Intercambio desigual de ponchos en La Rioja

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Algún día tenía que suceder. El mayor regalador de ponchos del planeta tenía que probar un sorbo de su propia medicina y ser obsequiado con eso que aparentemente le sobra y no necesita: un poncho.

Sucedió en La Rioja, en donde al gobernador Sergio Casas se le ocurrió cumplimentar al visitante Gobernador salteño con un poncho riojano, a sabiendas incluso de que recibiría de manos de su colega otro prenda del mismo estilo. Poncho por poncho es igual a poncho al cuadrado.

Como buen descendiente del indómito Tigre de los Llanos, el Gobernador riojano se echó el poncho salteño al hombro, una de las formas más educadas y discretas de estrenar el regalo en presencia del obsequiante. Quien puede dictar cátedra sobre esta forma de utilizar la gauchesca prenda es el diputado del PRO, Martín de los Ríos.

La forma más brutal es meter la cabeza por el agujero y dejar el moño negro flotando sobre el hombro (y no sobre el esternón, como mandan los cánones), como hizo alguna vez el músico rosarino Fito Páez una vez que visitó Salta. Este gesto «perforador» de Páez solo es comparable con la ingenuidad de aquel inexperto masticador pampeano que, convidado por un salteño con un puñado de hojas de coca, respondió aquello de «no gracias, ya estoy lleno».

Pero Urtubey, que sí sabe de ponchos, no se colocó el riojano sobre el hombro. Al contrario, lo mantuvo colgando de su brazo derecho cual si fuera un repasador.

Después de este desprecio ponchístico, al gobernador Casas no le han quedado muchas ganas de imitar las políticas de su colega salteño, pero ya era tarde para eliminar su firma del convenio.

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