
Hace algunos meses, el Arzobispo de Salta sorprendió a la parroquia al insinuar que los curas, en general, tenían más sentido común que los políticos. Ahora, algún candidato a las próximas elecciones que ha colgado temporalmente el diafragma de su micrófono ha dicho, con más claridad, que los periodistas son mejores los políticos porque conocen mejor «la realidad» de la Provincia.
Con estos antecedentes, no sería de extrañar que en las próximas semanas la corporación de enfermeros o la de taxistas saliera a proclamarse también superior a la que conforman los políticos, pues, al fin y al cabo, quien de tanto pinchar culos o hacer viajes de ida y vuelta a la terminal acaba haciéndose con todas las claves de los grandes problemas que aquejan a la sociedad.
La política tiene sus reglas y entre ellas figura la que dice que no debemos de desdeñar la aportación de ningún colectivo, por minúsculo o insignificante que parezca. Enfermeros pinchatraseros, taxistas con el taxímetro «tuneado» y periodistas tienen experiencia suficiente para intentar hacer sus pinitos en la política. ¿Pero la tienen para gobernar? He aquí el gran interrogante.
Si nos guiamos por «la realidad», muy pocos hombres de prensa han llegado a ser presidentes de sus países. Pero ello no quiere decir que no haya habido enormes personalidades del mundo del periodismo que hayan buscado el favor de sus conciudadanos en las urnas.
Solo en los Estados Unidos hay que recordar los nombres de Al Gore, de Ralph Nader, de Sarah Palin, de Steve Forbes, de Gore Vidal o de Norman Mailer, para citar solo a los más conocidos.
Por alguna razón, en el mundo anglosajón está mejor visto (o menos mal visto) que los periodistas se presenten a unas elecciones populares. Y esta razón parece ser no otra que el enorme peso que los medios de prensa tienen en estos países, a causa de la gran dimensión de las empresas, el alto vuelo de sus profesionales y el gran prestigio de que gozan sus opiniones. Quizá no suceda lo mismo en la Argentina, pero ello no le resta a los periodistas ni un ápice de legitimidad a la hora de aspirar a tomar las riendas de la sociedad.
Las críticas de los políticos «tradicionales» al desembarco masivo de periodistas en la política provienen seguramente de dos situaciones que los propios políticos han fabricado: 1) la conciencia de que los periodistas son «empleados» de los políticos, una especie de instrumento para la consecución de sus fines; y 2) la creencia generalizada de que los políticos pueden dedicarse libremente a ejercer el periodismo sin que nadie los critique, pero no al revés.
Sin embargo, los periodistas también son humanos y se rebelan. Creen en el fondo que el gobierno de los periodistas es superior al gobierno de los abogados, los contadores, los psicólogos, así como de los hijos y esposas de estos. Esta creencia impulsa a los hombres de prensa a la arena política, pero lo hace de forma controlada. En el mundo se conocen solamente dos casos de abordaje multitudinario del mundo periodístico al político: 1) las elecciones locales de Hawaii, en 2002, en la que se presentó una media docena de periodistas como candidatos; 2) las elecciones primarias de Salta, en 2017, en donde hay, de largo, más de media docena.
La tradición norteamericana de periodistas directamente involucrados en la política se remonta a más de cien años atrás, cuando el magnate de la prensa William Randolph Hearst adoptó la visión del célebre editor británico William Thomas Stead, un ferviente seguidor del pensamiento puritano de Oliver Cromwell que creía en el «gobierno del periodismo». Stead, que vivió entre 1849 y 1912, formuló sus apreciaciones sobre este tema en un ensayo firmado en el año 1885, en el cual proclamaba «la natural e inevitable emergencia del periodista como el último depositario del poder en la democracia moderna».
A propósito de este tema, W. Joseph Campbell escribió: «En la visión de Stead es central la capacidad del editor para encuadrar y modelar la opinión pública, a la que él denomina 'la fuerza más grande de la política'. Los editores 'deciden lo que sus lectores deben saber y lo que no deben saber... Ellos pueden excitar el interés o apaciguarlo; pueden provocar la impaciencia pública o convencer a la gente de que nadie debe preocuparse por el asunto'. En esencia -afirma Stead- un editor, 'ejerciendo ya sea de estimulante o de narcótico para las mentes de sus lectores' puede influir decisivamente sobre los asuntos importantes del momento».
Pero mientras Stead propugnaba desde la teoría el «gobierno de los periodistas», Hearst lo practicaba intensamente. En 1898, en un recordado editorial del New York Journal, el diario de su propiedad, el magnate escribía: «La fuerza del periódico es la fuerza más grande de la civilización. Bajo el gobierno de la república, los periódicos forman y expresan la opinión. Sugieren y controlan la legislación. Declaran guerras. Castigan a los criminales, especialmente a los poderosos. Ellos recompensan con publicidad aprobatoria las buenas acciones de los ciudadanos en todas partes. Los periódicos controlan la nación porque ellos representan al pueblo».
Entre 1898 y 2017 ha corrido mucha agua debajo del puente y los periodistas no solo han dejado de ser mucho de lo que eran en la época en la que Hearst los colocaba en la cima del mundo, sino que se han perdido mucho poder y muchas plumas por el camino. La aparición de las redes sociales, en particular, y la revolución digital, en general, han propiciado el principio del fin del monopolio de la opinión por parte de los periodistas especializados.
Quizá por ello -por la pérdida de poder- es que quienes se han formado en el noble oficio de informar buscan ahora recobrar influencia y prestigio al mismo tiempo (algo que no les da el arte de dominar el micrófono), sin contar, claro está, con que algunos lo que buscan es la impunidad total para sus opiniones difamatorias y con los que simplemente pretenden, con su candidatura, dar rienda suelta a su egomanía.
El ejemplo de Hearst puede animar a muchos, ya que el hombre se presentó en varias ocasiones a las elecciones y ganó dos veces un escaño en la cámara baja norteamericana. Pero también hay que recordar que perdió otras elecciones clave: 1) para presidente de los Estados Unidos, 2) para gobernador de Nueva York y 3) para alcalde de la la ciudad de Nueva York.
Digamos, pues, para concluir, que los periodistas que se presentan a unas elecciones no pueden aspirar jamás a que los ciudadanos les sigan viendo como periodistas y no como militantes o agentes políticos que son.
El periodismo -al menos el que aquí importa- supone un compromiso con la verdad, mientras que la política -al menos la nuestra- está basada en el arte del engaño y del cálculo.
Quien a la política se aproxima, sea desde el periodismo o desde el mundo del taxi debe saber que, aun aquellos que se dicen abrasados por las llamas del servicio al prójimo, están expuestos a sinsabores y a desilusiones mayúsculas. Eso de creer que al periodista reempaquetado en político le acompaña un aura de santidad y de simpatía y que todo el mundo lo quiere es de una ingenuidad solo comparable con la de aquel músico que pensaba que iba a ganar unas elecciones para intendente solo porque en cada rancho había un disco de él.