Urtubey o el autoritarismo de la mentira

  • Un libro de muy reciente publicación (‘La república de la reputación’, escrito por Pau Solanilla, un joven pensador barcelonés, presentado esta misma semana en Madrid) ha puesto el acento sobre los desafíos, oportunidades y contradicciones del mundo hiperconectado e hipertransparente en el que vivimos.
  • Los baluartes morales de la verdad han muerto en Salta

El autor está convencido de que algunas tareas básicas de la comunicación humana y de muy profunda huella en la historia de la humanidad, como pensar, crear, narrar, compartir y emocionar contando nuevas pequeñas grandes historias, requieren hoy de una especial capacidad para descifrar las claves de una sociedad inmersa en la transformación digital, la robotización y la inteligencia artificial.


La emergencia de lo que el autor llama «un nuevo territorio global de conversación» vuelve a poner en el centro del interés intelectual al fenómeno de la confianza, que ya fue objeto de una profunda reflexión por parte de autores como Francis Fukuyama (Trust, Barcelona, 1998).

Dice Solanilla que «vivimos un mundo rápido, polarizado y cabreado en el que crece la desconfianza», y por esta razón se hace cada vez más necesario, tanto en el mundo de los negocios, como el de las relaciones sociales o la política, invertir en lo que él denomina «capital reputacional», que no es otra cosa que generar confianza.

Pero en este mundo tan particular, para generar este elemento fundamental de la vida social que es la confianza no basta ya con pensar, generar ideas, y tras ello desplegar con acciones los valores para influir en los comportamientos. Al menos, no es suficiente comunicarse con los demás como lo hemos venido haciendo durante décadas. La confianza se construye hoy -dice el autor- con un propósito compartido, con nuevos liderazgos abiertos, con un nuevo lenguaje que se haga cargo del estado emocional de las personas, y, fundamentalmente, con coherencia entre lo que se dice y se hace.

En la presentación de ‘La república de la reputación’, el sociólogo castellonense Joan Navarro ha dicho que en el mundo en que vivimos existe “la necesidad imperiosa de que la razón política se comunique desde la emoción y la verdad”.

La lectura de algunos párrafos del libro y de diferentes opiniones sobre su contenido me han trasladado por un momento a Salta, en donde a raíz de la corrosiva política de comunicación puesta en marcha por el gobernador Juan Manuel Urtubey han desaparecido de la escena pública los que podríamos denominar “baluartes morales de la verdad”.

Quizá resulte un poco exagerado afirmar que Urtubey ha edificado su enorme poder sobre la mentira pura y dura, pero ya no lo es tanto decir que la absoluta falta de coherencia entre su discurso y sus acciones concretas, unida al carácter manipulador y deformante del aparato de comunicación pública (que él ha diseñado para su beneficio, pero que pagan todos los salteños de su bolsillo), demuestra que el poder acumulado durante décadas carece de cualquier apego a la verdad, y sus bases son, por tanto, moralmente reprochables.

Urtubey mantiene a un pequeño ejército de trolls que operan con descaro en las redes sociales, intentando que los pocos ciudadanos incautos que quedan y que aún confían en el poder de aquellas redes, encuentren en él un referente de la verdad y de los comportamientos morales rectos e intachables. Su cuenta personal en Twitter @UrtubeyJM es un ejemplo acabado de distorsión de la verdad y de manipulación de hechos y sentimientos con una clara intención política.

El Gobernador de Salta trabaja con criterios propagandísticos propios de la primera guerra fría: La intoxicación directa, los bulos y la ostentación de la fuerza forman parte de su arsenal dialéctico.

Pero el mundo de hoy está en los umbrales de una segunda guerra fría en la que la propaganda y la amenaza del uso de la fuerza han cedido el protagonismo en favor de control tecnológico, de los ingenieros, de los que diseñan los modelos matemáticos, de los que programan las máquinas. Si la Argentina tuvo poco que decir en la primera guerra fría y mucho menos tiene para decir en la segunda, ya puede imaginarse el lector la nulidad de la influencia que la Provincia de Salta o Urtubey en estos procesos globalizados.

Entonces, encerrado entre cerros mentales, el Gobernador de Salta sigue gastando una importante cantidad de dinero en multiplicar los perfiles falsos en las redes, cuando estudios serios, como los de Alto Data Analytics, demuestran que la verdadera influencia en las redes sociales no es ejercida por las personas radicalizadas que inyectan en Twitter -incluso a través de robots- contenidos destinados a polarizar el debate político, sino que lo que ahora mismo está moldeando el carácter de muchos de los que utilizan aquellas redes es aquello que los ingenieros y programadores deciden que debe verse y compartirse en estos espacios. Son ellos, y no los comunicadores de poca monta contratados por Urtubey los que de veras hackean las mentes de los fetichistas de las redes y los que influyen en las elecciones de los diferentes países.

Lejos del alcance de Urtubey y de su estrategia de mentiras programadas, se encuentran el llamado «dark social media» o el mismo WhatsApp, por donde circula información que es compartida a la velocidad de la luz sin que se conozca su origen o su conexión con alguna fuente digital más o menos contrastada.

La imposibilidad de penetrar en este inframundo de la comunicación humana más capilar ha llevado a Urtubey a utilizar estrategias y herramientas que, en su conjunto, se podrían caracterizar aquí como el autoritarismo de la mentira. Es decir, un despliegue de maldad insolente en el que ya no se trata tanto de convencer a los más escépticos -que confían mucho más en la comunicación de proximidad que en la más distante del gobierno- cuanto de poner en circulación medias verdades e interpretaciones sesgadas de la realidad, e imponerlas por la vía de la fuerza o de la insistencia.

El que una persona que -se dice- tiene acceso a las más modernas herramientas de AI, deba recurrir al autoritarismo de la mentira para afianzar su «capital reputacional» es un claro síntoma de debilidad, cuando no una señal de despiste u obsolescencia en un mundo que cambia por horas.

Urtubey se ha estrellado contra un muro al comprobar que todas sus estrategias de construcción de reputación no le han reportado más que un modesto 6% en las encuestas nacionales de intención de voto para Presidente. Este dato -que le desespera- nos está diciendo que tanto él como su equipo de campaña son claramente incapaces para difundir valores y verdades a través de canales que en una inmensa mayoría de casos no alcanzamos a observar y cuyos efectos solo advertimos cuando, ocasionalmente, saltan a las redes sociales.

Frente a este bloqueo irresoluble, Urtubey ha elegido el camino más cómodo de la verdad decorada, pero impuesta verticalmente y por vía de autoridad desde un centro de poder al que se pretende atribuir una infalibilidad igualmente imaginaria. Comunicadores a sueldo y trolls de Urtubey deberían saber que sus estrategias, ya antiguas y poco efectivas, están muy estudiadas y son fácilmente combatidas. Esa y no otra es la razón por la cual sus proyecciones en las encuestas han tocado techo.

Mientras tanto, los salteños no solo debemos tolerar que el dinero que se supone debería servir para pagar un servicio de información transparente, útil y honesto vaya a parar a la producción de vídeos caseros que con el mismo formato y el mismo lenguaje un día adornan las páginas del gobierno y al siguiente aparecen con la leyenda #AlternativaFederal en las webs de campaña, sino también que convivamos a diario con una importante cantidad de mentiras, que a muchos les impiden percibir con claridad los fenómenos que suceden en el cambiante espacio público.

Afortunadamente, hay muchos otros que se dan cuenta de lo que está pasando y que no tienen problema en denunciar que Urtubey gobierna una «republiqueta de la reputación» en la que impera el pernicioso autoritarismo de la mentira.