
Si alguien pensaba que la oficina del gerente del hospital de adultos de máxima complejidad en la Provincia de Salta estaría adornada por el retrato de Louis Pasteur, un cuadro con la cara del doctor Alexander Fleming, con una reproducción del Juramento Hipocrático, con la foto de Florence Nightingale o con esa ya familiar imagen de la falsa enfermera (Muriel Mercedes Wabney) que recatadamente pide silencio a los visitantes en los pasillos de la mayoría de hospitales y clínicas del país, se equivoca de medio a medio.
En el despacho del doctor Ramón Albeza -suponemos que por su propia decisión- lucen (un poco menos que su brillante calva) las banderas oficiales de tres estados: el federal argentino, el salteño y el boliviano (la wiphala aymara). La decoración se completa con un icono bizantino que representa a Cristo Pantocrátor y otro de la Virgen del Perpetuo Socorro, que, como se sabe, es venerada no solo por la iglesia romana sino también por las iglesias ortodoxas orientales.
Aunque muchos no reparen en el detalle, se trata de una oficina pública del Estado salteño o, para mejor decir, una oficina perteneciente a un hospital público. Razón por la cual no se entiende muy bien que junto a las banderas oficialmente reconocidas por las leyes que nos rigen (la salteña y la argentina), y ocupando un lugar equivalente, se haya colocado la bandera oficial de un país extranjero, un símbolo cuyo uso -para decirlo rápidamente- no goza de aprobación oficial en el territorio.
Y esa bandera si tuviera algún sentido, llamémosle práctico, (como la calculadora científica que tiene sobre la mesa el doctor), ese no sería otro que asegurarnos que no vamos cobrarle la asistencia médica a nuestros vecinos bolivianos. Tal vez por ahí vienen los tiros.
El alarde decorativo puede ser dispensado, si se tiene en cuenta el antecedente de la visita del gobernador Juan Manuel Urtubey al paraje fronterizo de Abra de Santa Cruz, a cuyo puesto sanitario el mandatario acudió llevando como obsequio un equipo odontológico portátil. Sucedió hace cuatro años (en abril de 2014) cuando Urtubey, en el interior de un centro público del Estado salteño, fue fotografiado junto a la bandera boliviana (la tradicional) que adornaba el lugar, sin que nadie haya dado una explicación de ello.
La falta de una decoración «científica» en favor de una profusión de detalles religiosos también tiene su dispensa, ya que la Corte de Justicia, en su famosa sentencia del pasado mes de diciembre, no ha prohibido ni las manifestaciones ni el culto religioso en los hospitales públicos, como sí lo ha hecho en las escuelas, aunque allí concurran a diario personas de las más variadas creencias.
También debe ser tenido en cuenta el gusto personal del ocupante de la oficina, pues tiene derecho -en cierto modo- a poner en las paredes lo que se le ocurra y crea él que refleja con la mayor fidelidad sus pensamientos, sus creencias y sus preferencias nacionales.
Es de esperar no obstante, que en los quirófanos, los anestesistas -que son, como sabemos, escasos- se rodeen de los instrumentos que la ciencia ha puesto a su disposición para que los pacientes que yacen en las camillas abiertos en canal no emprendan prematuro viaje hacia al más allá porque el responsable de mantenerlos vivos, en vez de llevar en su maletín el manual de funcionamiento del respirador artificial, lleva una lechuza.