La profesión periodística de Salta ha recibido un sonoro varapalo, en su buena fama y honor, al publicarse hoy la noticia de que un embaucador nativo de la vecina Provincia de Jujuy y presuntamente sin estudios captaba a sus incautas víctimas entre las filas de unas de las profesiones que presume de ser una de las más «listas» y «bien informadas» de todo el territorio provincial. Se podría intuir de esta noticia que el citado embaucador atrapaba a sus víctimas con un «scheme» tan sofisticado y difícil de detectar, como los enredos criminales de Agatha Christie; algo tan alambicado que ni Einstein habría podido darse cuenta del engaño.
Pero no. El jujeño en cuestión -un señor llamado Elías Roberto Ruge, que se presentaba ante los pichones como chófer de un camión- ofrecía a los afiladísimos y siempre desconfiados periodistas locales llevarles sus celulares de «baja gama» a Chile para canjearlos allí por celulares de «alta gama» y encima traerles un vuelto.
Dice la crónica de El Tribuno que el presunto camionero recibía los aparatos y además dinero en efectivo, antes de prometerles a sus víctimas que estaría de regreso en unos diez días.
Prosigue la crónica diciendo que, ante el incumplimiento, las víctimas trataban de contactarlo pero el señor Ruge «las eludía» y, en algunos casos, al enterarse de que lo habían denunciado, las amenazaba.
La Policía de Salta ha detenido al presunto camionero reducidor de celulares, a quien además se le allanó la vivienda que ocupaba en la calle Escuadrón de los Gauchos de villa San Antonio. Allí los policías encontraron teléfonos celulares y dinero en efectivo (ambas cosas se pueden encontrar en cualquier casa, incluso las decentes), sin que la información del diario diga cuántos teléfonos fueron hallados o la suma de dinero intervenida.
Lo mejor de todo este cuento es que si hay en Salta (todavía) periodistas y periodistos que son capaces de tragarse un cuento como este (dame tu teléfono que yo en diez días te traigo uno nuevo de Chile), no hay por qué sorprenderse por el hecho de que el gobierno de Urtubey siga -aun hoy- vendiéndole buzones a unos señores (y unas señoras) que estudiaron para controlar al poder y terminaron trabajando para aplaudir sus excesos.