
Llamar con el nombre de tsunami a una inundación provocada por el desbordamiento de ríos y arroyos a causa de la lluvia intensa no solo es incorrecto desde el punto de vista científico sino que es también bastante arriesgado desde el punto de vista periodístico.
A pesar de la incorrección formal y de los peligros que entrañan una mala comunicación y una peor pedagogía, a alguien se le ocurrió bautizar como tsunami a la inundación -por cierto habitual- de los caminos que mal conectan el Valle de Lerma salteño; una inundación, vale la pena recordar, que no ha producido felizmente ninguna víctima mortal.
Pero lo peor que le podía pasar al comunicador que pretendió exagerar los destrozos de la inundación salteña es que a las pocas horas de que unas cuantas gotas volvieran impracticables nuestros caminos, en el otro lado del mundo un tsunami de verdad provocara una auténtica catástrofe, con más de 170 muertos.
Decir que la lluvia caída en las últimas horas sobre el Valle de Lerma «fue suficiente para generar las consecuencias de un ‘tsunami’» es de una irresponsabilidad tsupina, cuando no una forma sutil de minimizar la catástrofe de Indonesia y de faltarle el respeto a quienes han tenido que soportar que una ola gigantesca se llevara casi todo por delante en el lugar en el que viven.
Dios quiera que jamás nuestros valles sean castigados por un tsunami ni por ningún fenómeno (natural o no) capaz de provocar consecuencias tan devastadoras.
Pero al mismo tiempo de rezar para que nada de aquello suceda, habría que pensar seriamente en rogar al Altísimo que obre un pequeño milagro en las redacciones locales, para que en el futuro se reserven los nombres de tsunamis, armagedones, genocidios, asociaciones ilícitas, diluvios y abusos sexuales gravemente ultrajantes a las realidades cuya extrema gravedad realmente los merezcan.
