Si los hombres y las mujeres somos iguales, como proclama con bastante insistencia el entorno cercano al gobernador de Salta, frente a idéntica tragedia (la de Tartagal), las lágrimas del vicegobernador Andrés Zottos deberían de tener la misma consideración -bioquímica y política- que las lágrimas de la presidente Cristina Fernández de Kirchner. Salvo prueba en contrario, los fluidos oculares de ambos tienen idéntica cantidad de glucosa, de proteínas, de sodio y de potasio. Deberían también idénticos significados políticos y no constituir ocasión para emitir comentarios machistas. El gobernador de Salta, al penalizar las lágrimas de su vicegobernador, ha vuelto a exaltar la tradicional aridez emocional del machismo, y rescatado el famoso mito de Boabdil, aquel moro que derrotado en Granada recibió de su madre una feroz y humillante reprimenda: "Lloras como mujer lo que no supiste defender como hombre".Si, para Urtubey, las personas que lloran lo hacen como expresión de su incapacidad para "asumir sus responsabilidades", es poco menos que evidente que con su desafortunado comentario a quien ha dejado desairada, y mucho, es a la presidente Kirchner y no al señor Zottos. El inoportuno machismo del gobernador ha castigado innecesariamente a la presidente en dos sentidos: negándole primero la elemental cualidad de gobernar experimentando emociones y atacando después su condición de mujer, al considerar de modo implícito que "el llanto paralizante", aquel que es incompatible con el ejercicio de responsabilidades públicas, es una cualidad que afea a los hombres (hasta el punto de hacerles merecedores del infierno viril de los machotes) y que, por tanto, es propia de mujeres.
La política, en mi modesta opinión, está demasiado llena de muñecos de hierro, que de puertas adentro de sus despachos tiemblan como hojas y en público no se permiten el lujo de acongojarse ni de exhibir sus emociones. Urtubey, al parecer, es uno de ellos. Dice Rosa Montero que la prominente nuez de Adán, ese carácter sexual secundario masculino, parece ser el resultado orgánico de cientos de generaciones de varones permanentemente atragantados por un nudo de lágrimas.
Mucho me temo que los recursos dialécticos de nuestro gobernador, que son muchos, pero no son especialmente variados, ni mucho menos infinitos, van a resultarle insuficientes para salir a matizar su discurso machista. Lo dicho dicho está y con aquella "claridad extraordinaria" de la que hablaba Jaime Dávalos: la que evita cualquier confusión posible.
Si, para Urtubey, las decisiones "del poder" deben ser tomadas "con un buen par de razones" y, además, con una sonrisa, debo decirles que como salteña y como mujer no he podido contener las lágrimas al ver la fotografía de nuestro gobernador entregando, en pleno siglo XXI, un par de zapatillas a un niño de El Quebrachal. Pensé que la entrega de zapatillas (una práctica política etiquetada genéticamente como 'clientelar') era propia del caciquismo de los años 20 y 30 del siglo pasado, pero compruebo con gran tristeza que ese "campeón de las nuevas tecnologías y del gobierno electrónico" que es nuestro gobernador, todavía la tiene internalizada y es capaz de recurrir al regalo político más "políticamente incorrecto".
Lloré, pero de emoción, al comprobar la cantidad de testosterona que se necesita para entregar un par de zapatillas azules con una sonrisa (y además, ¡dejarse sacar una foto!). Y tras secarme las lágrimas le dí plenamente la razón al gobernador. Tal vez Zottos y la Presidente debieran llorar menos, tragarse sus lágrimas y repartir más zapatillas a diestro y siniestro, porque de una niñez bien calzada dependen la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación.