En Salta, basta con ocupar un cargo político de tercera o cuarta línea para que el agraciado se considere a sí mismo en disposición de «capacitar» en diversas materias a gente que lleva décadas estudiando y que tiene doctorados y masters para dar y repartir. Si el capacitador es ministro (o ministra), no digamos nada, pues el estudioso tiene que agachar la cabeza y allanarse a los mayores conocimientos del funcionario de turno, que tiene el derecho divino.
El sistema podría funcionar, si el gobierno de Urtubey reclutara sus funcionarios en las más importantes universidades del mundo, pero como todo el mundo sabe, la mayoría de quienes secundan a Urtubey en su tarea de gobierno han salido de unos terciarios nocturnos de bastante mala fama.
Pero una vez que dan el salto, ¡cuidado! porque no hay materia que se le resista. Pueden dictar cátedra de lo que sea (abusos sexuales infantiles, abordajes psicopedagógicos, combate de adicciones, cuidado de árboles urbanos, separación de residuos, aprovechamiento del agua, salud reproductiva, perspectiva de género...) dejando arrinconada a gente que ha invertido toda una vida en estudiar estos temas en profundidad.
Ser subsecretario habilita para esto y para mucho más. Y si el cliente capacitado es un docente, la cosa ya se sale de madre, pues nuestros maestros son de plastilina; es decir, podemos darle la forma y el color que queramos. Con tal, ellos son gente menos preparada que «nosotros».