Ganar las elecciones o cambiar Salta para siempre

  • En medio de las dudas, la resignación y el desánimo que producen las noticias que a diario llegan desde el centro del poder nacional, los salteños se enfrentan a un dilema crucial para su futuro: ganar las elecciones o cambiar Salta para siempre.
  • La postergación del futuro

Lamentablemente, tal y como están las cosas, los dos objetivos no se podrán alcanzar al mismo tiempo. Tampoco hay garantías de que la consecución del primero garantice, en un plazo razonable, la conquista del segundo.


Los políticos locales, los que se han decidido a competir en las próximas elecciones, han superado ya claramente el meridiano de las roscas, y el calendario señala ahora que es tiempo de dejar de lado la calculada estrategia consistente en evitar pisar callos para no molestar a los posibles aliados. Ahora toca internarse decididamente en el terreno de la descalificación y el ataque al contrario. El momento del combate ha llegado y muchos lo celebran con entusiasmo más que visible.

La importancia del combate

Si bien muchos de nuestros políticos han demostrado una acrisolada capacidad para rosquear y se sienten relativamente cómodos celebrando reuniones secretas, conspirando con el adversario, hablando mal de otros a sus espaldas y traicionando a los amigos más cercanos, a la mayoría les seduce más el cuerpo a cuerpo, porque así por lo menos se pueden decir las mentiras de frente. Las roscas al fin y al cabo obligan a algunos -incluso a los más ladinos- a mostrarse tal cual son, y eso no siempre es conveniente.

Sin embargo, el combate -que es lo que realmente mueve a las masas- permite también en gran medida disimular los defectos propios y las taras personales. Si algo tienen en común las elites y la plebe en Salta es su descontrolada pasión por la refriega y los disfraces. Sin combate y sin máscaras las elecciones son una farsa, un baile de señoritas.

No se trata de un combate dialéctico, inteligente y ordenado, sino más bien de un torneo de eslóganes vacíos en el que más posibilidades de ganar tiene aquel que habla más generalidades y emplea en su discruso la mayor cantidad de lugares comunes posible: «Salta tiene futuro», «estoy seguro de que vamos a ganar», «seremos gobierno», «estamos muy competitivos», «queremos una lógica distinta», «vamos a evaluar la perspectiva del bien común», «tenemos que brindar un servicio de calidad», «practicaremos un verdadero federalismo», «tenemos que potenciar los pueblos», «somos una alternativa de cambio», «para seguir adelante» o «con amor por nuestra tierra». Da igual quién pronuncie estas consignas: valen para todos, aunque en el fondo solo sean burdas simplificaciones.

El objetivo que se han marcado todos los candidatos a Gobernador de Salta no es otro que el de ganar las elecciones. Y hacerlo aplastando al contrario, previo haberlo despellejado, por supuesto. Casi todos conocen aquí el enorme peligro que representa dejar a un adversario derrotado pero «vivo». De lo que se trata es de acabar con la serpiente cortándole la cabeza.

Para la mayoría de nuestros políticos, los límites del mundo coinciden con el perímetro de sus propios intereses, y estos, a su vez, se reducen a aquellas situaciones de las que pueden sacar alguna ventaja personal, familiar o sectorial.

La despreocupación

A ninguno de los principales candidatos (que son cuatro o cinco) le importa qué es lo que pueda suceder a partir del próximo 10 de diciembre. Nadie parece especialmente preocupado por los graves problemas de gobernabilidad que hoy mismo existen en Salta y que se multiplicarán por cien a partir de fin de año. La cuestión es llegar a conquistar el poder en alguna de sus dimensiones; todo lo demás se verá después.

Las razones de esta peligrosa despreocupación son varias.

La primera es, sin dudas, la irresponsable conexión de las elecciones salteñas con las nacionales, a la que la mayoría de los candidatos ha apostado sin reservas poniendo por delante su necesidad de ganar las elecciones y postergando las necesidades reales de los salteños. El mensaje de los candidatos es: «Los problemas de Salta se van a resolver si fulano o mengano gana las elecciones presidenciales».

Es decir que el futuro Gobernador de Salta solo tiene que sentarse en su oficina a esperar que el próximo Presidente de la Nación traiga a Salta obras, recursos financieros, inversiones, empleo, hospitales, viviendas y escuelas. Ellos -los ganadores- no deben cultivar ni demostrar ningún talento para «hacer» sino, en todo caso, para «pedir», puesto que de eso se trata.

La segunda razón es algo más instrumental que la anterior. Cuando las elecciones hayan pasado y el soberano haya pronunciado finalmente su veredicto, comenzará para el elegido la enorme tarea de «construir poder», tal y como ha enseñado desde su cátedra pedestre ese maestro ninja de las más inmorales artes de la política que es Juan Manuel Urtubey.

A los candidatos a Gobernador no les preocupa lo que pueda suceder en Salta a partir del próximo 10 de diciembre, entre otras cosas porque su poder -el poder al que aspiran- se encuentra todavía «en fase de construcción». Ganar las elecciones a Gobernador es solo un paso: todavía falta domesticar a la Legislatura y controlar todos los resortes del Poder Judicial, antes de, por fin, acabar con los organismos independientes que controlan la gestión del gobierno y con ello lograr alcanzar el grado máximo de manipulación de las reglas democráticas.

La ausencia de equipos preparados

Pero quizá lo más grave de todo este sombrío panorama, es que ninguno de los cuatro o cinco candidatos principales tiene equipos preparados y solventes para enfrentar la etapa que viene.

Para decirlo con mayor claridad: nadie va a poder gobernar Salta con un equipo especializado en organizar fiestas infantiles, cine con pochoclos y carreras de embolsados, ni con uno formado por activistas transgénero, veganos, anti y proabortistas o por cualquier otro grupo monotemático y sobreideologizado que sepa desenvolverse en la ruidosa y superpoblada esfera de la micropolítica.

El que quiera gobernar Salta, aunque sea solo para pagar los sueldos, deberá contar con equipos cohesionados, listos para asumir responsabilidades de gobierno, dispuestos a someterse a reglas incuestionadas y portadores de una verdadera cultura política cívica. Y esto no es algo que se pueda inventar sobre la marcha. Si no se ha hecho antes, ya no se puede hacer ahora, cuando las elecciones y el cambio de gobierno están a la vuelta de la esquina.

El peronismo de Salta se ha caracterizado siempre por «tomar prestado» los recursos humanos del adversario más reciente ante la redescubierta pobreza de los propios. Así lo hizo, por ejemplo, Roberto Romero, que llegó al poder en 1983 aupado por una sinestra coalición de conservadores y ultraderechistas sin ninguna capacidad para gobernar y se vio obligado entonces a comprar a la mayoría de los dirigentes -más preparados- que habían apoyado a su contrincante Carlos Caro. La experiencia se reprodujo en 2007 cuando Juan Manuel Urtubey desafió al peronismo apoyándose en las ruinas humeantes del Partido Renovador de Salta y al final tuvo que rendirse a la evidencia de la precariedad y la falta de talento de sus socios electorales para acabar llenando los casilleros de su gobierno con romeristas desencantados o amenazados seriamente por el desempleo.

El cambio postergado

Con todos estos elementos, es imposible que Salta cambie en lo más mínimo. El que gane las elecciones, cualquiera sea la forma en que las gane, no inaugurará una nueva era, ni será el fundador de un estilo de liderazgo diferente, por mucho que sueñe con ambas cosas.

Por razones como las que hemos apuntado aquí, y otras que por cuestiones de espacio se quedan afuera, el próximo Gobernador de Salta, cualquiera sea su signo político, no solo representará la continuidad del pasado, sino que deberá asegurar esa continuidad y trabajar febrilmente por ella si es que de verdad se propone acabar su mandato sin mayores sobresaltos. La innovación en Salta puede matar hasta al más pintado.

El cambio político y social que Salta y los salteños demandan requiere de audacia, de talento y de humildad. Ningún resultado positivo se podrá alcanzar en la medida que solo importa que ganen «los nuestros». Ninguna transformación esencial será posible sin una predisposición más bien amplia y transversal a luchar contra la ingobernabilidad y el populismo en las condiciones más desfavorables. La gobernabilidad misma no será posible sino en base a un diseño inteligente de cooperación democrática entre diferentes posiciones políticas. Y todo esto es radicalmente incompatible con la ambición de «construir poder» que desvela a casi todos los aspirantes.

Ellos han elegido, por tanto, ganar las elecciones y no cambiar a Salta. Si hubieran elegido esto último se habrían preocupado por formular un «programa»; pero no lo han hecho. No porque sean incapaces de hacerlo sino más bien porque no conviene a sus propósitos y colisiona con sus intereses. En cada reunión y dependiendo de la cara del cliente, las propuestas de gobierno serán diferentes porque eso es precisamente lo que ahora les interesa.

Aun ganando, sin cambiar casi nada de lo que ahora mismo no funciona en absoluto, ellos habrán conseguido más del 90 por cien de lo que se propusieron cuando decidieron dar el salto a la política. Gane quien gane en noviembre próximo, la gobernabilidad de Salta estará en serio entredicho y cualquiera que sea la opción política que reciba finalmente la confianza del electorado, la pervivencia de este modelo clientelar de una sociedad de peones que elige a los patrones para que los gobierne estará asegurada por varias décadas más.

Esto quiere decir que los salteños de hoy y los de mañana vivirán casi igual de mal que ahora, pero a una mayoría no les va a importar porque ya se habrán desfogado en las urnas dejando fluir sus peores impulsos emocionales. Al fin y al cabo lo que verdaderamente interesa es darle un «pesto» al adversario. Poco importa el cómo y menos el para qué.

Todo lo que venga después lo veremos y ya veremos también con quién intentamos resolver los problemas. En la política de Salta, lo importante -como dijo alguna vez el insigne Sabio de Hortaleza en relación con el fútbol- es «ganar, ganar, ganar y volver a ganar, y ganar, ganar, ganar...».