
La entrevista que una periodista del diario El Tribuno de Salta ha realizado días atrás al abogado Daniel Sabsay parece haber dejado un tendal de lectores insatisfechos.
La mayoría de quienes se han quejado de la entrevista lo han hecho porque consideran que la periodista ha omitido preguntarle al ilustre personaje «ciertas cosas» que, a ellos, los no menos ilustres lectores, les hubiera gustado preguntar.
Dejando a un lado el hecho de que la entrevistadora hizo un estupendo trabajo, lo cierto es que pretender que alguien haga las preguntas que a uno le gustaría hacer es mostrar muy poco respeto por la libertad y la autonomía profesional de un periodista o de una periodista.
Vivimos inmersos en una cultura que no solo abusa de la opinión instantánea y pretende convertir las entrevistas en un paredón de fusilamiento, sino también en un sistema que instrumentaliza a los periodistas y les obliga, de alguna manera, a ejercer de «portavoces de la gente». Sólo un periodista sabe qué y cuándo tiene que preguntar y en qué condiciones las preguntas que se hace «la gente» son pertinentes.
No faltan, por supuesto, quienes crean que los periodistas tienen que funcionar como fiscales y preguntar de todo hasta obtener una respuesta. Pero aunque esto sea posible, no es deseable, puesto que la actitud que en casos como esto contribuye a prestigiar la profesión periodística es dejar que la entrevistadora o el entrevistador utilicen su propio criterio y sus conocimientos para hacer su trabajo.
Por otro lado, ni al señor Sabsay ni a nadie se lo puede poner en frente de todos los temas de interés. Mal haría el señor Sabsay y cualquiera en responder a cualquier cosa que se le pregunte. Y peor el periodista que se diera a la tarea de arrancarle respuestas hasta sobre el color del cielo que los cobija.
Si leemos la entrevista con cierta distancia y sin pasiones de corto alcance, veremos que el señor Sabsay ha respondido sobre una compleja variedad de asuntos, el cual más importante que el otro. La utilidad y la pertinencia de las preguntas no puede ser puesta en entredicho solo porque a alguien se le haya ocurrido que a Sabsay había que preguntarle qué opina sobre el descenso de Olimpo.
Las entrevistas no son actos procesales y no tienen por qué ser exhaustivas. Ante todo, son un diálogo que entablan dos personas humanas y, como tal, están expuestas a una infinita variedad de contingencias, muchas de las cuales a veces son difíciles de controlar, aun previstas.
Por supuesto que hay entrevistas más deficientes que otras, pero si comparamos la del señor Sabsay con algunas que se publican en nuestros medios digitales, se puede apreciar de lejos que, en líneas generales, la entrevista es correcta y pertinente. Obligar al entrevistado a hablar de temas escandalosos o que caen fuera de la órbita de su dominio técnico es una actitud muy poco profesional.
Si alguien quiere acribillar al señor Sabsay a preguntas, que utilice el atajo de las redes sociales y lo intente. A ver si el señor Sabsay se deja.