Las huelgas ¿se acatan?

Según el Diccionario de la Lengua Española, la palabra «acatar» significa «aceptar con sumisión una autoridad o unas normas legales, una orden, etc.».

Si se observa con cuidado, se podrá ver que la definición académica matiza claramente la acción de «aceptar» y requiere, para que se pueda hablar de «acatamiento», que quien acepta una autoridad o una orden lo haga «con sumisión», lo que significa en este caso «con subordinación manifiesta».

Así, por ejemplo, se puede acatar la orden de un superior en una fuerza armada, la sentencia de un tribunal o la autoridad de la ley, pero difícilmente la exhortación a alentar al equipo formulada por el jefe de la barra brava. En este último ejemplo, así como sucede en las huelgas, falta el componente de «subordinación manifiesta» para que pueda hablarse de «acatamiento».

La convocatoria sindical a una huelga, sea que provenga de un sindicato reconocido o de un grupo de trabajadores no sindicalizados que actúe en defensa de sus intereses, dista mucho de ser una orden o un mandato emanado de autoridad. Ningún sujeto sindical, cualquiera sea su reconocimiento o estatus legal, tiene un poder tal que se pueda imponer al derecho fundamental que asiste, a título individual, a cualquier trabajador de plegarse o no a la huelga.

La tarea de convencer a los trabajadores para que se abstengan de acudir a sus lugares de trabajo cuando se convoca una huelga es, por tanto, ardua y de resultados siempre inciertos. Si la convocatoria a la huelga fuese compulsiva y existiera un deber de acatamiento en sentido estricto, la cosa sería muy fácil; tan fácil como chasquear los dedos. Pero no lo es, por suerte.

Podemos comparar el ejercicio del derecho de huelga con el del derecho de sufragio activo. En ambos casos existen grupos organizados que pugnan por que los individuos que integran un grupo mayor, generalmente muy numeros, manifiesten apoyo (sea mediante el voto, o sea mediante la abstención de trabajar) a un candidato, a una doctrina, a una declaración, o a una reivindicación profesional.

Quienes emplean el verbo «acatar» para dar noticias acerca del seguimiento que ha tenido una huelga son los que todavía creen que cuando Perón daba la orden de votar en blanco -cosa que alguna vez ocurrió a mediados de los sesenta del siglo pasado- toda la grey peronista «acataba» en masa la orden del jefe, como si fuese un mandato imperativo.

No estamos, felizmente, en los tiempos de la resistencia francesa ni de la radio pirenaica. Los trabajadores viven cada vez las huelgas con menos pasión reivindicativa, entre otros motivos porque, como herramienta, la huelga clásica ha tendido a perder su eficacia.

No obstante, esta evolución permite que hoy la mayoría de los trabajadores que decide plegarse a una huelga lo haga por convicción y no por un seguimiento ciego derivado de sus adscripciones partidarias o sus preferencias ideológicas.