
El Gobernador de Salta ha desempolvado su viejo ejemplar de la doctrina peronista -un libro escrito por un falangista catalán, colaborador del dictador Miguel Primo de Rivera y admirador de los programas laborales de Benito Mussolini- para rescatar la vieja idea -más bien una aspiración- de que el movimiento obrero argentino no es «clasista».
La afirmación no parece haber sido rebatida por ninguno de los ciento y pico de sindicalistas -casi todos de cuello blanco- que se dieron cita anoche en la sede salteña del sindicato Unión Personal Civil de la Nación, que representa a los trabajadores al servicio de las administraciones públicas. Todos ellos escucharon embelesados el discurso de un Gobernador/empleador ataviado con campera de cuero (al mejor estilo Saúl Ubaldini) y con camisa fuera del pantalón.
En pocos países del mundo los gobiernos celebran un día como este junto a los sindicatos, que suelen disfrutar la fiesta en libertad y que aprovechan la jornada para ventilar sus diferencias con los gobiernos de turno. En menos países todavía, son los sindicatos del ámbito del empleo público los que invitan a celebrar al jefe de la Administración.
Según la información oficial del gobierno, la cena no fue precisamente un canto al pluralismo, ya que quienes anoche compartieron mesa y mantel con el primer mandatario provincial pertenecen estructuralmente al peronismo, toda vez que están integrados en las llamadas 62 organizaciones peronistas, que no es un sindicato jurídicamente reconocido como tal sino, nada menos que la rama sindical del Partido Justicialista.
A la cena del 1º Mayo en Salta no asistieron, pues, sindicalistas trotskistas, radicales, independientes o socialcristianos, por solo mencionar algunas de las variadas orientaciones ideológicas de la clase obrera argentina.
En su discurso, el gobernador Juan Manuel Urtubey, tras negar el carácter «clasista» del movimiento obrero nacional, afirmó que la misión o naturaleza de éste es la de ser un «integrador social», lo que no puede interpretarse sino como la constatación de que el sindicalismo nacional es una especie de «sintetizador» entre el capital y el trabajo.
Sin embargo, los datos de la realidad desmienten al Gobernador con no poca rotundidad: En la Argentina -la de Perón o la de Martínez de Hoz- los trabajadores históricamente han carecido de auténticos derechos de participación, ni en el capital ni en las soberanas decisiones de éste.
Por citar solo un dato, surgido de la División de Estadística de las Naciones Unidas (UNSD), la participación de los salarios de los trabajadores argentinos en el PIB, a precios de mercado alrededor de 2010, era de un 37%. Por contraste, en el mismo periodo, países como Costa Rica, Japón, Alemania, Holanda, Finlandia, Canadá, Sri Lanka, Francia, Suecia y Estados Unidos superaban el 50%. Los trabajadores suizos y daneses rozaban el 60%.
Y no solo la realidad económica, sino también la jurídica, ya que tanto la Corte Suprema de Justicia argentina como los organismos especializados de la Organización Internacional del Trabajo se han encargado de dejar bien claro en los últimos años que el modelo «integrador» y «vertical» del peronismo, cuya mayor expresión es el sindicato único promocionado por la ley, vulnera los principios fundamentales del derecho de libertad sindical.
Ninguna explicación ha dado Urtubey de la tremenda huelga general decretada recientemente por el «integrador social» contra el gobierno de Mauricio Macri, decisión que, como todo el mundo sabe, motivó una acre reacción del Gobernador de Salta, que salió a calificar el ejercicio de un derecho constitucional (para él, «no clasista») como una «metodología del pasado».
Según la particular interpretación que Urtubey hace de los fenómenos sociales, la «metodología del futuro» es la que en el año 1943 imaginó aquel ilustre jurista catalán que, a pedido de Perón, tradujo al lenguaje nacional las principales líneas del pensamiento de aquellas «grandes figuras» europeas que fueron Miguel Primo de Rivera y Benito Mussolini.
