El fracaso de los intentos de uniformizar la información en Salta

Una desesperación cercana a la histeria se ha apoderado de ciertos sectores influyentes de Salta, acostumbrados seguramente a que el ejercicio de su ancestral influencia -sabiamente dosificada- sea suficiente para fijar hechos, orientar opiniones y manipular la verdad.

Pero la receta, que ha funcionado con una asombrosa eficacia durante los últimos sesenta años, si no más, ya no surte el efecto esperado. Por el motivo que sea: la pérdida de homogeneidad de clase influyente, la explosión de los nuevos canales de comunicación, los recelos y las desconfianzas crecientes que generan la posesión del poder. Cualquiera de estas podría ser la causa de lo que estamos viviendo.

En una Provincia en la que su Gobernador reconoce haber dado vida a una institución tan necesaria como el Consejo Económico y Social «para tener el control de la sociedad», no sería descabellado pensar que el gobierno dispone también de mecanismos de control político de la información y de la opinión libre.

Si los tiene, hay que reconocer que funcionan solo a medias, porque ha quedado demostrado en los últimos diez días que allí donde el gobierno se esfuerza por oscurecer, comienzan a encenderse luces que ni siquiera sabíamos que existían. Las luces se prenden y se apagan, aparecen y desaparecen, pero las que se caen son rápidamente reemplazadas por otras. La desesperación de los uniformadores influyentes es, por tanto, total y totalmente comprensible.

Quizá lo que nos esté diciendo este fenómeno es que los salteños que hemos conocido y padecido durante décadas las maniobras de distorsión intencionada de la realidad, que disfrazan la verdad y terminan haciéndola inalcanzable para los ciudadanos, debemos aprender a convivir con un sistema abierto y autorregulado en el que las informaciones y las opiniones (variadas, plurales y contradictorias) tienen valor, no porque lo diga un reducido oligopolio de «influyentes», sino por la seriedad y fundamentación intrínseca de las informaciones.

Mientras los gobiernos de hoy en día enfrentan escenarios cada vez más desafiantes en esta materia, el de Salta -quizá por falta de recursos intelectuales- reacciona envolviéndose en el poncho y repartiendo ponchazos, con el inocultable propósito de que todo el mundo piense, razone e interprete como ellos lo hacen.

Desde luego, una opinión pública uniforme (aun la uniformizada a golpes de poncho) facilita la gobernabilidad. Esto no está en dudas. Lo que debemos reflexionar entre todos es si el esfuerzo por uniformizar (por reducir a como dé lugar el abanico del pluralismo informativo) vale la pena (pensando en el dinero que se gasta en ello) y, además, si en sí mismo es un ejercicio democrático, respetuoso de la gran variedad de nuestra sociedad.

Cualquier sistema de control pensado para ponerle límites al pensamiento y a la opinión aldeana tropieza con la internacionalización de los procesos informativos y de opinión. El mundo se ha hecho demasiado ancho para que alguien pretenda controlarlo desde un par de escritorios del centro de Salta. La censura puede tener alguna efectividad algunas cuadras a la redonda de los citados escritorios, pero mucha menos en otros puntos de Salta, y seguramente ninguna en otros rincones del planeta.

Demostrarle al mundo que Salta es una sociedad monolítica (que cree, piensa y siente lo mismo, en cualquier época) es un esfuerzo vano e inútil. Porque Salta es lo que es y casi siempre ha sido: una sociedad revuelta, de gente relativamente dócil, pero muy variada y equitativamente dividida ideológicamente. Presentarnos a la sociedad global como lo que no somos, no solo es una falacia: es un claro error.

Si los salteños queremos tener algo que decir en el cada vez más ancho mundo de la comunicación digital, lo primero que debemos hacer es sacudirnos los complejos, descreer de los que pretenden imponernos corsés o dictarnos guiones, archivar las viejas recetas manipuladoras y abrazar el futuro con la esperanza de que en el pluralismo social e informativo se esconde el secreto del éxito.