La histeria se apodera del aparato de comunicación de Urtubey

El Gobernador de Salta y sus aliados mediáticos han vivido un fin de semana de auténtico infierno, a raíz de la reacción en cadena provocada por la publicación en el sitio web oficial del gobierno provincial de unas fotografías y un vídeo en donde se ve al señor Juan Manuel Urtubey valiéndose de un joven afectado de síndrome de Down para promocionar el voto electrónico en Mar del Plata.

La reacción comenzó tímidamente en las redes sociales y se fue expandiendo hasta alcanzar a medios de comunicación digital de gran audiencia, lo que motivó que los agentes/comisarios encargados de hacer brillar la imagen del Gobernador entraran en pánico.

Nada más comenzar el ataque, el aparato del Gobernador intentó desviar la atención del foco del asunto diciendo que las críticas se dirigían al acto presencial de promoción. Pero la verdad es que los cuestionamientos no se dirigieron a la participación del joven en cuestión sino a la posterior publicación -interesada, sin lugar a dudas- de sus fotografías en el sitio web oficial del gobierno, con un claro mensaje de carácter comercial: «el voto electrónico es fácil de manejar para todos».

No es, por supuesto, la primera vez que sucede algo parecido a esto. En otras ocasiones anteriores -bien recordadas por ser muy recientes- el aparato de comunicación (que pagan todos los salteños para producir información pública pero que se dedica, casi exclusivamente, a promocionar a Urtubey como si fuese un producto) ya había mostrado su lado más vulnerable. Solo que esta vez el alboroto fue mayúsculo y la «jaula de locas» (como se la conoce en ciertos ámbitos) fue escenario de un descontrol preocupante.

La catarata de críticas y de comentarios negativos sobre la exposición de Urtubey en Mar del Plata forzaron a sus técnicos de imagen a utilizar una receta que ya habían empleado en otras ocasiones, en las que también se vieron con la soga al cuello, a raíz de la destemplada reacción popular: Conseguir a toda prisa que el Gobernador apareciera en la primera plana de un gran medio nacional, hablando de cosas intrascendentes para desviar la atención hacia otros temas.

La operación, que exigió el empleo de una gran cantidad de recursos, se completó con el conocido auxilio del diario El Tribuno, que, siempre listo (como los boy-scouts) se avino a reproducir esas mismas declaraciones, publicándolas originalmente en el lugar más destacado de su portada.

Paralelamente, mientras ardían los teléfonos y los expertos en políticas públicas de «comunicación inclusiva» caminaban sin ton ni son como pollos sin cabeza, con la esperanza de encontrarle la vuelta al asunto, a alguien se le ocurrió la idea de borrar del perfil oficial de Twitter del gobierno de Salta el post en donde se ve a Urtubey en Mar del Plata con el joven con síndrome de Down.
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Un periodista porteño llegó a decir en una radio que el desafortunado gesto de Urtubey hacia el mundo de la discapacidad le había provocado «problemas matrimoniales», algo que en circunstancias normales no debería tener ninguna trascendencia y sonar hasta ridículo. Sin embargo, el asunto, aunque no está confirmado, tiene cierta importancia por el solo hecho de que el nuevo matrimonio de Urtubey es parte estructural de su estrategia de imagen pública. Una eventual falta de sintonía en este tema con su esposa y la próxima cita mediática no será ya en Finca Las Costas sino en el Juzgado de Familia competente por razón del territorio.

Pero el experimento no funcionó. A pesar del despliegue de recursos y de la histeria que convirtió al aparato oficial en una olla de grillos, Urtubey siguió siendo objeto de los más duros ataques que alguien se pueda imaginar. La esperanza de los comunicadores oficiales estaba puesta en que un terremoto en el Himalaya de magnitud superior a 9 pudiera cubrir con un manto de actualidad inmediata los ecos retardados, pero enormemente destructivos, de una metedura de pata con pocos precedentes y que hasta estas horas es considerada «de antología», por los que conocen de campañas políticas.