
Sin dudas es enternecedor comprobar cada día cómo padres y madres se dan a la tarea de elegir nombre para sus hijos recién nacidos.
Ayudados por la permisividad de una legislación que, con buen criterio, ha dejado de lado el santoral como fuente única para los nombres de los humanos, hoy asistimos a la proliferación de una serie de nombres que, por lo general, hacen justicia con la frágil ternura de los neonatos.
Así, no es infrecuente enterarse de que los padres han elegido para sus hijos nombres como Brian, Brenda, Santino, Tiziano, Lluvia, Brisa, Zoe, Azul, Mia, Soda o el infaltable Seven.
Todos felices, hasta que el niñito o la niñita crecen y su nombre -adoptado al calor de una moda pasajera- parece ya «outdated».
No vamos a referirnos aquí al tironeado caso de Cintia Pamela, que por ser muy conocido ya no despierta interés. En todo caso estamos viendo como casi toda una generación de gente ya adulta sigue portando nombres que se relacionan -aun hoy- con la ternura infantil más que con el universo adulto del que forman parte.
¡Quién no ha calculado la edad de un fallecido o una fallecida por su nombre! Aunque el método más infalible es tratar de averiguarle el CUIT y descodificar las primeras cifras, también ocurre que cuando leemos en una esquela fúnebre que se ha muerto Epifania Asunción de los Dolores, pensamos inmediatamente en una señora que bordea el centenario. Un poco menos le echamos si el señor se llama Roberto Argentino.
Pero si la difunta se llama Paola Noemí, inmediatamente decimos: «¡Pobre, esta debe haber tenido no más de cuarenta!» Ni qué decir cuando vemos una esquela que nos anuncia el óbito de alguien llamado Nahuel Ayrton. ¿Habrá sido bautizado el pequeñito?
Dejando a los obituarios de lado, en las entrevistas de trabajo ya comienzan a escasear nombres como Arturo, Graciela, Carlos, Isabel, Ricardo, Virginia, Manuel, Silvia, o Santiago. Tampoco son muchos los que portan nombres de pila aristocráticos como Belisario, Desiderio, Guadalupe, Wenceslao, Candelaria, Rudecindo, Benjamín, Mercedes o Francisco.
En los currículums vitae son mayoría ya nombres como Antonella, Zulemita, Paola, Johnattan, Penélope, Brandon, Vanessa, Úrsula, Cristal, Valentina, Verena, Constanza, Fiorella, Tabatha, Roxana, Romina, Davor, Enzo, Francesco, Giovanni, Tatiana, Demián, Malva o Máximo.
Como casi todo en la vida, a los nombres hay que merecerlos. Es decir, no puede alguien nacer como Santino, a los treinta años tener cara de Francisco, a los 60 de Abelardo y a los 90 de Sinforoso. Debería hacer honor a su tierno nombre durante toda su vida.
¿Para qué acudir a nombres con fecha de caducidad o que delatan la edad de un individuo? Es mejor proceder como hizo un salteño que bautizó a su hija como Maví, en homenaje a una recordada canción de Alain Barrière titulada en francés «Ma vie» (Mi vida), que podremos ver y escuchar en el siguiente vídeo.