
Lo más doloroso es que la comunicación escrita, que debería ser más pausada y reflexiva, es un simple remedo de la comunicación verbal (espontánea e irreflexiva), en la que alguna gente, con la intención de aparentar ser más refinada o de usar mejor el lenguaje, prefiere decir «aguarde» en lugar de «espere», que es más simple y menos pretencioso.
Ha pasado y sigue pasando con el verbo «iniciar», que en una enorme mayoría de casos es utilizado como sustituto de los verbos más comunes «empezar» y «comenzar», a lo que se suma, como agravante, el uso del verbo «iniciar» como intransitivo no pronominal, en frases como «inicia el juicio contra el violador del yuyaral».
Ahora resulta que ya no se «entra» a determinados lugares, sino que se «ingresa». La puerta de acceso (o simplemente de entrada) ha dejado de llamarse así: ahora es, a todos los efectos, la puerta de «ingreso».
¡Hasta las ciudades tienen ahora «ingresos»!, cuando la mayoría de las ciudades del mundo denominan «accesos» a las infraestructuras (caminos y puentes) que permite el paso del exterior hacia el interior de las ciudades.
El verbo «ingresar» no es un verbo chocante per se, ni está mal utilizado como sinónimo de entrar. Lo que ocurre es que, en la comunicación pública de noticias y sucesos, deben preferirse siempre las palabras más usuales y, en su caso, las que más se ajusten a la realidad que se desea describir. Por ejemplo, se puede hablar de «ingreso» con bastante propiedad cuando alguien es admitido en una corporación o va empezar a gozar de un empleo u otra cosa, como por ejemplo de la condición de estudiante universitario.
Son estas mismas personas las que han elegido utilizar el sustantivo «distrito» en lugar de «provincia», como si en vez de una entidad territorial políticamente soberana estuviésemos hablando de una sucursal del correo. Y los mismos que han importado de otras latitudes la horrible palabra «conversatorio» (que hasta hace poco no se empleaba en la Argentina) para llamar a las «mesas redondas» a las reuniones concertadas de personas para tratar un tema cualquiera.
Llegar a Salta, por aire o por tierra (ya que por mar es un poco difícil) supone «arribar» y el acto de trasponer los portales del territorio es una «entrada», no un «ingreso». Cualquiera puede imaginar el ridículo que puede hacer un joven turista recién llegado que escribe un Whatsapp a su madre para decirle: «Mamá he conseguido ingresar a Salta», como si fuese Felipe Varela o el general Olañeta.
Entrar y salir de Salta deberían ser acciones normales y cotidianas. Llamar a la «entrada» con el nombre de «ingreso» supone añadir un obstáculo más al derecho a la libre circulación interior, consagrado en la Constitución Nacional. A Salta todos deberíamos ser capaces de entrar, así como salir de ella (y no «egresar»), las veces que queramos, sin que nadie nos imponga la solemnidad de un «ingreso».
Ahora bien, en Salta está más justificado que en cualquier otra parte del mundo que exista un impuesto que grave los «ingresos brutos». Mucha gente debería pagarlo.