Políticos que han comprado el lenguaje de las redes sociales

  • De la política y de los políticos se espera no solo un lenguaje más moderado (al menos uno que deje la puerta abierta al entendimiento con el antagonista) sino una actitud menos visceral frente a los problemas. Se supone que la política se debe hacer con el cerebro y no con las tripas.
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Hasta hace unos pocos años, los políticos estructuraban su discurso en base a las encuestas que, supuestamente, revelaban las preferencias del soberano y sus opiniones sobre cuestiones diversas.


El deseo de agradar a toda costa -que es la primera causa de corrupción de la política- les empujaba entonces a adoptar las posturas más alejadas de sus propias convicciones, pero siempre empleando un tono con el que se pudiera distinguir claramente al político del vulgo.

Así, apareció el discurso de la «lógica de la articulación sustentable» cuya única razón de ser era la de poner el lenguaje político fuera del alcance del ciudadano normal, más inclinado a utilizar palabras simples para describir realidades normales, aun las más complejas.

Pero esto ha cambiado en los últimos años, pues ahora la tendencia marca que los políticos, en sus apariciones públicas, utilicen el lenguaje de «la gente»; pero no el de los bares, los baños públicos o las tribunas del estadio, sino el que «la gente» utiliza en las redes sociales.

En cualquier caso, la intención es la misma: agradar al que nos escucha y al que nos lee.

Pero la gran diferencia estriba en que cuando los políticos armaban su discurso en base a las encuestas, hacían algún esfuerzo por moderar sus palabras, aunque sin renunciar a los vocablos impronunciables por la gente normal y vacíos de significado. Ahora, se ha renunciado por completo a la moderación, porque las redes sociales son precisamente eso: la supresión de los frenos inhibitorios.

Es por ello que electores y elegibles coinciden en hablar y escribir barbaridades, en la convicción de que nadie les va a pedir cuentas por ello. El que juega a la moderación en las redes sociales, pierde (en likes, en retweets, en shares). Y probablemente pierda también en las urnas, porque ¿quién en su sano juicio votaría por una persona que en sus posts cometa el imperdonable pecado de usar los signos de puntuación como corresponde y se anime al soltar una vulgaridad del calibre de «las cosas van mal», cuando con un mínimo esfuerzo puede decir que «nos está yendo como el culo»?

Que un diputado nacional, en una declaración escrita se anime a llamar a unos funcionarios «burócratas soberbios», «asesinos», «abandonadores de personas» es reflejo de esta nueva tendencia a internalizar el discurso de las redes sociales y renunciar a la moderación del lenguaje político.

La política no es un macho-game en el que más puntos gana aquel que se muestra más matón y pendenciero, sino un juego en el que ceder, acordar y comprometerse consigue los mejores resultados. Una persona que quiera resolver un problema determinado -por ejemplo con las pensiones para los discapacitados- lo peor que puede hacer es insultar a los funcionarios que las conceden y revisan, llamándoles delincuentes y malnacidos. Si algo como esto ocurriera, es lógico suponer que los insultados harán todo lo posible por no moverse un milímetro de su posición.

El lenguaje de las redes sociales es fundamentalmente antipolítico, en la medida en que es instantáneo. La política no es como el Nesquik, que se disuelve en la leche en pocos segundos. El lenguaje de «aquí te pillo aquí te mato» sirve solo como desahogo transitorio, pero para una cierta clase de ciudadanos, no para todos. Es decir, aquel que quiera expresar su «enérgico repudio» esparciendo excrementos sobre una persona determinada y todos sus muertos, puede experimentar un alivio transitorio, sumamente comprensible. Pero los políticos no pueden hacer eso; ni siquiera para congraciarse con los repudiantes.

De la política y de los políticos se espera no solo un lenguaje más moderado (al menos uno que deje la puerta abierta al entendimiento con el antagonista) sino una actitud menos visceral frente a los problemas. Se supone que la política se debe hacer con el cerebro y no con las tripas. Todavía en estos tiempos.

Es muy fácil distinguir a los políticos que han dado el salto a las redes sociales comprando su lenguaje radical e instantáneo. Basta con contar las veces que en sus posts aparece el verbo «repudiar» o el sustantivo «repudio». Y, por supuesto, así como es fácil identificarlos, más fácil es aislarlos, dejarlos de seguir y negarles el voto.

Si respetamos la libertad de expresión, comprenderemos que poco se puede hacer para que los ciudadanos digan en las redes lo que los demás quieren que digan y en la forma que quieren que lo digan. Pero, por el mismo respeto, debemos exigir a determinadas personas una expresión de calidad, y esta solo puede provenir de un pensamiento de calidad.

Y cosas como estas no se consiguen en cinco minutos. Pensar bien requiere tiempo y escribir mejor todavía más. Si los políticos lo comprenden, y sus seguidores también, estaremos en la antesala de un momento brillante para las redes sociales: el momento en que dejarán de ser el vertedero de las opiniones más absurdas y despreciables para convertirse en un foto útil en el que las reacciones inmediatas se enriquecen con la pausa y la meditación de quienes están obligados a parar el juego y detenerse a pensar en lo importante, para hablar cuando sea necesario que su voz sea escuchada. Ni antes, ni después.