
En el mundo civilizado, las cosas funcionan al revés. Es decir, que las víctimas solo recaban el auxilio de la prensa cuando los mecanismos institucionales han fracasado o se ha cometido con ellos visibles injusticias que la autoridad es incapaz de reparar.
Pero esto no sucede en Salta, en donde siempre hay periodistas «de guardia», dispuestos a escuchar primero y a colocar en primera plana después las quejas de jubilados estafados, de maestras abusadas mientras hacían dedo, de obreros mutilados sin cobertura por accidentes de trabajo, de padres a las que una pérfida mujer se les llevó la hija a Neuquén, de usurpadores de playas de estacionamiento, y así, una larga lista de dolientes a los que no se les pide ni siquiera el DNI para contar su historia y que la misma sea recogida por la prensa.
Salta debe de ser uno de los distritos judiciales en los que más nōtitiae criminis se producen en los medios de comunicación. ¡Si hasta los jueces de la Corte de Justicia y los más altos fiscales citan en sus resoluciones los hechos y los sucesos que dicen haber leído en los diarios!
Lo hacen sin reparar en el enorme daño que se le está haciendo a la confianza ciudadana en sus instituciones judiciales, y sin darse cuenta -o quizá todo lo contrario- de que al validar las «investigaciones» de personas que no han recibido ninguna formación para esclarecer crímenes, le están dando al diario o a los diarios en cuestión un poder enorme, casi imposible de controlar.
Es completamente absurdo que de vez en cuando los jueces dicten resoluciones tremendas contra los diarios imponiendo la censura cuando se trata del honor de políticos o de «personas importantes» y al mismo tiempo no hagan nada cuando estos mismos diarios, y a manos de personas que apenas si tienen estudios, invadan la esfera judicial propalando denuncias, abriendo arbitrarios periodos probatorios y realizando juicios paralelos que terminan en bárbaras sentencias que, además, son irrecurribles.
Los jueces deberían ser los primeros en desconfiar de las declaraciones incriminatorias o defensivas que se publican en los diarios, sin la presencia de abogados, sin contradicción, sin preguntas, sin juramentos, sin nada.
Sin embargo, no solo no desconfían de aquellas, sino que, llegado el momento, parecen conferirle una validez procesal incuestionable a la hora de averiguar la verdad.
Los diarios existen para informar sobre asuntos que sean de interés general antes de que el hecho noticioso se produzca. No están para «fabricar» noticias ni crear interés sobre asuntos que solo a sus protagonistas -y si acaso a las autoridades- interesan. Respetuosamente, hay que decir que noticia es que falte el agua para beber en lugares en donde hay población asentada y hacen 45 grados de calor, y que no lo es que una persona haya sido obligada a descender de un colectivo por falta de aseo.
Las páginas de los diarios no se pueden llenar con historias «de diseño», escritas para despertar el morbo o la indignación del lector, como lo hace la mayoría de los diarios de Salta, a los que les importa más los clics y las ganancias que estos reportan que la tranquilidad social o la buena información de los ciudadanos.
Se debe poner fin a la peregrinación de las víctimas llorosas ante las mesas de redacción. Este es un objetivo que muy a corto plazo redundará en beneficio de las propias víctimas y de la tutela de sus derechos, pero que en un plazo medio seguramente contribuirá a evitar que se siga deteriorando la dignidad de la profesión periodística.