El problema principal es que los niños que van a la escuela y que leen los diarios pueden llegar a creer que en Salta hay tifones. Incluso, les puede parecer la cosa más normal del mundo. El que se produzcan en nuestro territorio determinados fenómenos atmosféricos parecidos a un tifón, no es razón suficiente para utilizar este término, que, por decirlo de algún modo, tiene una denominación geográfica de origen: «tifón es el huracán que se produce en el mar de la China».
A pesar de la creciente influencia del gigante asiático en los asuntos mundiales, su ancho mar aún no ha llegado a Salta, de modo que en nuestros valles se pueden producir ciclones tropicales, huracanes, baguios, pero muy difícilmente un «tifón».
Hace algunos años, expertos en cuestiones meteorológicas sugirieron que el viento seco, cálido y huracanado que desciende de las laderas de las montañas occidentales de Salta no debe llamarse «zonda» sino llevar otro nombre, más autóctono, ya que Zonda es el nombre de una quebrada sanjuanina.
A pesar de que hubo un intento por rebautizar con nombre salteño al temible viento del Oeste, la suerte no acompañó el empeño. Los eurófilos quisieron llamarlo con el nombre de Foehn y los más criollos con el de Mordancio, pero no alcanzaron a llegar a un acuerdo. Si el concurso voviera a repetirse hoy, los más imaginativos del terruño propondrían que se lo llamase Martín Miguel de Güemes; los más piadosos, Papa Francisco, y los más retorcidos postularían el socorrido nombre de Néstor Kirchner.
Decididos a acabar con los extranjerismos, los salteños deben buscar ya mismo un nombre para los torbellinos blanquecinos que arrasan con techumbres y muros en cercanías de Payogasta. Porque aunque tifón es una palabra que nos viene del idioma portugués (tufão), otros sostienen en cambio que se origina en el inglés T-Phone, algún otro experimento fallido de Steve Jobs.
Mientras encontremos el nombre, no haríamos mal si le llamáramos sacha-tifón.
Resumiendo. Chicos, no hay tifones en Salta. Don't believe what you read.
