
Desde comienzos de esta semana, El Tribuno viene reclamando algo así como un encarcelamiento express para el señor Eduardo Cattaneo (su apellido se escribe sin tilde), a raíz de una «investigación periodística» que habría arrojado como resultado que el aventajado discípulo del vicegobernador Miguel Isa exigía a un número indeterminado de empleados públicos que le tributaran una parte de su sueldo.
Condenado por El Tribuno, no se entiende muy bien en realidad por qué los fiscales de Salta andan buscando cadáveres en los ríos helados y no se lanzan en tropel a atrapar al malvado exfuncionario.
Pero de esta impecable investigación, la noticia más impactante que ha surgido ha sido la detección de un «troll center», que presuntamente explotaba el señor Cattaneo y desde el cual se dedicaba a eso; es decir, a «trollear». Escribir «trolear» (con una sola l), como lo hace el diario, da a entender que la fundación en cuestión no alberga a «trolls» sino a «trolos» y a «trolas», lo cual no es exactamente lo mismo.
De este hallazgo tan particular deriva la publicación esta mañana de la foto de la fachada de la fundación, sita en calle Zuviría 820, a escasas ocho cuadras de la Plaza 9 de Julio, el nanocentro de la ciudad de Salta.
A la mayoría de los salteños, conozcan o no un poco acerca de seguridad eléctrica, les podrá parecer que se trata de una fachada normal, pero basta con detenerse un poco en los detalles de la fotografía para darse cuenta de que Cattaneo ocultaba a sus «trolls» en un inmueble que podría haber entrado en corto circuito en cualquier momento, lo cual hubiese sido una desgracia, al menos geográfica, dada la proximidad del «troll center» con la antigua cancha de basket del Sindicato Luz y Fuerza.
Como se puede apreciar en la foto, la fundación tiene tres timbres (como los tres tristes tigre que tragan trigo); uno de los cuales es una especie de portero eléctrico. Los otros dos son timbres mudos, con pulsadores normales o que aparentan serlo. El estado de estos timbres es realmente preocupante, como se puede advertir en la foto.
Si seguimos la prolija narración de El Tribuno, es de suponer que uno de los timbres suena en la radio digital de Cattaneo; el otro en la sección «cuentas truchas» y el tercero en el departamento «saqueo ilegal» de la compañía.
Eso, si tenemos la suerte de que suenen, y más suerte todavía de que alguien atienda.
Si los timbres no llegasen a funcionar -cosa que es probable- la culpa es de esa caja semitransparente que hay en la pared contigua, que tiene todos los cables revueltos y que algún arquitecto con título habilitante permitió que pusieran en ese semizaguán de aspecto más bien tétrico.
La instalación es tan deficiente, que sería ilusorio pensar en que algún enchufe del inmueble pudiera aguantar los 2.700 vatios que consumen los modernísimos anafes que el gobierno de Urtubey vende en cómodas cuotas a los pobres.
En suma que, atando cabos, a quien Cattaneo debió de hacerle firmar un pacto de confidencialidad de diez cláusulas truchas fue al instalador eléctrico, para que no revelara jamás, ni bajo tortura, qué color de cable lleva la carga y cuál es el neutro. Esta conducta podría ser constitutiva del delito previsto y reprimido por el artículo 293 del Código Penal argentino, que -si se nos permite la aclaración- tiene en abstracto una pena prevista más grave que la del delito de exacciones ilegales (Art. 266) que es el que podría haber cometido Cattaneo.
El delito de instalación eléctrica ilegal aún no está recogido por el Código Penal argentino, pero si El Tribuno publica una encuesta a tal fin, es seguro que el Congreso de la Nación, en un plazo de tres días a más tardar, puede llegar a incluirlo.
Los tiempos de la justicia son unos para los mortales y otros para El Tribuno.