
Desde hace algún tiempo, la imagen turística de Salta -la misma que se supone que vende millones y cotiza siempre al alza en los veleidosos mercados del turismo mundial- se basa en dos reclamos de publicidad aparentemente contradictorios y decididamente falsos.
Uno, el Cerro de los Siete Colores, que no es falso en sí, porque en la realidad existe, pero que, como casi todos los salteños saben, se encuentra en territorio de la Provincia de Jujuy y no en Salta. La indignación de los jujeños es, por tanto, muy justificada.
Dos, el enjambre de «gauchitas»; esa especie de ballet folklórico sin danza que acompaña a cuanta exposición de los atractivos turísticos de Salta se organice en algún punto del mundo.
Como reclamo publicitario, el de las gauchitas es de una gran falsedad, por cuanto el turista que visita Salta no encontrará en la ciudad, ni aún esforzándose, a esas bellezas nórdicas que reparten folletería y bocaditos de dulce de cayote en las ferias internacionales, y menos aún ataviadas con ponchos rojos y pintadas como si fuesen una puerta.
Muchos se piensan que el Gobernador de Salta tiene, en la intimidad del poder, una especie de guardia pretoriana conformada por «gauchitas», pero en realidad el personal de seguridad que lo rodea en sus espacios de trabajo cotidianos viste de fajina y es de una fealdad lugareña a toda prueba.
Las gauchitas, para decirlo pronto, solo son una forma machista (o al menos sexista) de hacer propaganda de algo que en Salta casi no existe.
En las ferias y exposiciones de turismo generalmente no hay «gauchitos» apuestos, ni efebos de ojos azules y cabellera dorada; entre otras razones porque nadie se creería que en Salta los gauchos tienen un aspecto vikingo. El gobierno, pudiendo contratar a un escuadrón de modelos para disfrazarlos de gauchos, prefiere siempre a las mujeres. La razón de esta preferencia sexual es todavía desconocida. Tal vez tenga que ver con el salario inferior que por lo general cobran las mujeres.
Pero dejando a un lado las cuestiones de género que son ya de por sí un poco complejas, últimamente se le ha dado al gobierno por disfrazar a las gauchitas de una forma tan peculiar como se puede ver en la foto que ilustra estas líneas. Parece que el diseñador de los trajes de las gauchitas es el mismo que el que corta los hábitos de las monjas de clausura del convento de las carmelitas descalzas.
Si hace algún tiempo las gauchitas llevaban el poncho a manera de falda, rodeando una cintura de medidas perfectas, se lucían con sus camisas blancas semitransparentes que permitían imaginar una finísima lencería y tenían casi todas una altura cercana al metro ochenta, ahora la falda parece una sotana, un envoltorio tubular (como si algún pícaro se hubiera colado en una sacristía céntrica y apoderado allí de las vestimentas de adviento), están embutidas en un poncho al estilo Uluncha y son, como el personaje de historieta, de una estatura más bien discreta.
El poncho, por su parte, no permite intuir la forma de las gauchitas. Es decir, que el «consumidor» (el de paisajes y bellezas naturales, se entiende) no se sabe exactamente qué hay debajo de los refajos criollos.
Si hace un par de semanas atrás los confundidos porteños querían ir a Salta para ver si podían encontrar algunas bellezas de este estilo, bailando zambas entre los yuyarales o zapateando chacareras en las peñas, ahora prefieren buscar esposa en lugares turísticos cuyas azafatas aparezcan «algo más destapadas». Si bien algunos potenciales turistas las prefieren aguerridas, no todo el mundo busca en una mujer los rasgos patrióticos y caracterológicos de Macacha Güemes.
Para completar el cuadro, Urtubey luce junto a las gauchitas un abrigo pseudoaustriaco oversized y sus inexpresivos brazos solo alcanzan a decirnos que el Gobernador lleva unas invisible suitcases (valijas invisibles).
Seguramente esta pose tan insulsa tiene que ver con la presencia de esos dos poderosos crucifijos (símbolos del cristianismo) que adornan uno de los stands de la Provincia de Salta, en donde se exhiben artesanías en metal. Más que un stand del gobierno, las cruces, por su visible colocación y por su tamaño (ideal para espantar vampiros o realizar exorcismos), parecen indicar al visitante de la feria que están ante un kiosco promocional del Arzobispado de Salta.
Entre las gauchimonjas, los crucifijos y la pose beata de Urtubey, bien podría pensar el gobierno en organizar la próxima feria turística en el Vaticano, donde seguramente acapararía la atención de los curiosos por su exagerada religiosidad.