Cómo hacer para que un mal Gobernador se convierta en un buen Presidente

  • Solo una formidable operación de maquillaje y engaño puede conseguir borrar los errores políticos del pasado del Gobernador de Salta, que para su desgracia en estos momentos, carga sobre sus espaldas el peso de 25 años seguidos de desaciertos y malos resultados.
  • Misión imposible

La respuesta a este interrogante no puede ser jamás sencilla. Pensar lo contrario equivale a creer que cavando una zanja en el Mojotoro se puede lograr que a partir de pasado mañana el Sol empiece a dar vueltas alrededor de la Tierra.


En Inchon, Corea, 1950, el mejor cocinero ficcional que alguna vez conoció el Tío Sam se enfrentó a un duro desafío: el de la escasez de provisiones para los soldados mientras su compañía avanzaba con dificultad hacia el Norte. Un día, un par de soldados encontraron una caja de madera con 300 kilos de carne de buey de Texas de primera calidad. Al menos alguna vez fue de primera, pues a la fecha del hallazgo el cargamento llevaba ya tres semanas vencido.

Pero el cocinero era arrogante e impetuoso, y pensó que si usaba la cantidad justa de especias y cocía la carne un tiempo suficiente como para disimular el olor a descompuesto, iba a lograr alimentar bien a su tropa.

Pero fue demasiado lejos. Se pasó con las especias e intoxicó a toda su compañía. Cuarenta años después del suceso el cocinero todavía recordaba los gritos y las arcadas. Había mandado a dieciséis de sus hombres a las letrinas aquella noche.

Los fantasmas lo persiguieron durante años. Especialmente el fantasma de Bobby Colby, un joven soldado que solo quería volver a casa. Volvió, sí, pero con un cráter en el colon del tamaño de una costeleta. El hombre tuvo que viajar sentado encima de un corcho en el vuelo de dieciocho horas que lo devolvió a su casa.

La historia del cocinero de Inchon cobra actualidad casi seis décadas después, porque hoy otros arrogantes, impetuosos y optimistas piensan que usando la dosis justa de maquillaje y especias del valle, se puede adobar y sazonar a un mal gobernador para que la gente lo digiera como un buen candidato a Presidente. Si en Corea fueron 16 los soldados que terminaron vomitando en sus cascos, en la Argentina pueden ser 16 millones los intoxicados.

Corregir lo incorregible solo sería posible si quien se ofrece como candidato no tuviera un pasado para mostrar. Pero en la medida en que lo tiene y ese pasado no es bueno, es prácticamente imposible convencer a mucha gente de que lo que fue malo ayer será bueno mañana.

A diferencia de lo que dicen los expertos en marketing político, el principal problema que enfrenta la candidatura presidencial del Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, no es el desconocimiento de su figura política. Al contrario, solo puede tener alguna oportunidad en la medida en que el gran público siga sin conocerlo, porque si llegaran a conocerlo comenzarían para él los problemas.

Urtubey no es -como por ejemplo lo fue Macron o Trump- un candidato por conocer. Lleva 11 años gobernando la Provincia de Salta y otros 15 ocupando diferentes cargos públicos. Su pasado como político con responsabilidad política es perfectamente traceable, y para él es una auténtica pena que lo sea, porque esta es la hora en que seguramente preferiría que nadie supiera a lo que ha dedicado los últimos 25 años de su vida. No porque tenga cosas horribles para ocultar sino simplemente porque no tiene nada bueno para mostrar. Y eso lo saben él, sus asesores de imagen y cientos de miles de salteños que no se han comido el buey de Texas pasado de fecha y todavía disfrutan de buena salud mental y de mejor memoria.

El Gobernador de Salta tiene derecho como el que más a soñar con ser Presidente de la Nación. Lleva soñando toda su vida con serlo. Pero aunque ha tenido una apreciable cantidad de tiempo y de oportunidades para demostrar cualidades para el puesto, solo ha podido demostrar lo que Salta es en estos momentos: una Provincia empobrecida, marginal y desordenada.

No son sus cualidades personales, intelectuales o morales las que se precisan para ser Presidente de la Nación. Para aspirar a un cargo como este hay que demostrar un historial tangible de aciertos, o al menos de audacia para intentarlo. Urtubey tiene coraje y habilidad, pero para la timba política, para el regate corto, para las operaciones de entrecasa; no para presidir un país complicado y pendular como la Argentina.

Si alguien consigue hacer del mal Gobernador un buen candidato a Presidente no será sino después de gastar toneladas de dinero en especias y en maquillaje. Puede que el tiempo y el dinero alcancen, pero aunque la operación de hacer pasar lo malo por bueno (lo vencido por lo fresco) tuviera un inesperado éxito, hay todo un futuro por delante que no se puede rifar simplemente porque a alguien se le ocurra jugar al neuromarketing político.

Como el pobre Bobby Colby, los argentinos nos exponemos a realizar un largo viaje sentados sobre un corcho. Y la verdad es que este es un precio demasiado alto para una obsesión infantil que se puede curar -según dicen los expertos- con unas cuatro o cinco sesiones de terapia, a 4.800 pesos la hora.

Hagamos una vaquita y se lo paguemos entre todos.