
Si Albert Einstein reviviera, no dudaría un minuto en admitir su error al pronosticar que la tercera guerra mundial se libraría con «palos y piedras».
El científico debería tragarse sus palabras ante lo que parece ser el hallazgo criminal más resonante de los últimos tiempos: las municiones geológicas que emplean las patotas de la villa de San Lorenzo para enfrentar a la Policía.
Muerto Einstein, la última palabra sobre las nuevas municiones a disposición de las patotas la tiene el Dr. Ricardo Alonso, enjundioso columnista de El Tribuno, dedicado en cuerpo y espíritu a la divulgación de la historia y de la geología.
La crónica periodística que habla de las barricadas y las municiones geológicas cuenta también de que una patota conformada por nada menos que treinta patoteros (también llamados «foribundos agresores» [sic]) atacó a una sola persona, provocándole las siguiente lesiones: un ojo en mal estado, la mandíbula fisurada y numerosas heridas, producto de las patadas recibidas.
Teniendo en cuenta la superioridad en número, los patoteros bien podrían haber hecho cola para atacar a su víctima, quien sin embargo puede hoy dar gracias a Dios de que entre los treinta no hayan acabado con su vida.
En realidad -según la crónica- a quien hay que agradecer es a la Policía, que salvó de las pestañas al agredido de ser convertido en albóndiga a patadas. La intervención de los uniformados consiguió que los patoteros se replegaran hasta las márgenes del río San Lorenzo (como Belgrano con Pío Tristán), lugar en donde los delincuentes montaron un nuevo «puesto» de ataque.
Se supone que las municiones geológicas eran piedras extraídas del lecho del río, que pueden llevar allí unos cientos de miles de años, con lo cual habría que averiguar si además de los delitos de lesiones leves y de desobediencia a la autoridad, los patoteros pudieron también haber cometido un crimen contra el patrimonio natural de la Provincia.
