En el diccionario de folklore doméstico de cierta familia con poder en Salta, la palabra «endeudamiento» significa «campaña electoral a la vista».Hablamos, claro está, de endeudamiento público, nunca del privado, porque en el mismo repositorio de normas domésticas está escrito que las campañas electorales nunca se pagan del bolsillo de uno, sino con fondos del Estado.
En noviembre de 2011, la Provincia de Salta suscribió un préstamo internacional por 187 millones de dólares, para dotar al famoso y nunca bien ponderado Fondo de Reparación Histórica. Pero, lejos de servir para el financiamiento del ambicioso plan de obras públicas que estaba llamado, en teoría, a poner de pie a los Departamentos más postergados de la Provincia, el Fondo fue la herramienta que permitió a uno de los folklóricos montar una costosísima campaña electoral para convertirse en senador nacional.
Casi cinco años después de aquella operación, las finanzas del Estado salteño están en una situación cercana a la catástrofe. De todas las señales que se elevan sobre el horizonte y que presagian tiempos muy duros, destaca una: el alejamiento anunciado del Ministro de Educación del gobierno provincial, Roberto Dib Ashur, uno de los teóricos de los números más solventes con que ha contado el gobierno en los últimos años. Su salida del gobierno es una buena noticia para él pero muy mala para quienes están preocupados por el futuro de los salteños.
Pero como el show debe continuar, se necesita más oxígeno. Hay que pagar los sueldos, y no solo eso: un horizonte de cuatro años sin inauguraciones de playones deportivos tercermundistas, sin cordones cunetas que debieron construirse hace 70 años, sin groseras pautas publicitarias en los grandes medios, dejaría al jefe sin ninguna opción para la batalla por la Presidencia de la Nación en 2019.
Los entendidos en la materia saben, o calculan, que con un poco de bicicleta financiera y con otro tanto de engaño en los porcentajes de las paritarias, no habrá estallido social en la Provincia, al menos en el corto plazo. Los criollos no solo son crédulos sino también sumisos, hasta el punto de que vienen tolerando la explotación -según dicen- desde épocas incluso anteriores a la llegada de los incas.
El problema es otro. Hay que pagar la campaña y los números no cierran.
Entonces, nada mejor que salir al recientemente abierto, para la Argentina, mercado internacional de capitales y buscar endeudarse por 250 millones de dólares. Una cantidad que no se terminará de pagar pronto, sino cuando quienes hoy han decidido endeudarnos estarán disfrutando de una merecidísima jubilación, si es que alguno no descansa ya en ese gran parque memorial en donde se colocan grandes avisos de mora de color naranja sobre las lápidas deudoras.
Sin esa inyección financiera, ni hablar de candidatearse en 2019. Si para fabricar un senador nacional a la carta se necesitó en 2013 unos 150 millones de dólares, teniendo en cuenta ciertas proyecciones y correcciones por depreciación monetaria, no es descabellado pensar que para llevar a alguien al sillón de Rivadavia hagan falta unos 250 millones, por lo bajo.
Es muy triste pensar que la iniciativa de endeudar a los salteños para saciar una ambición infantil va a pasar por la Legislatura sin ningún atisbo de oposición, sin debate, sin luz ni taquígrafos. Como lamentable es comprobar que quienes nos representan van a considerar más importante el futuro de una sola persona que el de más de un millón trescientas mil.
Pero eso es lo que tenemos, a menos que el criollo se anime a dejar de lado de una vez y por todas su ancestral sumisión al poder y, en vez de renuncias de ministros influyentes, en el horizonte político de Salta se alcen llamas de rebeldía y de insumisión.