Repudio K

El sosiego que impone el alejamiento del poder -sobre todo si éste se ha ejercido de modo obsesivo- ha contribuido a que la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner haya mejorado ostensiblemente en el uso de las palabras.

No es solo que los teléfonos hayan dejado de sonar a la medianoche. Probablemente sea también el refuerzo que para su moral ha supuesto el que un juez de la nación haya declarado con valor de cosa juzgada que lo de su título de abogada no es chiste. Cualquiera que sea la causa, lo cierto es que la anterior Jefa del Estado ha hecho ayer algunas piruetas con la lengua de Cervantes que son francamente de agradecer.

La ocasión se la ha servido en bandeja el impresentable hallazgo de un cargamento de millones de dólares, todavía frescos, en poder de un exfuncionario suyo, sobre quien han llovido todas las condenas posibles en solo unas pocas horas.

«¡Oh! ¿Esto sucedía en las entrañas del poder?» ¡Cómo es posible!, se preguntaban azorados algunos kirchneristas de pro, que hasta hace poco presumían de ser los seres más y mejor informados del planeta y los que controlaban por GPS la localización de hasta el último dólar que tocaba las playas nacionales.

Una de las sorprendidas fue la propia expresidenta. Aunque los íntimos del retiro patagónico dicen que la antigua mandataria se agravió porque (por su forma, su color y su olor) esos dólares deberían estar en otras manos, la verdad es que la sorpresa fue comprobar que gente de su riñonada estaba choreando como si en lugar de manos tuvieran una bomba de succión.

Pero lo más bonito fueron las palabras.

Dijo madame Kirchner que verbos tan usuales en la política como repudiar, rechazar o condenar, no alcanzan para describir la reacción de la gente bien nacida a la acción del «ingeniero López». La mención de su título no fue para congraciarse con el presunto malhechor sino con la corporación de ingenieros, ya que ayer se celebraba su día.

Bueno. El caso es que la mandataria demostró que para los escraches verbales no anda corta de palabras ni de fondo de diccionario. Es decir, que no es como don Ramón del Chavo del Ocho, que no solo no conocía el significado del vocablo «políglota» sino que tampoco conocía el del vocablo «vocablo», y que, si se lo propone, es capaz de usar más de tres verbos diferentes para describir una misma acción.

Un pequeño desliz ha cometido, pues repudiar y rechazar son sinónimos exactos. Se puede repudiar a un hijo, repudiar una herencia, repudiar un consejo, repudiar la ley o repudiar una orden. No se necesita en estos casos, como se puede ver, de que se trate de barbaridades. Pero el lenguaje común de los argentinos nos ha llevado a pensar que solo se pueden repudiar las atrocidades, a las que damos también el nombre común de hechos aberrantes.

Entre los salteños, como bien sabemos, no hay repudios comunes o normales. Todos los que quieren levantar la voz por algo, o bien expresan «su más enérgico repudio», o de lo contrario se exponen al escarnio por haber soltado al viento un soplido con voz de pito que se pierde entre los cerros.

Ahora bien, condenar es asunto distinto. El término es más fuerte y, si se quiere, más inequívoco. Quiere decir que a alguien no le cuadra algo, pero no por conveniencia u oportunidad (como las herencias), sino porque detrás de ese algo se esconde el diablo o la maldad que le es propia.

También existen en nuestra lengua, para decir algo de parecida contundencia, los verbos repulsar y despreciar, pero entre nosotros el favorito, por lejos, es repudiar porque a la mayoría nos suena a reputear, que es de por sí un verbo glorioso, no solo por su sonoridad sino también por su significado. Es decir, yo te repudio, yo te reputio. Automáticamente los sujetos pasivos del repudio pasan a ser reputos. En nuestro país los repudiados -o rechazados- no existen. Somos, aunque nos cueste admitirlo, un país de reputos.

Por eso, al ofrecernos más verbos en abanico, como el vendedor de joyas que coloca con mimo y arte de pestidigitador su mercadería sobre un paño verde, la expresidenta nos está diciendo: «Hablemos bien, muchachos. Ahora que por fin puedo leer los diarios, me entero de que existen otras palabras para describir los sentimientos humanos». Digamos que es una forma bastante amable y comedida de decirnos que después de tanto afano y de tanta comedia pseudoprogresista, si el kirchnerismo no tiene forma de demostrar más moral, al menos que demuestre más cultura.