
No ha sido fácil, pero a fuerza de insistir, el Gobernador de Salta ha terminado por vencer las defensas críticas de quienes lo escuchan y están acostumbrados a exigir de los altos responsables políticos una mínima corrección a la hora de emplear palabras y conceptos.
Para Juan Manuel Urtubey no hay reglas ni conceptos uniformes o universales en la ciencia política. Es él un inventor nato, un continuo e impenitente creador de palabras, al que no le importa si los conceptos que inventa tienen por detrás alguna idea o nacen vacíos de contenido. Solo se regodea en la sonoridad de las palabras y las expresiones, en el impacto que la complejidad puede provocar en su auditorio.
Aunque la expresión no es nueva, el Gobernador de Salta ha aludido ayer en un discurso a lo que él llama la «trazabilidad» de las políticas públicas.
Hasta hace no mucho, la palabra «trazabilidad» (que proviene del inglés traceability y que deriva del verbo to trace, que significa 'rastrear') se empleaba para saber, por ejemplo, dónde había sido carneado un chancho, y, en general, para referirse -como dice el Diccionario- a la posibilidad de identificar el origen y las diferentes etapas de un proceso de producción y distribución de bienes de consumo. Lo mismo un chancho que unos zapallitos tronqueros o unas truchas pescadas en Chicoana.
Tal vez porque el gobernador Urtubey considera en su fuero íntimo a la política como un «bien de consumo», cuyo proceso de «producción» no difiere demasiado del de la cría, sacrificio y posterior despiece de un chancho, es por lo que se ha inventado esto tan atractivo al oído como lo de la «trazabilidad de las políticas públicas».
Hay, sin embargo, una contradicción importante en su discurso.
Según el Gobernador, “debemos lograr ser un país cuya Nación tenga un Estado con determinadas normas de organización y, fundamentalmente, con previsibilidad que nos permita esa trazabilidad, una gobernanza comprensible en el mundo”. Atención: «país», «nación» y «Estado», todo junto en la misma frase (en la misma línea). ¡Guau!, que al lado de Urtubey, Kennedy era un iletrado y Rousseau un vendedor de chauchas.
Ahora bien, si lo que don Urtubey pretende es «una gobernanza comprensible en el mundo» (objetivo por demás respetable), tendría que comenzar por hablarle al mundo en un lenguaje que ese mundo entienda.
Es decir, no confundir a la gente -sobre todo a su audiencia extranjera- con expresiones que solo él parece comprender.
Le bastaba mencionar la «previsibilidad». Mejor aún: hubiera quedado como un líder político de ideas brillantes si se limitaba a decir que lo que necesita la Argentina es ser un país previsible. Solo le faltó decir también que quiere un país (un Estado, una nación, un territorio) «sustentable». Con eso les habría hecho babear a esos ignorantes de la OCDE, cuyos líderes, desde hace tiempo, han decidido expulsar de su discurso palabras difíciles de explicar al pueblo llano como «sostenibilidad».
Pero «previsibilidad» y «trazabilidad» son cosas tan diferentes, como que una tiene que ver con el futuro y otra con el pasado. Aunque tal vez lo que haya querido decir Urtubey, para terminar de confundir a los países de la OCDE, es que él es partidario de una revolucionaria «previsibilidad hacia atrás».
Si hay algo «trazable» en la Argentina esto son las políticas del gobierno. Cualquiera sabe, casi sin esfuerzo, quién cría el chancho, dónde se lo mata, cómo se reparten sus trozos y cuándo se mastican sus chorizos. La trazabilidad de las políticas públicas en la Argentina no añade nada a la previsibilidad y seriedad del país, como la trazabilidad de la carne de cerdo no añade nada a su mejor digestión.
Las políticas del gobierno (o las «políticas públicas», si se prefiere) no experimentan ningún refuerzo apreciable de previsibilidad con ser trazables. Para ser útiles, no basta con saber de dónde salen y qué etapas atraviesa su formulación: deben tener una calidad intrínseca, ser transparentes y «accountables» al mismo tiempo.
Pero lo dejamos ahí, no vaya a ser cosa que le demos a nuestro creativo gobernador ideas para inventarse nuevas palabras complicadas.