
Durante siglos, la Iglesia ha ejercido una enorme influencia sobre la literatura. Esta influencia ha trascendido por lo general las cuestiones ideológicas y religiosas para proyectarse sobre la calidad de la escritura en sí misma, hasta el punto de que el lenguaje relacionado con los asuntos eclesiásticos -aun con los más intrascendentes- ha sido siempre admirado por su pureza, su claridad y su corrección.
La buena escritura eclesiástica ha sido entre nosotros una constante histórica. Probablemente el máximo ejemplo del buen uso del idioma por los sacerdotes salteños sea la Novena del Señor y de la Virgen del Milagro, escrita con un lenguaje exquisito a mediados del siglo XVIII por el presbítero Francisco Javier Fernández Pedroso.
Otro obispo catamarqueño que ejerció en Salta -monseñor Miguel Ángel Vergara- encontró en estas tierras menos incentivos para dedicarse a los juegos de poder, como otros oriundos de la vecina provincia, y consagró su vida a la historia. En 1937, otro destacado intelectual católico, monseñor Roberto José Tavella, oriundo de Concordia, Entre Ríos (el mismo pueblo que vio nacer al gordo de La Défense), designó a Vergara canónigo de la Iglesia Catedral y administrador del Arzobispado.
Cuando aquel mismo año Tavella funda en Salta el Instituto de San Felipe y Santiago de Estudios Históricos de Salta nombra a Vergara como uno de los once miembros titulares fundadores.
Es precisamente Vergara quien escribe que la Novena del Milagro es un “monumento de la literatura religiosa de Salta y de piedad, sana, ortodoxa y emocionante que informaba el espíritu cristiano e ilustrado de aquella época”.
Con tanta mudanza, los sacerdotes cultos han dejado paso a los menos cultos y hábiles con el idioma, como lo demuestra sin lugar a dudas la publicación, hoy mismo, de una breve nota informativa con la cual el Arzobispado de Salta da noticias sobre la tramitación de un proceso eclesiástico contra un cura por presuntos abusos sexuales.
La nota informativa ha sido dirigida por quien la firma (un sacerdote que ejerce el cargo de Vicario Judicial del Tribunal Metropolitano de Salta) «a la opinión pública de Salta», lo cual autoriza a que su contenido sea examinado por cualquiera y que ese cualquiera -en este caso, nosotros, que somos más cualquiera que nadie- se forme un juicio sobre su contenido.
Lo primero que salta a la vista es que entre el padre Fernández Pedroso y su mortificante pero bella novena y el redactor de la nota informativa hay un abismo cultural insondable. Harían falta diez o doce obispos catamarqueños para recuperar un poco de la mística literaria de aquel joven sacerdote que iluminó las almas atribuladas de los salteños en 1760.
Lo segundo son los detalles que afean la comunicación arzobispal, que brevemente repasaremos a continuación.
1) El punto 1 comienza diciendo «El primero de julio de 2016», cuando lo correcto hubiera sido escribir el «1º de julio de 2016». Al menos, para no dejar en mala posición a la propia fecha del escrito, impresa inmediatamente antes de la firma, del siguiente modo: «Salta, a 01 días del mes de octubre de 2018». Dejando de lado el «01», que es propio del habla y la escritura ferroviaria, lo lógico hubiera sido escribir «01 día», en singular. Y, en todo caso, escribir mejor: «Salta, a 1 de octubre de 2018», quitando el cero y «del mes de», que no suele insertarse en una fecha larga.
2) El punto 1 utiliza el verbo «presentar» en tiempo pretérito perfecto simple, mientras que el punto 2, que continúa con el relato, emplea el verbo «ordenar» en tiempo presente. Lo razonable hubiera sido escribir todo en el mismo tiempo de verbo pretérito, pues tanto una como otra acción ya se han agotado en el tiempo.
3) El punto 3 menciona el nombre de una posible víctima, luego de haber mencionado el nombre del probable victimario. Si bien se emplea cuidadosamente el adjetivo «presunto» (que alude a algo considerado real o verdadero sin la seguridad de que lo sea), la revelación de la identidad de denunciante y de investigado choca frontalmente con la declarada voluntad de «salvaguardar la buena fama de todos» en aras de preservar el «secreto pontificio».
4) La denominada Secreta continere (o Instructio de secreto pontificio), cuyo texto original aparece publicado en las páginas 89 a 92 del Acta Apostolicæ Sedis de 1974, especifica las personas que deben guardar el secreto (Art. 2), el procedimiento sancionador -dentro de los límites del derecho canónico- aplicable a quien lo viola (Art. 3) y la fórmula del juramento que deben prestar los que están llamados a observarlo (Art. 4). Los prelados pueden extender las materias del secreto según su voluntad, pero no restringirlas, de modo que la revelación a la prensa de los nombres de los involucrados y la propia existencia del proceso podrían ser constitutivas, en este caso, de violación sancionable del secreto pontificio.
5) El punto 5 comienza diciendo «Sin embargo lo anterior». La locución adverbial está mal empleada, pues debió decir «A pesar de lo anterior» o «Sin que lo anterior sirva de impedimento».
6) El punto 6 retoma el tiempo verbal presente («se envía», «suspende») para relatar hechos pasados, después de haber escrito en el punto 5 que «a todos los denunciantes se les recordó» y «se les ofreció a todos».
7) Los puntos 7, 8, 9, repiten el mismo tiempo verbal, pero la incorrección más notable aparece en el 9, cuando al referirse al «proceso» dice: «Está listo para la firma de la sentencia». En realidad, la expresión correcta es «Está visto para la firma de la sentencia», que es lo mismo que decir «el proceso ha quedado concluso para sentencia».
8) En el punto 7 dice que la Congregación para la Doctrina de la Fe ordena en fecha 27 de junio de 2017 que se celebre juicio eclesiástico penal contra el cura acusado. Pero según el punto 8, el Arzobispo de Salta celebró el juicio dos días antes, el 25 de junio de 2017, anticipándose así a la orden vaticana. Esto es justicia y no macanas.
Conclusión
No todos los sacerdotes han de ser literatos de altos vuelos, como aquel que escribió: «Concededme, Madre mía, el que, cual sediento ciervo que busca las aguas, corra yo a beber de aquellas cinco fuentes que por mí derramó mi dulce Jesús en el madero santo de la Cruz, para que, atraído de las dulzuras que comunican aquellas santísimas llagas, lave yo en aquellas purísimas aguas las muchas manchas con que he afeado mi alma».Es evidente que algunos -con altas responsabilidades en la educación de nuestros jóvenes- prefieren cultivar el lenguaje de los sumariantes y parece que en vez del sutil incienso inspirador de las sacristías prefieren las más densas y más confusas humaredas de las comisarías.
