Finca Los Costos

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El Gobernador de Salta ha anunciado, como no podría ser de otro modo, que la celebración de su boda iba a ser austera. Pero ¿qué entendemos en este caso por austeridad?

Si el mandatario quería una fiesta low cost, para empezar debería haber desechado la posibilidad de montar el jolgorio en la residencia oficial de Finca Las Costas, ya que aunque él vive ahí (part time, por cierto), es un mero inquilino de ese inmueble, que no solo es de propiedad pública sino que también está destinado a una específica función de Estado, que no incluye, como es lógico suponer, la celebración de bodas.

Es razonable pensar, en consecuencia, que en el despliegue de seguridad, luces, música, catering, make-up, photocall y vaya a saber cuántas otras atracciones de feria, se ha gastado, o, mejor dicho, se está gastando, dinero que es de todos los salteños.

Por otro lado, quien se casa es el Gobernador de la Provincia, y por una razón de elemental decoro, su boda -aunque sea la segunda- no puede ser igual a la de un ciudadano de a pie. Al menos, en cuanto a trascendencia pública se refiere.

Es por este motivo que el despliegue está justificado, pero solo en la medida en que la profusión de medios y recursos responda a esa finalidad trascendente, que en un Estado republicano se traduce en recato y contención, o, lo que es lo mismo, en sobriedad y buen gusto.

Pero ¿es ético y responsable que el Gobernador se case bajo flashes y luces de neón cuando las escuelas públicas de la provincia que él gobierna tienen serios problemas de edificación y el Estado tiene que salir a pedir prestado dinero para pagar los sueldos de sus empleados?

Probablemente, la inmoralidad deba buscarse en la propaganda de la boda que, por una vez felizmente, no ha tenido como centro propagador al aparato oficial de comunicación del gobierno provincial.

Tanto ha ido el cántaro a la fuente, que el propio diario El Tribuno, cansado ya de darle al asunto una dimensión política, ha escogido como remedio editorial hablar de la boda en su web especializada en chimentos del mundo del espectáculo. Una buena decisión, que sin embargo recuerda a las infelices épocas en que el mismo diario realizaba ajustes de cuentas con sus enemigos, a los que dedicaba unos hermosos y muy bien ilustrados artículos en la sección policial.

La propaganda del enlace nada tiene que ver con el amor que dicen profesarse uno y otro contrayente, sino más bien con la continua monitorización de las encuestas nacionales. Que los fastos de la boda no han sido un eslabón más de la cadena de actos de campaña es algo muy difícil de creer.

Habrá que ver qué dice el barómetro de la imagen política cuando la actriz de telenovelas de origen jujeño se convierta en la Angélica Rivera del hemisferio sur. La apuesta de los especuladores es la de que la imagen del Gobernador se dispare, pero el resultado no es seguro, entre otros motivos, porque el escrutinio no se hace en base al tramposo voto electrónico salteño.

Mientras, a un grupo siempre reducido de ciudadanos le interesa saber a cuánto asciende la factura de la boda y quién ha sido el dadivoso que se ha echado la mano al bolsillo para pagarla. ¿Habrá sido la Tesorería General de la Provincia? ¿Será el pagador habilitado del Banco Macro? Nadie lo sabe con certeza; pero si una cosa es segura eso es que las familias Urtubey y Macedo, ambas pudientes, han visto aliviado el peso económico de la fiesta por la intervención de un tercer y muy generoso pagador.

Fuentes cercanas a la iglesia parroquial de La Merced, en cuya escuela de élite aprendió sus primeras letras el casamentero, han hecho trascender su indignación al haber hecho coincidir la boda con el augusto día de la Virgen. Pero quitando este detalle, sin dudas menor, hay que decir también que la felicidad que irradia la pareja ha iluminado con una luz especial los arcos del patio interno del Palacio Arzobispal, aunque por el momento no se sabe si la felicidad ha llegado a tal punto de descorchar una botella de generoso pajarete.