Daniel Ernesto Rangeón, in memoriam

Cuando ya casi no quedaban lágrimas para derramar,  acabo de enterarme de la muy triste noticia del fallecimiento de mi querido amigo Daniel Rangeón. Daniel Rangeón, en Cerrillos, enero de 1981Daniel falleció repentinamente en Salta, en la madrugada del sábado 27 de junio. En abril pasado había cumplido 50 años de edad. Los mismos que tengo yo ahora, a pesar de ser más de un año mayor que él.

Mi relación con Daniel es de muy larga data. Nos conocimos cuando ambos no habíamos cumplido aún los dieciocho años, en Cerrillos, donde nuestras familias vivían separadas por unos cientos de metros. Hablo del invierno de 1976, un tiempo en que el frío no sólo estaba instalado en la atmósfera y en los cerros sino también en los fusiles que justificaban el poder y en el corazón de muchos ciudadanos que vivíamos desconcertados una etapa inédita de nuestras vidas, privados de libertades fundamentales.

No por casualidad, la primera noticia que tuve de Daniel fue que, junto a mi hermano el menor, habían sido detenidos arbitrariamente por la policía de Rosario de Lerma por atravesar una calle de contramano con su vieja camioneta FIAT. Podrían haberlos detenido también por silbar bajito o por respirar profundamente; en aquellos tiempos el uniforme daba derecho a hacer cualquier cosa.

Rápidamente nos unió la pasión por la radio, por la música, por el deporte y por la belleza femenina. Vivimos, junto a un grupo de amigos cuyo número se puede contar con los dedos de una mano, una etapa única e irrepetible de nuestras vidas; diez años marcados por la inquietud, la curiosidad, la osadía, el deseo de hacer cosas nuevas y la voluntad permanente de desafiar a lo establecido, no sólo desde la insolencia juvenil, sino también desde la convicción profunda de que era necesario renovar y renovarse para poder sobrevivir.

Daniel era un auténtico líder y un adelantado en estas cuestiones. Mis amigos, y yo mismo, a veces sólo nos conformábamos con acompañarlo. Tenía una inteligencia prodigiosa, una cultura desbordante y una capacidad de adquirir información y de procesarla críticamente que yo mismo no soy capaz de reconocer en muchas personas. Daniel no alardeaba de ello, en absoluto. Era discreto y sabía estar en todo momento y en todo lugar.

En una ocasión, difícil para mi y para unos cuantos que estábamos allí reunidos, alguien de nuestras propias filas puso en duda -con razón, aunque con muy malas artes- mi propia inteligencia. Daniel, sin dudarlo, terminó con autoridad la discusión proclamando que si alguien allí tenía algún mérito intelectual, ése era yo. Estaba equivocado, pero viniendo de él, lo consideré como un halago que hasta hoy soy incapaz de olvidar.

No sólo de discusiones teóricas me salvó mi amigo. Hubo un tiempo en que exponíamos innecesariamente nuestra humanidad en partidos de fútbol auténticamente salvajes. Fue Daniel el que me rescató de una pelea iniciada por un deficiente mental bastante robusto. Mientras yo embestía como un toro al Neanderthal cerrillano, Daniel prudentemente me sacó de la escena evitando con ello que sufriera yo algún menoscabo físico. Hasta hoy no dejo de agradecérselo.

En aquellos partidos, en los que ni él ni yo descollábamos por nuestra habilidad, repetimos hasta el cansancio una jugada que nos reportó decenas de goles impecables. Conocedor de su perfil yugular y de la extraordinaria potencia de su cabezazo, mi misión en el partido consistía en tirarle centros adelantados con la zurda desde la derecha. Daniel se anticipaba siempre a su marcador y la ponía en un ángulo para disgusto de los contrarios.

Idéntica solidaridad en el fútbol que en la vida. Él y yo nos ayudamos en todo lo que pudimos. Por supuesto, recuerdo ahora más ayudas de él hacia mi que a la inversa, pero la verdad es que nunca faltó en nuestra amistad un sentido muy elevado del servicio desinteresado al prójimo. Entre tantas cosas, recuerdo cómo Daniel me ayudó a cuidar y a transportar los libros de la biblioteca de mi hermano Gori, por entonces exiliado de la Argentina. Recuerdo también la forma desinteresada con que Daniel accedía -con riesgo para su vida- a subirse a la antena de radio de mi padre, que tenía 21 metros de altura, y a efectuar reparaciones; las veces que nos transportamos mutuamente para superar las distancias y las carencias del transporte suburbano; las veces que nos ayudamos para comer, para vestirnos, para darnos mutuo hospedaje y auxilio cuando algún intendente loco rompía las calles y nos dejaba sin agua en nuestras casas; para reflexionar, para crecer y para soñar con un futuro mejor.

Para qué hablar de su ayuda para cuando me tocó hacer el servicio militar en 1980, un año después que él por razón de mi prórroga. Daniel -como soldado veterano- me acompañó al reconocimiento médico en donde fui maltratado por un autoritario y poco profesional teniente coronel médico que comulgaba todos los domingos en Cerrillos.

Recuerdo también el cariño y el respeto que Daniel tenía por mi padre. Y la emoción con que Daniel y mi madre (fallecidos ambos en un breve lapso de dos meses) se saludaron en Cerrillos a comienzos de febrero de 2009, cuando estuve allí para despedirme de mi madre, sin saber yo que también estaba despidiendo a Daniel.

Recuerdo su compañía en mis espectáculos musicales, su apoyo en mis estudios, la confianza que nos teníamos el uno al otro, el respeto y la consideración que se extendió a las respectivas familias. Recuerdo su excelente humor, su capacidad para encontrar una salida divertida a situaciones tremendamente complicadas, como aquel invento repentino de que "me tengo que ir porque mi vieja debe estar zarandeando la olla", que esgrimió para salir de un incómodo compromiso.

Poco hablábamos de política; no hacía falta. Jamás se me habría ocurrido adoctrinar a un amigo que amaba el pensamiento libre tanto como yo. Las pocas ocasiones en que el tema afloraba, Daniel no tenía sino palabras de elogio para forma de vivir de mi padre, que no obstante haber dedicado 60 años de su vida a la política y al ejercicio de cargos públicos electivos, "era tan pobre como nosotros".

Despido hoy a un amigo que me acompañó en los mejores momentos de mi vida y en algunos otros que no fueron peores sólo porque él estaba cerca y los hacía más llevaderos con sus oportunos chistes, con sus apodos, con su humor brillante y distendido. Lo despido emocionado y con la certeza de su prematura partida nos ha privado, a mí y a muchas personas, de disfrutar de lo mejor de él. De su sabiduría, de su humor, de su optimismo antropológico, de su afecto y de su proximidad.

Lo despido lamentando no sólo que nos haya dejado sino que no nos haya dado tiempo a decirle muchas cosas de la que debió enterarse en vida. Una de ellas, que su amigo Luis Caro -doblado por el dolor pero no vencido- lo quiere y lo aprecia esté donde esté y haga lo que haga. Porque Daniel Rangeón era una de las pocas personas a las que podía darle yo un cheque vital en blanco con la seguridad de que nunca sería defraudado.

Quisiera enviar a su madre, Delma García de Rangeón, a sus hermanos Carlos Alberto, Darío Michel, Luis Alejandro y Silvia Carola, un abrazo fraterno y solidario desde esta enorme distancia a la que me encuentro. Para su esposa Nory Álvarez y para sus hijos, Maximiliano, Ezequiel y Antonella Rangeón, mis condolencias y mis respetos.

No te olvides de nosotros y descansa en paz, querido amigo.