Urtubey, padrino y mentor de los nuevos censores

Hace algunos años, cuando muchos utilizábamos ya de forma intensiva las redes sociales, el gobierno de Urtubey encargó a un grupo entonces reducido de entusiastas -la mayoría de ellos formados en disciplinas de la comunicación más obstinadamente analógicas- que se pusieran a investigar qué era aquello de las redes sociales, de las que tanto hablaba la gente.

A los pocos meses, aquel puñado de improvisados ya dictaba cátedra en las redes a los más antiguos, no solo sobre política, sino también sobre ética, sobre derechos humanos y sobre transparencia. La osadía no es ni siquiera novedosa, pues no la primera vez que unos recién llegados, sin formación ni antecedentes, se consideran a sí mismos los padres fundadores de algo que ya existía con bastante anterioridad.

Como muchas de las nuevas disciplinas tecnológicas, el oficio de «community manager» se aprendía entonces sobre la marcha, sin bases teóricas, sin gurúes, sin manuales. No había más ayuda que el viejo dicho aquel de «a donde fueres haz lo que vieres».

Y así, pronto aprendieron los tuiteros gubernamentales lo que primero se aprende en estas lides: a linchar al disidente, a vapulear al que se expresa en libertad, llenándolo de adjetivos y denuestos varios.

También aprendieron lo más importante: que una buena operación de aplastamiento mediático comienza y termina ametrallando al díscolo con menciones y hashtags desde perfiles militantes creados al solo efecto de crear una atmósfera artificial de popularidad para el gobierno de turno.

Desde que esto empezó a suceder, la tortilla de la política se ha dado vuelta de forma sorprendente y algunos panqueques (no hay por qué dar nombres cuando estos son sobradamente conocidos) han culminado un viaje de ida y regreso desde la intolerancia más primitiva hacia la libertad de expresión, para volver una y otra vez al punto de partida.

Para poner solo un ejemplo, diremos que un conocido tuitero a sueldo del gobierno de Urtubey, dedicó buena parte de la grasa de sus pulgares a insultar al exgobernador Juan Carlos Romero, hasta que éste puso el diario de su propiedad al servicio del gobierno. En ese momento desaparecieron no solo los insultos en las redes sociales, sino también cualquier mención en la prensa de las causas judiciales por corrupción con las que se pretendía mantener a raya al exmandatario. El tuitero en cuestión no ha tenido más remedio que hacer una especie de cápsula con las delicadas metáforas que en su día elaboró para Romero y algunos dicen que se las podría haber guardado en un lugar seguro.

Pero a pesar de las idas y vueltas de la política, el modus operandi no ha desaparecido. Quien guarda celosamente la receta de los linchamientos mediáticos a la carta es el Gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, que ha demostrado recientemente que su discurso aperturista no es más que una fachada para ocultar a un censor de la opinión ajena, como no se conocía en la Argentina desde los años sesenta.

Si hasta hace poco se sabía que Urtubey era un bloqueador profesional de personas e instituciones que le dirigen hasta las críticas más inocentes, lo que no se sabía es que con un solo chasquido de sus dedos era capaz de poner en marcha una maquinaria de insultos, que tiene como principales protagonistas y operadores a sus más aventajados alumnos en el arte de la taumaturgia: sus ministros.

La nueva censura, esa práctica malvada que ha entronizado la intolerancia respecto de la opinión ajena, se puede resumir en una sola frase, dicha en tono de severa exhortación: «¡Usted no hable!»

Urtubey, el mismo que aspira a ser Presidente de un país exitoso en un mundo abierto y sin fronteras, apadrina y prohija a los que niegan el derecho de hablar a los demás. La última víctima de este maltrato institucional ha sido el dentista tucumano José Manuel Cano, a quien uno de los ministros de Urtubey (el menos preparado de todos) llamó públicamente inútil, sin haberse retractado hasta el momento.

El pecado de Cano no ha sido su «inutilidad» (real o presunta) sino el haber tenido la tremenda osadía de deslizar frente a unos micrófonos que el gobierno de Urtubey es un mal gobierno, desde hace nueve años. Es decir, que se puede ser un ángel o un demonio, un burro o un gran profesor, que si no decimos nada malo de Urtubey y de su gobierno, los censores a sueldo serán condescendientes con nosotros, ignorándonos misericordiosamente. De lo contrario, ya sabemos lo que nos espera.

Urtubey sabe que tiene lenguaraces y lenguarazas enquistados en el aparato del Estado y no hace nada por quitárselos del medio, con lo cual no cabe otra cosa sino entender que esa forma de lidiar con la opinión libre de quienes no forman parte del gobierno ni coinciden con él, es una metodología cohonestada por el propio Gobernador de la Provincia.