
El fenómeno es bastante curioso y, aunque no es exclusivo de Salta, es muy llamativa la forma en que los políticos de nuestra provincia intentan no pasar por ignorantes y desinformados ante el gran público, para lo cual emplean una cantidad significativa de tiempo en leer y repasar cuanto contenido se publica en los medios de comunicación locales, como si fuesen estos -y no ellos, los políticos- los encargados de seleccionar y filtrar los temas que forman parte de la llamada «agenda política».
Es también curioso cómo en Salta, cuando alguna persona o algún grupo enfrenta una necesidad determinada, en vez de acudir a las instituciones previamente establecidas para solucionar los problemas o satisfacer necesidades, acuden a la redacción de El Tribuno, que desde hace varias décadas funciona como una especie de ventanilla popular de quejas, destinada a registrar desde la falta de una silla de ruedas hasta las responsabilidades civiles emergentes de una agresión callejera.
Si hasta los fiscales, que muchas veces deberían poner en marcha procedimientos penales notitia criminis, actúan normalmente impulsados por notitia tribunis.
Últimamente, los políticos y la prensa de Salta no solo comparten lenguaje, hábitos, manías y un común enfoque sobre la actualidad más superficial, sino que también se prestan recursos humanos.
Así, es notable ver a conocidos periodistas presentar sus candidaturas a cargos electivos e incluso ejercerlos. Desgraciadamente, muy pronto se descubre que los periodistas improvisados como políticos no lo hacen mejor que estos últimos y que a veces, para ciertas cosas, es mejor confiar en los que nunca han ejercido el periodismo.
Lo que sucede en Salta, en realidad, es una inversión de roles, propia de las sociedades en la que casi todo está mezclado y confundido.
Una de las tareas fundamentales de los políticos es la de seleccionar los temas de interés general, analizarlos en profundidad, elaborar el catálogo de los problemas colectivos y proponer un abanico de soluciones. Un político debería encargarse de las cuestiones más amplias y más generales, precisamente porque su misión consiste en diagnosticar y resolver aquellos problemas que los ciudadanos comunes, inmersos en el vértigo de la vida cotidiana, no somos capaces de ver.
El político debe estar dotado de un especial instinto, de un sexto sentido que le permita interpretar y comprender aquellos problemas que el común de los ciudadanos es incapaz, pero también debe estar en posesión de un talento particular para simplificar la realidad y hacerla comprensible por los demás.
Cuando el político, en vez de poner en acto esta responsabilidad que la sociedad le atribuye, resuelve simplemente hacer una lista con los problemas que los diarios enumeran y proponer las soluciones que pequeños glosadores elaboran a toda prisa, se produce una grave distorsión del sistema que termina con los políticos discutiendo si el concurso de la empanada se debe hacer en la Plaza Alvarado o en la Plaza Gurruchaga, o si en el polígono industrial de General Güemes se deben fabricar colchones o trapos de piso.
Afortunadamente, la política tiene contenidos un poco más elevados que estos.
Pero mientras sigamos confiando el hallazgo de los principales problemas de la sociedad a unos comunicadores que por muy buenas intenciones que tengan jamás serán capaces de desarrollar aquel instinto especial que convierte a los ciudadanos comunes en líderes políticos, el futuro de nuestra política será incierto. Por no hablar del futuro de la comunicación, que será probablemente desastroso.
Inmersos en este panorama de confusión y de préstamos interesados de herramientas, los políticos intentan por todos los medios a su alcance congraciarse con los periodistas y con los medios de prensa, a veces sin reparar mucho en los métodos que utilizan para seducirlos. Los periodistas, por su parte, se dejan cortejar y muchas veces evitan hacer sangre de los principales errores de los políticos, simplemente para seguir alimentando esta doble corriente de complicidad, pero cuidando siempre de dejar que los insultos, que antes se proferían a través de la prensa, se publiquen y propaguen ahora a través de las redes sociales, que muchas veces ellos mismos controlan.
Es un poco extraño que así suceda, porque si la esencia del buen periodista le empuja a desconfiar de los políticos, el político de raza debería siempre desconfiar de los periodistas.
Sin embargo, por lo que vemos, ambos colectivos, cuyas fronteras cada vez son más difusas, se dan la mano por debajo de la mesa, por donde corre toda suerte de prebendas, a veces en forma de dinero y, otras, en forma de carne humana.
En resumen, que en Salta se echa en falta unos políticos más serios, menos pendientes de la actualidad y más preocupados por los problemas estructurales de la sociedad, que muchas veces no son tan actuales pero son muy graves. Igualmente se echa en falta a unos comunicadores más comprometidos con la verdad y menos dedicados al «diseño» de aquella actualidad que parece marcar la cancha a unos políticos desorientados y poco inteligentes.
Lo mejor sería quizá separar las dos esferas y que cada uno se dedique a lo suyo, sin interferir en la órbita de actuación del otro. Es posible que separando el mundo de la política del mundo de la comunicación los salteños consigan mayores beneficios que quitando el monumental crucifijo de la Legislatura o anulando las clases de religión en las escuelas.