
En los últimos días, la comunicación oficial del gobierno de Salta, de forma más que evidente, ha reforzado sus prácticas de autobombo y glorificación personal de los individuos que ejercen el poder.
De repente, un territorio que en los últimos años había tomado por asalto las portadas de los medios internacionales, por sus agudas carencias, por la repetición de hechos bárbaros, por el funcionamiento vergonzoso de ciertas instituciones y por la ausencia calculada de su gobierno de los lugares que debería frecuentar, se ha convertido en «la primera y única provincia que tiene a los microcréditos como política de Estado», la que «ha batido récords históricos en materia de centros de salud», «la provincia a seguir desde el primer momento».
Si bien hace muchos años que la propaganda había tomado en Salta el lugar de la información seria y objetiva en un aparato de comunicación que, por un sinfín de motivos, debe esmerarse en observar una pulcra neutralidad, este súbito descubrimiento de la «grandeur» del líder parece más vinculado a su angustiosa necesidad de popularidad, que con las demandas honradas de los ciudadanos de Salta, que aspiran a conocer, sin adornos ni firuletes, la realidad de una gestión gubernamental que se muestra solemnemente incapaz de superar sus limitaciones y tapar los agujeros que revelan su desastre.
Mirarse en el espejo de Macron (y más aún en el de De Gaulle) es una tarea bastante difícil para quien se presenta a la sociedad como un líder acabadamente perfecto, maduro e infalible, mientras que por debajo de sus palabras incomprensibles relumbran las miserias de una Salta extraviada en el tiempo, ahogada en su espacio, sin norte ni futuro.
La solución propuesta por los expertos es muy sencilla: que las obras hablen por el líder.
Es decir, levantamos un poco el pie del acelerador con las cualidades extraordinarias del que ejerce el mando, porque en el fondo nadie cree que sean tan extraordinarias (muchos creen que ni siquiera cabe hablar de «cualidades»), mientras los números de la contabilidad social en Salta sean tan malos. Lo que hay que hacer es maquillar estos números y, en la medida en que se pueda, pintar a Salta como un vergel de prosperidad, de justicia y derechos.
Salta no merece que se la trate de este modo, y que su realidad sea manipulada de una manera tan cruel y, sobre todo, de un modo tan alejado de la verdad.
Cualquier gobierno que, como el de Urtubey, habla de liderazgos que no existen, de políticas de Estado que no se negocian y se acuerdan con nadie más que consigo mismo, de récords históricos en materia de bienestar, debe forzosamente compararse con otros gobiernos. Fácil es hacerlo con los más débiles y los menos organizados, pues aunque los refranes no están muy de moda, en el país de los ciegos el tuerto sigue siendo el rey.
La razón por la cual la comunicación oficial del gobierno de Urtubey no ofrece ningún dato comparativo y tira cohetes sin citar una sola cifra fiable y contrastada es muy simple: compararse con sociedades de un nivel de desarrollo aproximadamente similar al nivel de la sociedad salteña, dejaría al gobierno en una muy mala situación. Por ese reflejo xenófobo que ha echado raíces entre nosotros, Salta no se puede comparar nunca con las sociedades más avanzadas del mundo. Comete un pecado mortal quien lo intenta. Pero es que el terror soberano a la comparación se ha extendido con extraordinaria rapidez a otros países y territorios que tienen casi los mismos problemas que nosotros (la misma población, el mismo PIB, los mismos indicadores sociales) pero que están siendo capaces de afrontar sus propios desafíos, en base a humildad y sacrificio.
En esta línea se podría decir que Salta no resistiría ni diez segundos la comparación en materia de comunicación pública con ningún cantón suizo, con ninguna región francesa, con ninguna comunidad autónoma española. Pero es que tampoco la resistiría si hablamos de gobiernos locales en Bolivia, Perú, Costa Rica, Ecuador o Colombia, por no citar a Chile o a Uruguay.
Los salteños no mantienen con su esfuerzo contributivo a un sistema de comunicación pública para que se dedique a la propaganda política o ideológica, para que ensalce decisiones políticas que solo han causado desasosiego y miseria, para que glorifique al líder y a sus escuderos, pintándolos como superhéroes de historieta. Si en once años, el gobierno no ha sido capaz de hacer la más mínima autocrítica, es que algo no demasiado bueno está pasando en sus entrañas.
Ni Urtubey es tan extraordinario como pretende transmitir el retrato oficial, ni sus políticas son tan efectivas o populares. Es hora que se nos diga que el gobierno está conformado por hombres y mujeres falibles como cualesquiera otros, dirigido por un líder que muchas veces es víctima de la adoración que sufre por sí mismo, y que sus políticas son el resultado de una combinación exacta de falta de sabiduría, exceso de vanidad y aislamiento del mundo.
Cuando nos informen de alguna de estas cosas, comenzaremos a creer, sin ver, como lo hacen los verdaderos creyentes.