Las casi tragedias de Salta

  • En Salta no se le da tanta importancia a las auténticas tragedias como a las tragedias frustradas o no consumadas. Es más o menos como festejar con más intensidad cuando la pelota pega en los palos que cuando entra en el arco.
  • Estilo periodístico de gusto dudoso

Las tragedias son como los terremotos: o se producen o no se producen. Muy difícilmente los diarios se animarían a contar que se ha producido un «casi terremoto», pero en el caso de los diarios de Salta la cosa parece muy clara: aquí cuentan las tragedias que pudieron haber sido pero que no fueron.


Con una frecuencia mayor de la que sería deseable, los diarios digitales de Salta cuentan unos sucesos, de cuya gravedad no se puede dudar (por ejemplo, las conducciones temerarias), pero equivocan el enfoque al tratarlos como «tragedias frustradas». La noticia en estos casos no es ni de lejos la tragedia que no sea ha producido sino, tal vez, el desprecio de algunos por las normas de convivencia, las que ordenan el tráfico o cualesquiera otras.

Sucede que la clientela quiere tragedias, así que el cálculo comercial de estos sitios es que cuando las tragedias no llegan a consumarse, el lector caerá igualmente en las redes si se presentan los hechos como una tragedia a medias.

Este uso mercantil de los dramas humanos más desgraciados termina al final quitando seriedad a las verdaderas tragedias y anestesiando al lector.

Sucede exactamente como con los genocidios. No cualquier crimen, sea masivo, serial o continuado puede ser calificado de genocidio; no solo por razones jurídicas sino porque el término está asociado a una atrocidad mayor, y aunque parezca obvio subrayarlo, no todas las barbaridades que suceden en el mundo son atrocidades mayores. Las hay también menores.

Provocar la indignación y los «repudios» es siempre más rentable, más directo y más rápido que propiciar la reflexión. Frente a las tragedias y las atrocidades, solo resultan efectivas las reacciones que han sido previamente meditadas, y no los arrebatos verbales de quienes se sienten -de forma espontánea o inducidos por la prensa- concernidos por los sucesos.

Estas prácticas no son en sí sensacionalistas, porque no se trata tanto de producir emociones o impresión con una determinada forma de contar las noticias, sino de obtener clics y «revenues» de forma rápida y abundante. Mientras el sensacionalismo tiene un lado transparente y honrado (en la medida en que acepta que su finalidad es la de excitar el morbo de algunos), el de la manipulación de las noticias con fines comerciales es, por definición, una práctica alejada de cualquier principio ético de la comunicación.

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