Ni en sus mejores pesadillas, el Intendente Municipal de Salta, Gustavo Sáenz, podía haber imaginado que el paseo triunfal por el Centro Cívico Municipal, con el que llevaba soñando toda una vida, iba a toparse a los pocos días con una dura oposición sindical, incluida una convocatoria de huelga que amenazó con paralizar los servicios públicos esenciales. Lo que se insinuaba como una luna de miel apacible y exenta de contratiempos, se convirtió de pronto en un combate cuerpo a cuerpo, desencadenado entre otros motivos por la alarmante inutilidad de muchos de los colaboradores designados por Sáenz para cargos clave de su administración.
Algunos llegaron a sus cargos con una ínfulas insoportables, como si hubiesen conquistado las Galias de la mano del mismísimo Julio César. Algunos, más inútiles que otros, se plantearon por todo objetivo aplicar algunas teorías «modernizadoras» sin tener la más mínima experiencia práctica ni antecedentes de haber lidiado con la correosa oposición de los sindicatos.
Hasta que se toparon con penca, claro está.
La Unión de Trabajadores Municipales, sindicato dirigido desde hace décadas por esa especie de ave fénix de la selva de yungas que es Pedro Serrudo, les planteó un órdago que sirvió, entre otras cosas, para dejar al desnudo, en todo su esplendor, la precariedad del gabinete de Sáenz y su absoluta falta de cintura política.
Los «modernizadores» debieron plegar sus carpetas y guardarse sus teorías en lugar seguro, a la espera de que soplen mejores vientos.
Los más viejos y recalentados fueron enviados al frente a capitular con Serrudo, concediéndole a este una victoria aplastante, casi inédita en la historia de las relaciones laborales de la Provincia de Salta.
El acuerdo fue vergonzoso, no para los trabajadores, claro, sino para la administración del intendente Sáenz, que está pagando un precio muy alto por su falta de experiencia y por su exceso de soberbia.
Vergonzoso y malo, por cuanto la derrota ha enviado un pésimo mensaje a otros municipios, en donde los intendentes, asfixiados por el gobierno provincial, están sufriendo toda suerte de aprietes, la mayoría de ellos ilegales y profundamente injustos. Si Sáenz y su Secretario de Gobierno no se hubiesen bajado los pantalones ante Serrudo con tanta facilidad, la mayoría de los intendentes asfixiados tendría hoy más fuerza para defender sus posiciones.
Habrá que hilar muy fino para convencer a los seguidores que el meridiano de la «modernización» municipal pasa por firmar un armisticio humillante con un sindicalista cuyos mejores momentos y pico de poder se vivieron hace más de veinte años.