
Juan Manuel Urtubey ha perdido todo interés en Salta y en sus problemas, sobre los que levita, cuando por esas cosas que tienen los tiempos de la política se ve obligado a posar sus pies en la polvorienta y turbulenta tierra que lo vio nacer.
Hace bastante tiempo ya que sus ilusiones están puestas en algún lugar del cosmos a donde no le deja bien ningún colectivo de SAETA. Con el 8 por ciento del padrón nacional, Salta es ya poca cosa para un Gobernador que piensa en números grandes tanto como piensa en el big data y en el marketing electoral custom tailored.
El Urtubey al que poco se ve en Salta y el Urtubey al que mucho se ve en los estudios de televisión de Buenos Aires son dos personas enteramente diferentes, como los gemelos Danny De Vito y Arnold Schwarzenegger en sus mejores épocas.
El Urtubey que de vez en cuando se deja ver en los oscuros circuitos de Salta viste jeans y zapatillas, pasa de puntillas sobre las brasas ardiendo, apenas se deja ver con su esposa en lugares públicos y no se mete en discusiones con gente a la que considera intelectualmente inferior y políticamente irrelevante. Los salteños y las salteñas lo traen más bien al fresco. No hay ninguno -ni Cargnello, que por cierto es catamarqueño de pura cepa- que lo conmueva o le haga pensar por más de dos segundos seguidos.
El segundo Urtubey es una especie de gobernante danés, vestido de traje y corbata, con los zapatos lustrados y la cara afeitada. Puede presumir de nórdico justamente porque, una vez traspuestos los límites provinciales, problemas como la pobreza, el desempleo, la crisis judicial, el nepotismo, el asesinato de mujeres o la inanidad de los ministros desaparecen como por arte de magia. Si los salteños no le piden cuentas por ellos, ¿por qué habría de rendírselas a los porteños?
Este segundo Urtubey opina solo sobre cosas grandes y jugosas (Macron, Merkel, May, Trump, Trudeau, el Brexit...). Intenta parecerse (con bastante dificultad) a un estadista que presume de mundo y de conocimientos sobre él. Como un danés o un suizo, irradia felicidad y reparte sonrisas, porque la estela de las lacras sociales de Salta no lo persigue, pues normalmente se queda colgada de los cerros antes de que el avión cruce por el paralelo que divide Rosario de la Frontera de Trancas, tierra natal de Lola Mora, según dicen algunos perversos.
El Urtubey de las cámaras y los reflectores se molesta cuando le preguntan sobre Salta, sobre su economía, sobre su sistema social, sobre sus niños y sobre sus mujeres. Reacciona con estupefacción cuando los periodistas le recuerdan, por ejemplo, que su imagen fue impresa en los manuales de cuarto grado de la escuela. Prefiere hablar de Europa o del FMI, con la misma sospechosa solvencia del que visita el viejo continente para fotografiarse en el Louvre o en el Puente de los Suspiros venecianos, para comprar en la calle de Serrano de Madrid, visitar el Bernabéu o para comer pizza cerca del Coliseo romano, sin pisar ninguna universidad ni reunirse con ningún líder importante del mundo.
Hablar sobre las cuestiones que afligen a los que viven en su Provincia lo haría aparecer como un pajuerano. Al menos es lo que sus asesores parece que le dicen. Es decir, que no hable ni aquí ni allá de los problemas de Salta. Y no porque los temas sean tabúes sino simplemente porque no están a la altura de la «lógica» que vertebra su complicado discurso.
Tampoco se moja mucho en cuestiones que tienen que ver con la política nacional. Cualquier cosa que pueda decir ahora seguramente podrá ser usada en su contra un poco más adelante, como ya lo están haciendo esos caverno-kirchneristas que mal le quieren con todos los nauseosos elogios que dedicó hace años a Néstor Kirchner y a su esposa. Los macristas, mientras, lo miran de soslayo, al bies, porque desconfían de él tanto como cualquier otro kirchnerista arrepentido, y los peronistas más convencionales también lo hacen a un lado, por motivos que son fácilmente comprensibles.
Por eso es que no le queda más remedio que planear sobre los problemas, fingir venir del país de la felicidad perpetua e intentar pasar por estadista, con 49 años y un palmarés repleto de partidos perdidos. Más que danés o suizo, Urtubey parece que se «hace el sueco», expresión equivalente a las muy criollas «hacerse el sota» o «hacerse el otario».
Es la receta peronista puesta en acción. El propio Perón, cuando quería denostar a sus camaradas de armas que lo perseguían decía que para llegar a ser general del Ejército Argentino bastaba con «tener buena salud y no pelearse con nadie». Para ser Presidente, más o menos igual.
Eso justamente es lo que está haciendo Urtubey. Peronismo en estado puro.