
Forjado en los años 2000, puesto al día en las secuelas del Brexit y después de la elección de Donald Trump, el concepto ha terminado por imponerse: actualmente estaríamos viviendo en la era de la «post-verdad», en la que la verdad ha perdido su valor de referencia en el debate público, en beneficio de las creencias y de las emociones suscitadas o animadas por las falsas noticias convertidas en virales gracias a las redes sociales.
Sin dudas, la difusión de noticias falsas es una realidad, pero la forma en la cual ciertos periodistas de grandes medios, y en particular los cuadros de redacción, plantean el problema, nos impide aprender sobre la idea tambaleante de la «post-verdad» tanto como lo hacemos respecto de las creencias de estos mismos periodistas y de los puntos ciegos de la concepción del papel que ellos juegan en los acontecimientos políticos en general y en la situación actual en particular.
Conceptos difusos, usos orientados
La expresión «post-verdad» («post-truth politics» en versión original), aparecida en los años 2000 (1), vive actualmente una segunda vida, tan rica, que ha sido designada «La Palabra del Año 2016» por el diccionario de Oxford. Ha sido Katharine Viner, redactora en jefe de información y medios del tabloide británico The Guardian quien en un editorial fechado el 12 de julio de 2016 la ha puesto al día.Tras el Brexit, esta periodista especializada en cuestiones mediáticas ha proporcionado también un nuevo marco a la expresión: los electores, engañados por las noticias falsas (fake news), han votado por el Brexit aun cuando los medios favorables al mantenimiento de la Gran Bretaña en la Unión Europea les expusieron, en largas columnas y emisiones, los hechos que deberían haberlos convencido de votar «remain».
Tener la verdad de nuestro lado -se nos dice- ya no es suficiente para persuadir a los electores, más inclinados a seguir a aquellos que apelan a sus emociones y a sus creencias personales (2).
La utilización de la expresión es la misma que encontramos más tarde en la gran mayoría de medios dominante, con una frecuencia acrecida después de las elecciones «sorpresa» de Donald Trump en los Estados Unidos, de François Fillon y después de Benoît Hamon en las primarias de sus respectivos partidos en Francia. Cada derrota electoral de la opción preferida por los medios dominantes (Hillary Clinton, Alain Juppé (3), Manuel Valls (4)) parece confirmar el diagnóstico.
En un informe dedicado al tema, un artículo de Libération resume el supuesto vínculo (aunque su autora no parece suscribirlo completamente) entre las informaciones falsas, la credulidad del público y los resultados electorales: «Los medios a los que llamamos tradicionales verifican, contradicen, restablecen los hechos. ¿Con qué efecto? Después del Brexit, Trump resulta electo. ¿Un falso tuit hace verdadera una elección? Mal informados, en efecto, desinformados, los electores votarían por Donald Trump o Marine Le Pen».
La autora de este artículo es una de las pocas que ha tomado la precaución de utilizar el condicional para exponer esta teoría. O al menos implícitamente reconoce que un cierto número de contribuciones mediáticas sobre el tema de la «post-verdad» (5) adolece de un punto ciego importante: la realidad de un cambio en la credulidad del público carece cuanto menos de fundamentos. En efecto, uno no puede sino mostrar curiosidad por conocer qué es lo que ha podido modificar hasta tal punto la relación que el público mantiene con la verdad. Para limitarnos a la cuestión de las elecciones, podríamos preguntarnos sobre aquellas que fueron ganadas por candidatos que hicieron campaña en torno a hechos (necesariamente ciertos) y aquellas otras que fueron ganadas por aquellos que apelaron a la emoción y a las creencias (necesariamente irracionales). Pero estas cuestiones no se han planteado nunca seriamente. A lo sumo podemos aprender que la emergencia de nuevos medios de difusión de la información ha aumentado el número de personas expuestas a las noticias falsas. Lo que conduce lógicamente a la idea de que las redes sociales deberían ser controladas, o al menos reguladas (6).
Noticias falsas, fabricaciones o mal periodismo
Los espíritus retorcidos y aquellos que poseen un poco de memoria y algunos archivos señalan igualmente que la difusión de noticias falsas no ha nacido con la creación de las redes sociales: si los medios llamados tradicionales verifican, contradicen y restablecen los hechos, no hay ninguna duda de que también difunden mentiras y, más frecuentemente aún, informaciones sesgadas o truncadas. Es esto lo que recuerda el artículo de Le Monde Diplomatique en el que Pierre Rimbert enumera las principales fabricaciones mediáticas sobre cuestiones internacionales en los últimos treinta años, desde los falsos enterramientos de Timisoara a las pruebas imaginarias de la presencia de armas de destrucción masiva en Irak. Nos recuerda también al asunto de la niña rescatada por los CRS (cuerpo especial de la Policía Nacional francesa) de un coche en llamas en Bobigny: una información difundida por la prefectura y reproducida sin verificación (y sin condicional), entre otros, por Le Parisien, Le Journal du Dimanche o incluso Valeurs Actuelles, aun cuando rápidamente se pudo establecer que fue un joven manifestante quien sacó a la pequeña del coche y que el vehículo no se encontraba en llamas en ese momento.Para retomar el caso The Guardian, observamos que el editorial de Katharine Viner ha suscitado bastante más reproducciones y comentarios que el artículo del periodista Glenn Greenwald en el que denuncia la falsificación de una entrevista efectuada a Julian Assange por el periódico británico. El mismo Greenwald, que fue periodista del Guardian cuando se produjeron las primeras publicaciones del «affaire» Edward Snowden y que hoy es director del sitio de información The Intercept, expone también otras dos fabricaciones recientes aparecidas en el periódico norteamericano The Washington Post, gran detractor de la «post-verdad» y de las «fake news», que además disputa el lugar de «periódico de referencia» al otro lado del Atlántico con el New York Times (7). Greenwald pone de relieve igualmente que los artículos en los que aparecen estas fabricaciones son muy rentables para el periódico que los publica, porque generan mucho tráfico en su sitio web. Sorpresa: la carrera por la audiencia y las publicaciones espectaculares podrían entonces estar en el origen de la difusión de noticias falsas, incluso dentro de los medios tradicionales. En cuanto a las correcciones posteriores en las que se reconoce la falsedad de informaciones centrales contenidas en artículos originales, las mismas no son efectuadas por los periodistas del «Post» en su cuenta de Twitter. Tampoco se suprimen los tuits que difunden los artículos originales.
También en Francia sucede que periodistas profesionales difunden informaciones falsas; por ejemplo sobre las circunstancias de la muerte de Adama Traoré o las pretendidas mentiras de una residente en medicina criticando a la ministra de Salud. O cuando la agencia AFP reproduce las falsas informaciones del Washington Post en un despacho que dará lugar a varios artículos, incluso en Le Monde, en piezas que serán posteriormente corregidas de forma discreta (8).
Pero, como apunta Greenwald, aquellos que distinguen la categoría de «fake news» de la de «malos artículos» lo hacen a propósito. En el léxico de la sección «Les Décodeurs» de Le Monde, ya citada más arriba, una «fake new» es también «una falsedad que adopta la forma de un artículo de prensa». Esta distinción, fundada en la intencionalidad, a menudo difícil de determinar, de la persona que produce la información, sirve principalmente para inmunizar de antemano al periodismo profesional, que bien podría ser la causa de los malos artículos, pero nunca o muy raramente de «fake news».
De todos modos, incumbe a los defensores del concepto de «post-verdad» el deber de responder a las siguientes cuestiones: ¿por qué las fabricaciones de los medios tradicionales no han sido denunciadas en el pasado y por qué ellas no constituyen hoy en día el mismo tipo de amenaza que las «fake news», por las que estamos tan inquietos? Y cómo explicar que el público, otrora racional y razonable, se ha tornado hermético a los hechos, verificaciones y explicaciones elaboradas y proporcionadas por los medios tradicionales. La explicación que toma en cuenta únicamente el papel que desempeña la difusión en las redes sociales parece un poco insuficiente, con más razón aún si dirigimos nuestra atención a las audiencias masivas de ciertas emisiones de información (cerca de 8 millones de telespectadores combinados cada noche en los telediarios de las 20 horas de TF1 y France 2), o si notamos el peso creciente de las producciones de medios mainstream en el contenido compartido en Facebook o en Twitter. Nótese aquí que según la ACPM los cinco sitios web de información más consultados en Francia, en mayo de 2016, eran LeMonde.fr, 20minutes.fr, LeParisien.fr y Bfmtv.com (9). Un dominio abrumador de los medios tradicionales.
Detrás de la 'post-verdad': una concepción particular del rol del periodista
Un examen más detallado revela que la era de la «post-verdad» no se caracteriza esencialmente por una actitud radicalmente diferente del público en relación con la verdad (lo que aún se debe demostrar), tanto como por la percepción de los periodistas de que la opinión ha dejado de seguirlos. Podríamos incluso elaborar una muy buena definición de la era de la «post-verdad» como un periodo en el curso del cual los electores votan contra las opiniones electorales sostenidas por la mayoría de los grandes medios. No es por casualidad que una gran parte de los artículos (10) que tratan sobre «fake news» o de «post-verdad» tienen un vínculo directo con los acontecimientos electorales recientes, pruebas dolorosas, repetidamente producidas en 2016, de que los medios no hacen la elección y de que, si la hicieran, en todo caso no la harían solos (11).Lo que parece asomar detrás de la idea de la desaparición de la verdad como valor de referencia en el combate político es una cierta angustia ante la imposibilidad, para ciertos periodistas, de cumplir con el rol que parece haberles sido asignado: el de permitir a los electores votar correctamente. Es entonces natural que Céline Pigale, directora de la redacción de BFMTV resuma así estas cuestiones (12): «Hay que restablecer, hay que conseguir que la gente nos crea». Lo que se podría traducir del siguiente modo: «Cuando los ciudadanos-electores no nos escuchan, votan de cualquier manera; entonces es imperativo que nos escuchen y que vuelvan a creer en nosotros otra vez».
Esta concepción del rol del periodismo como responsable de la certificación de los hechos pertinentes, pero también de su interpretación aceptable, es lo que ha hecho a los editorialistas sostener su sempiterno discurso sobre el «realismo», el «pragmatismo», el inquietante «ascenso del populismo», etc. Es esta concepción la que constituye el objetivo del artículo de Frédéric Lordon que hemos reseñado: si los medios profesionales tienen responsabilidad en las evoluciones políticas de las décadas recientes, esta se materializa en el hecho de haber marginado con mucha constancia y dedicación, en nombre de un rol prescriptivo raramente reivindicado pero de todos modos asumido, a un cierto número de opciones políticas que se salen del «círculo de la razón», y la de haber hecho impracticable una enorme parte del espacio mediático para los defensores de estas opciones (13).
Una crisis de confianza, pero ¿de confianza en quién?
Las opciones admitidas parecen interesar a un público cada vez menos numeroso, pero por razones que no están fundamentalmente vinculadas a su tratamiento mediático o a la de sus competidores excluidos. Y entonces, nos golpea ver la victoria de Donald Trump interpretada principalmente como un fracaso de los medios que habían tomado partido por su adversario, y que no fueron capaces de predecir el resultado de la elección a raíz de una desconexión con una gran parte de los electores norteamericanos: este análisis, modelo de autocentrismo ciego, descuida un poco casi todos los factores políticos, económicos y sociales que han podido determinar a los electores a votar por el candidato republicano, así como ignora los aspectos de su programa y su posicionamiento político que han podido encontrar eco en los electores, incluyendo los que han podido desagradar del programa de su adversario, como el balance de la presidencia Obama que ella defendía. Un cúmulo de elementos regularmente descartados y ausentes de las discusiones «post-verdad» (14). Pero es también cierto que la inclusión de estos elementos podría conducir a la aparición de interrogantes incluso más indeseables: «¿Y si esta gente que no nos escucha más tuviera de verdad algunas buenas razones para ello?».El análisis autocentrado continúa con este esbozo de solución: al retomar el contacto con la «verdadera gente», con la Francia o la América «profunda», los medios restaurarán la credibilidad y la confianza que les adeuda el público. Desafortunadamente, parece que un proyecto como el de Le Monde, que anuncia una «task-force» de seis a ocho periodistas lanzados al encuentro de «la Francia de la ira y del rechazo», tiene pocas posibilidades de alcanzar este objetivo. La razón es al mismo tiempo tan simple y tan difícil de entender por los periodistas, generalmente generosos, que pretenden «restablecer la confianza» a fuerza de hechos y de investigaciones: en tanto la práctica totalidad de los grandes medios permanezca en la esfera de influencia de los poderes políticos y económicos, los periodistas son a menudo víctimas, que, mereciéndolo o no, se hacen acreedores al descrédito y la contestación que golpea a las oligarquías económicas y al microcosmos político. Dicho con otras palabras: la desconfianza y la crítica hacia los periodistas y las informaciones se alimentan de razones diversas y plurales que son igualmente, o incluso esencialmente, extra mediáticas.
No hay dudas acerca de que nuestra asociación se interesa sobre todo en la forma en que la discusión -temas posibles a abordar y opiniones posibles a defender- se halla fuertemente encuadrada dentro de una gran parte de la producción mediática mainstream: pragmatismo y realismo versus populismo y utopía. Pero intentamos no dejarnos llevar por nuestro entusiasmo: no es la creciente eficacia de esta crítica la que explica prioritariamente la pérdida de crédito de los medios llamados tradicionales. Parece más bien que después de varias décadas catastróficas en los terrenos políticos, sociales, económicos y medioambientales, los principales poderes suscitan cada vez más desconfianza, lo que repercute casi mecánicamente sobre los satélites mediáticos de estos poderes.
Restaurar la confianza: la energía dispersa de la desesperanza
Basta decir que la capacidad de restaurar su credibilidad no depende solamente de los medios. Sin duda, rastrear las informaciones falsas, como lo hacen por ejemplo los «Décodeurs» de Le Monde, es útil, cuando no indispensable. No se trata entonces de mejorar el trabajo ordinario de los periodistas de información: verificar, recortar y, cuando es necesario, corregir. Pero sería una ilusión atribuir virtudes cuasimilagrosas a estas tentativas de reconquista.Ello no quiere decir que nada dependa del mundo mediático. Pero la capacidad de hacer renacer la confianza, y en consecuencia, hacer regresar al público, en particular para la prensa escrita que sigue perdiendo lectores a un ritmo sostenido, reposa especialmente sobre el desarrollo de medios independientes de los poderes económico y político (16), y, más generalmente, de una transformación democrática del conjunto del espacio mediático: una transformación cuya necesidad es eludida por los periodistas y por los cacicazgos editoriales que animan e impulsan el debate mediático sobre la «post-verdad».
Sin embargo, además de la idea de la «reconexión» al terreno, simbolizada por la experiencia militar-periodística de la «task force» de Le Monde, vemos que se multiplica la creencia de que se está exponiendo a las «fake news» y que los «fact checkers» están consiguiendo invertir la tendencia. Una vez más, y quizá de manera aún más visible, estas intenciones loables ponen de relieve el rol que los jefes de redacción asignan al periodismo: informar, sí, pero para encuadrar.
Tal es el rol asignado al dispositivo anunciado por Facebook en Francia, sobre la base del que ya existe en Alemania y los EEUU, y comentado en un artículo de Les Échos: cualquier usuario de la red social que haya encontrado un artículo que contiene una información sospechosa la puede señalar y los periodistas someter el artículo a una verificación; y después, si fuese necesario, colocarle una etiqueta de «intox», pensada para disminuir la visibilidad del artículo en la red social, así como un artículo correctivo. Los periodistas dedicados a este «fact checking» no serán remunerados por Facebook sino por sus redacciones (17). En los Estados Unidos, los periódicos a los que Facebook ha recurrido son aquellos que han suscrito la Carta Poynter, así llamada por el instituto de periodismo que ha dado vida a la International Fact-Checking Network. Entre los signatarios de la carta se encuentra The Washington Post, un periódico que, como hemos visto antes, tiene a veces una relación bastante laxa con la verdad.
Más generalmente, se trata de buscar un público que desconfíe de los medios dominantes en donde pensamos se encuentra -es decir, en la redes sociales- para que sean estos mismos medios dominantes los que puedan indicar la confianza que el lector puede tener en los artículos que consulta. ¿Es mucho pensar que estas recomendaciones serán ellas mismas consideradas como sospechosas por un número importante de usuarios de Facebook? Esta es en todo caso la opinión de un especialista digital citado por Les Échos: Para que esto funcione realmente, haría falta que los GAFA (Google, Amazon, Facebook, Apple) bloqueen totalmente determinados sitios, lo que plantea un cúmulo de cuestiones y va en dirección contraria a su negocio. Este «cúmulo de cuestiones» se puede resumir en una sola: la de la censura. Aquí entonces la cosa dicha claramente: para que el público devuelva la confianza a las buenas informaciones validadas por los medios tradicionales, la única medida eficaz sería censurar a esos otros medios que el público está cada vez más inclinado a consultar.
En Francia no se habla (todavía) de censurar sino más bien de certificar los buenos sitios y de advertir la peligrosidad de los otros. Este es en todo caso el principio de Decodex, el motor de búsqueda y la extensión para navegadores de Internet creados por los periodistas de la sección «fact checking» de Le Monde, «Les Décodeurs».
Que un medio igual que los otros se arrogue el papel de juez supremo de todos los demás e intente imponer una metodología largamente arbitraria, ameritaría una crítica más detallada de la que nos proponemos aquí. Nos ceñiremos a lo esencial (18).
El principio se basa en la clasificación de unos 600 sitios referenciados en cuatro categorías:
- una estrella (azul): sitio paródico o satírico
- dos estrellas (rojo): sitio que difunde regularmente informaciones falsas o artículos engañosos
- tres estrellas (naranja): sitio regularmente impreciso, que no menciona sus fuentes y reproduce informaciones sin verificación
- cuatro estrellas (verde): sitio en principio más fiable
Contactado por el sitio Arrêt sur images (19), el responsable de esta sección, Samuel Laurent, precisa: No tenemos la vocación de convertirnos en una oficina de certificación. Por tanto, la clasificación por nota y el código de color que representa el juicio sobre el sitio dan un resultado de error similar. Para los internautas que disponen de una extensión de su programa antivirus que les permite certificar la seguridad de la página que visita, resulta complicado constatar, al visitar por ejemplo el sitio lemonde.fr, dos iconos verdes colocados uno al lado del otro cerca de la dirección de la página: vuestro ordenador está en perfecta seguridad, vuestro cerebro también.
En el mismo artículo de Arrêt sur images, Samuel Laurent explica el proceso. «Nuestra herramienta tiene por objetivo, antes que nada, el de proporcionar a los lectores claves de comprensión, de ayudarles a formularse preguntas, a emprender la retirada, a reformular su búsqueda». Además de la infantilización subyacente de un público lector que se encontraría perdido hasta el punto de necesitar de Decodex para saber, a partir de un juicio global sobre cada medio, qué artículos han sido escrito en broma, en qué informaciones se puede creer, y aquellas que necesitan una investigación de antemano, notamos una vez más la vertiginosa paradoja de una prensa que, percibiendo que su legitimidad decrece de cara al público, juzga que es de su competencia advertir al mismo público sobre la credibilidad que puede acordar al resto (o a una parte del resto) de los medios on line. Los medios que suscitan desconfianza serían así los mismos que podrían emitir los certificados de confianza.
A excepción de Valeurs actuelles, cuya nota inicialmente verde ha sido degradada a naranja, la práctica totalidad de los sitios de la prensa tradicional han sido calificados «en principio más fiable». Samuel Laurent explica que un sitio «más fiable» publica de entrada «presentaciones fácticas», más que «puntos de vista, opinión y foros». Así justifica la clasificación del sitio del diario Fakir en naranja (20). Preguntado por las causas de la pérdida de credibilidad y de influencia de la prensa tradicional, el mismo Samuel Laurent estima en Téléphone sonne del 2 de febrero que «el signo de la época es el radicalismo y que los medios encarnan algo más moderado». Totalmente ciegos a los costes que pagan los medios tradicionales por la frenética despolitización de la información, así como ignorantes del contenido político que transporta una información despolitizada, los «Décodeurs» no se preocupan por iluminar al lector en el camino (¿circular?) de la razón fáctica y moderada.
Para ilustrar lo que entendemos por «contenido político que transporta una información despolitizada» podemos poner como ejemplo un artículo más bien anodino de los «Décodeurs» en el que los «fact-checkers» se proponen verificar una declaración de Manuel Valls según la cual Benoît Hamon, como diputado, no habría votado todos los textos sobre seguridad presentados al parlamento. Para ello, su interés se dirige hacia los «diferentes votos [de Benoît Hamon] sobre los textos vinculados, de cerca o de lejos, a la seguridad». Procediendo de este modo, ellos han concluido en que Manuel Valls ha dicho «algo cierto». Pero al hacerlo, ellos ratifican de pasada el punto de vista notablemente político del antiguo primer ministro según el cual todos esos textos tendrían en efecto por finalidad la «seguridad» de los franceses. Sin dudas, es muy probable que textos como aquellos que instauran la prolongación del estado de urgencia o la privación de la nacionalidad tengan que ver más con una degradación de las libertades de las personas que viven en Francia que con su seguridad; pero no para un medio profesional, que debe permanecer fáctico y moderado, a menos que desee asumir el riesgo de reproducir por su cuenta un punto de vista político decidido, bien que de forma implícita, sin discutirlo.
¿Por qué nuestro público es cada vez menos numeroso, y por qué parece que generamos cada vez menos confianza? ¿Por qué los electores ya no siguen más nuestras recomendaciones de voto? ¿Por qué las verdades que publicamos masivamente no sirven para enfrentar las mentiras de los otros? Estas cuestiones, formuladas para desenfocar el problema, son aquellas que mastican los partidarios del concepto de la «post-verdad». Obnubilados por la actitud incomprensible de los electores que se niegan a creer la verdad desnuda que ellos representan, no parecen percibir el vínculo entre la disminución de la difusión y de la credibilidad de los grandes medios y las conexiones profundas de estos medios con una oligarquía económica y política desacreditada. Confortablemente instalados en un lugar dominante del campo mediático, descuidan sus propios vicios, errores y mentiras. Ávidos de un poder de influencia que ellos calculan que están por perder, consideran que para recuperar al menos una parte de su credibilidad, habría que buscar imponerse a aquellos que la cuestionan, mediante la delimitación del espacio y la autoridad de los medios creíbles. La situación no está exenta de paradojas, que probablemente nos harían sonreír si estos sujetos no se hubieran puesto tan serios.
Artículo publicado originalmente por Acrimed en la siguiente dirección URL: http://www.acrimed.org/Post-verite-et-fake-news-fausses-clartes-et
Traducción libre del francés de Iruyacom