, las dimensiones de la frente o la extensión de los apellidos.
Los «cholos», como grupo social, son una especie en extinción en Salta, empezando por su nombre adoptivo, que no guarda ninguna correspondencia con lo que se entiende por «cholo» en nuestro entorno cultural y geográfico. De modo que es un error cebarse con ellos en la creencia que así van a desaparecer más pronto. No es humillando a los pretendidos aristócratas que se consiguen avances sociales.
Lenta pero inexorablemente la sociedad salteña camina hacia la igualdad, que es una de las (para algunos, malditas) consecuencias del largo ejercicio de la democracia; aun de una coja y despareja como la salteña. Pero mientras algunos se empeñan en que esta igualdad se consiga a fuerza de promover y refinar las mejores costumbres de las clases postergadas, otros, con su prédica acomplejada, con sus noticias manchadas de clasismo rancio y descolocado en el tiempo, no solamente pretenden acabar con los «cholos», con sus privilegios, sus clubes y sus apellidos compuestos, sino que se empeñan también en que toda la sociedad comparta la desertificación moral de los otros y que nos conformemos con ello.
Es esta una idea completamente equivocada del progreso social. Salta no será ni mejor ni más justa, ni sus diferencias serán menos odiosas, si un grupo consigue imponerse sobre el otro, ya sea por la fuerza del número o por la machacona insistencia de una prensa más preocupada por la cáscara que por la fruta. Nuestra sociedad solo progresará en una dirección democrática y justa cuando seamos capaces de convertir el combate por la reducción de las desigualdades en una energía capaz de unirnos y no de separarnos aún más.