Inspector municipal agredido, desfigurado, hospitalizado, humillado...

  • Un abuso de los tantos a los que nos tienen acostumbrados ciertos medios, que no vacilan en echar mano de los recursos del peor gusto para atraer clics y ganar dinero.
  • Excesos en el ejercicio de la libertad de informar

Casi todos los medios informativos digitales de Salta publican hoy la foto del rostro tumefacto y ensangrentado de un trabajador municipal que, según las crónicas, fue agredido por unos vendedores ambulantes rebeldes en el centro de la ciudad.


De la crónica periodística -bastante pobre en recursos informativos, dicho sea de paso- se desprende una sola conclusión: ninguna necesidad había de publicar esa fotografía humillante.

Es decir, que el mismo resultado periodístico se podría haber obtenido mediante una descripción de las lesiones, pues tratándose de un empleado público en ejercicio de sus funciones, bastaba solo con mencionar la fractura de los huesos de la cara para dejar bastante claro el carácter salvaje de la agresión sufrida.

Pero si vemos el estado de la persona agredida, nos preguntaremos inmediatamente si se encuentra en las condiciones mentales o intelectuales adecuadas y suficientes para consentir que su imagen sea publicada en los medios junto a su nombre, su apellido, el cargo que ocupa y la función que desempeña. La respuesta a este interrogante probablemente sea rotundamente negativa.

Se trata, evidentemente, de un abuso de los tantos a los que nos tienen acostumbrados ciertos medios, que no vacilan en echar mano de los recursos del peor gusto para atraer clics. En este caso tan particular, a esos medios no le ha importado ni la dignidad humana, ni los derechos de autonomía de un paciente hospitalizado, ni el respeto debido a los agentes de la autoridad. Nada. Todo por un clic.

Los lectores deben condenar este tipo de prácticas, que no solo degradan al que las realiza sino al que, dominado por la pasión del morbo, da clic en una fotografía que no necesita de desnudez para ser calificada de obscena, torpe y ofensiva al pudor.

A nadie -y es de suponer que al inspector agredido tampoco- le gustaría aparecer en las portadas digitales con su cara en tales condiciones. Es hora de pensar que estas conductas abusivas sean sancionadas, pero no con carácter general (puesto que podría lesionar el derecho a informar con libertad) sino puntualmente, ofreciendo al inspector cuya intimidad y propia imagen han sido invadidas de forma ilegítima las acciones civiles que correspondan para que los medios que han publicado su foto reparen la ofensa.

Lo auténticamente vergonzoso de esta historia es que estos abusos se produzcan y sean tolerados en el mismo lugar en que se celebran pomposas asambleas internacionales de la Sociedad Interamericana de Prensa, en donde los periodistas teorizan sobre posverdades y fake news, y algunas jovencitas presumen de asistir a los cursos de FOPEA, para luego terminar haciendo todo lo contrario a lo que sus normas éticas señalan.