El terremoto de ayer ha mostrado las dos caras opuestas de la información pública de interés general en Salta. Por un lado, una cara comprometida con la inmediatez y reñida al mismo tiempo con el rigor y la calidad; por otro lado, una cara lenta y pasmada, incapaz de reaccionar ante el desafío de una catástrofe con la prontitud y la seriedad necesarias.
A poco de ocurrido el temblor, las redes sociales se inundaron de informaciones confusas y no contrastadas. En situaciones como las que se vivieron ayer en buena parte de Salta, este tipo de obsesión informativa inicial es frecuente, pero no por ello deja de ser muy desaconsejable.
La avalancha de datos (en su mayoría simples rumores) fue más intensa a medida que los consumidores de información comprobaban que el gobierno -que es quien debe dar la información oficial en estos casos- había renunciado a su obligación de contar la verdad de lo sucedido.
Los diarios digitales se llenaron rápidamente de tuits de personas desconocidas cuya fiabilidad como informadores es imposible comprobar o, cuanto menos, dudosa. Los tuits rebotaron hacia los medios nacionales que, como es su costumbre, pintaron un panorama muy diferente, en la mayoría de los casos desolador. No informa mejor quien informa más, a mayor velocidad o antes que otros. Muchas veces valen más los despachos escuetos y meditados, que la catarata informativa sin filtro ni edición responsable.
La irresponsabilidad informativa se vio de algún modo potenciada por el inexplicable silencio de la Subsecretaría de Defensa Civil en su cuenta de Twitter. Este organismo provincial no suministró ni una sola información relevante y contrastada acerca del terremoto durante todo el día, y se limitó a tuitear -como en otras ocasiones- aquello de que «la única información oficial acerca del sismo es la que proporciona Defensa Civil». Esta afirmación, por cierto, es inexacta y temeraria, pues no hay ninguna norma de Derecho que atribuya a Defensa Civil una especie de «monopolio» en materia de información sísmica, en desmedro de otras instancias públicas, como universidades, expertos o el propio INPRES.
Lo cierto es que, a pesar del celo jurisdiccional de Defensa Civil, información oficial no hubo ninguna, a menos que se entienda por tal los consejos que habitualmente difunde este organismo sobre cómo comportarse en caso de sismo.
Pero el sismo ya se había producido y la población no necesitaba tanto saber si tenía que alejarse de las ventanas, bibliotecas, espejos, plantas colgantes, y otros objetos pesados que puedan caer sobre la cabeza de uno, como qué hacer con las cosas que ya se habían caído, a dónde llevar a los heridos y evacuados y cómo restablecer los servicios básicos cortados por el sismo.
Entre los que corrían carreras absurdas por informar antes que otros y los que negaron a los ciudadanos la información pública oportuna y veraz a que tienen derecho, comenzaron a crecer temerarios rumores apocalípticos acerca de rupturas de diques, tsunamis de secano, rutas fracturadas, cerros abiertos en canal y, por supuesto, más muertos. Nadie pudo confirmarlos.
El gobierno, que se constituyó prontamente en el lugar más afectado, se abstuvo también de informar aquello que debía, ya que sus tuiteros convirtieron la presencia del Gobernador en el lugar en un argumento de campaña. «Para que no se repita la historia de Scioli con las inundaciones en la Provincia de Buenos Aires», reconocieron algunos.
Tuiteros conocidos traspusieron esa crítica línea que demarca las competencias de un testigo y de un informador. Muchos se limitaron a contar su experiencia personal (lo cual es útil, en la medida en que los testimonios coincidentes permiten reconstruir la verdad), pero muchos otros cayeron en la tentación de hablar por terceros y de resumir o generalizar sus experiencias, sin siquiera haber visto, oído o sentido. Un tuitero, por muy atento que esté a los gorjeos de otros pajaritos, jamás puede ni podrá hacer el trabajo de aquellos que están entrenados para ejercer las funciones de informadores de servicio público.
La buena o la mala información en los primeros momentos de cualquier catástrofe puede ayudar a mitigar sus consecuencias o amplificarlas de forma infinita. Ayer, la batalla por la información la perdieron, no los medios irresponsables, sino los pobladores de las áreas afectadas, que se expusieron a quedar desasistidos.
Si este terremoto debe dejar -como todos los anteriores- alguna imagen pedagógica, por favor, que sea la de esos vecinos de El Galpón sacando los santos a la vereda y confiando en que la misericordia divina consiga lo que la responsabilidad de los comunicadores públicos ayer no ha conseguido.