René Favaloro ocupa un lugar destacado entre las personalidades argentinas precisamente por su desapego a la vanidad personal. Quien en vida quiso solamente dedicarse a su profesión y a servir al prójimo, nunca tuvo veleidades de figuración y demostró, cuantas veces consideró necesario, su compromiso con los problemas colectivos del país, jamás reivindicó honores ni tratamientos mayestáticos.
Por esta razón, entre otras, es que llamarlo «rey de corazones» -como la canción de Ariel Camacho- no solo es excesivo sino hasta irrespetuoso.
La Argentina se caracteriza por una actitud ambivalente que consiste en ensalzar de forma grandilocuente y desproporcionada las virtudes de los fallecidos que contribuyeron a engrandecer al país y hacerle pasar por un verdadero calvario mientras vivieron.
René Favaloro se quitó la vida el 29 de julio de 2000, hace hoy casi diecisiete años. Las cartas que dejó revelan que su determinación estuvo vinculada a la falta de ayudas para que la fundación que lleva su nombre pudiera sortear las graves dificultades financieras por las que atravesaba.
Antes que andar colocándole a Favaloro coronas que nunca quiso, convendría aprovechar estas fechas para examinar nuestras conciencias y reflexionar sobre nuestro sentido de la solidaridad y nuestra forma -sin dudas ambigua- de venerar a quienes más hicieron por nosotros.