La terminología municipal llama «vertedero» al lugar en que se vierten basuras o escombros. Pero la autoridad reserva esta denominación -que por otra parte es utilizada en muchos otros lugares del mundo- para la acumulación oficial de las basuras de la ciudad. Cuando esta acumulación es realizada al margen de la ley, por personas no autorizadas a verter la basura o en lugares no preparados para ello, ya no se emplea la palabra «vertedero» sino la más extensa y menos precisa «microbasural».
Sucede que «basural» (sea macro o micro) es, según el diccionario, un americanismo que tiene el mismo significado que la palabra «basurero», que entre nosotros sirve más para designar a la persona que tiene por oficio la recogida de basuras que el sitio en donde las basuras son depositadas.
No hay ninguna razón entonces para no llamar «basural» o «basurero» al muy ilustre vertedero San Javier, así como no hay motivo alguno para que los microbasurales que florecen en nuestras esquinas se puedan llamar también «microvertederos».
El Diccionario no distingue.
Pero como vertedero suena bonito (aunque huela mal), es mejor reservar el uso de la palabra para el terreno municipal que acoge los desperdicios de los habitantes de la ciudad, y dejar la palabra basural (que es hasta ofensiva) para designar a los lugares de vertido «furtivo».
Es decir, que en Salta es solo el operario de Agrotécnica Fueguina el que «vierte los residuos». Los demás -dicho coloquialmente- «tiramos la basura a la mierda». Y esto parece en principio una injusticia.