
O tal vez el racismo nunca se fue. Desde aquellas desafortunadas crónicas policiales que relataban la detención de unas mujeres «por su apariencia de gitanas», no había vuelto a repetirse en Salta una alusión tan explícita a la raza de las personas para distinguir sus comportamientos.
En estos días hemos leído en un conocido e importante diario de Salta el siguiente titular: «Angélica, de la etnia ava guaraní, necesita ayuda para su comedor».
Sería oportuno recordar que el racismo no solamente consiste en la estigmatización o en el odio contra un determinado grupo humano, caracterizado por sus rasgos naturales comunes. También es racismo la mera utilización del sentido racial de un grupo étnico para poner de relieve aspectos como su esfuerzo, su sufrimiento, sus méritos o su valores.
En la noticia en cuestión, lo importante era -y sigue siendo- que una persona -una ciudadana de indudables méritos- necesita ayuda para seguir manteniendo su comedor popular. Es decir, que da igual que la persona necesitada pertenezca a una etnia o a otra, toda vez que su empeño solidario no está precisa ni exclusivamente dirigido a los de su misma raza sino a cualquier ser humano que lo necesite.
Probablemente el titular pretendía que el lector se compadeciera aún más de las necesidades del comedor y de su gestora, al saber que en vez de tratarse de «una como nosotros», esta persona es de «otra raza»; en este caso, de una raza sufrida y postergada.
La alusión a la pertenencia étnica de la esforzada mujer, de haber sido inevitable, se podría haber efectuado, de forma más o menos indirecta en el cuerpo del artículo, mas nunca ser incrustada en el titular de la noticia, pues su lectura provoca un rechazo inmediato. La mujer en cuestión no es acreedora a una mayor solidaridad por el hecho de ser ava guaraní, sino simplemente por la elevada utilidad social de su trabajo.
La triste costumbre de etiquetar a los salteños por su raza (blancos, mestizos, «criollos», aborígenes, etc.) es fomentada continuamente por el gobierno provincial, que cree que clasificando a las personas como si fuesen insectos podrá solucionar mejor los problemas que tienen los habitantes del territorio por el hecho de ser personas, y no tanto por el color de su piel.
Frente a una situación tan lamentable no cabe sino efectuar un llamamiento a la responsabilidad de los comunicadores, porque visto está que insinuarle al gobierno que se equivoca de muy mala forma al utilizar la raza como criterio selector y como vector del disfrute de derechos es prácticamente inútil.
Acabar con el racismo en la comunicación cotidiana empieza por erradicar la compasión en el tratamiento de nuestros semejantes. No por referirnos a los más vulnerables como «pobrecitos» vamos a mejorar un ápice su situación. Si aspiramos a la igualdad, hay una sola forma de empezar: usar las palabras con corrección para evitar ahondar en la brecha que separa a los afortunados de los desdichados en el seno de nuestra sociedad.