Al igual que ocurre con la palabra «repudio», cuyo significado real es infinitamente más suave que lo que se pretende generalmente expresar con ella, la palabra «resentido» tiene entre nosotros una inmerecida fama de insulto terminal. Y por terminal entendemos aquel epíteto de ultima ratio con el que alguien suele poner fin a una discusión acalorada y violenta. En el sentido que aquí interesa, la palabra «resentido» sirve, según el Diccionario, para llamar a aquella persona que se siente maltratada por la sociedad o por la vida en general.
Como se puede apreciar con facilidad, el verdadero «resentido» no es un ser marginal o extraño, un outsider, un perverso o un excluido. Es decir, no es aquel que habla porque no puede acceder a su porción de la torta. Si hablamos de maltrato social, o de la vida, el 99,8 por cien de los que aquí vivimos somos «resentidos», en el mejor sentido que tiene esta expresión, aunque la sonoridad de la palabra nos impida generalmente asumir la etiqueta.
Lo peor de todo esto es que, entre nosotros, al «resentido» le está prohibido hablar. «Ah, usted no puede opinar porque es un resentido», se escucha a menudo decir por ahí. Y a los pocos que se les permite hablar, normalmente se les priva del derecho a que los demás le presten la debida atención: «No le hagás caso, ése es un resentido».
Pero pongamos como ejemplo una persona que sufre agresiones físicas constantes a manos de su pareja y que resuelve denunciar su caso a las autoridades, pero éstas, en vez de ayudarla, la someten a una intensa humillación institucional. La persona maltratada reacciona y critica con fundamento tanto el castigo físico que recibe como el desprecio institucional. Sin dudas esa persona es una «resentida». ¿Podemos emplear este término para descalificarla?
Casos como este hay millones, pero lo que hay que preguntarse es si el maltrato social o las vicisitudes adversas de la vida justifican que una enorme cantidad de personas deba guardar silencio; y si es justo que los demás -aquellos a los que les va «fenómeno» y están plenamente conformes con la sociedad en la que viven- instauren una suerte de dictadura del éxito, para premiar a los conformistas y castigar con el retiro de la palabra a las personas que desean cambiar para mejor la sociedad en la que viven.
Cuando nos demos cuenta de lo que significa el «resentimiento» y comprendamos cabalmente el valor de revulsivo social (por no llamarle revolucionario) que tienen estas conductas inconformistas, probablemente valoremos al «resentido» como un adalid del cambio y no como un postergado, un preterido que protesta porque considera a todos los demás unos imbéciles e insensibles.
Una sociedad que aspira a mejorar y construir la equidad desde su cimientos, debe proteger a sus «resentidos» y no pretender aniquilarlos o arrinconarlos.
Un día llegará en que aprenderemos que el verdadero enemigo del progreso social es el conformista, aquel que presta su alegría y su aplauso fácil a las estupideces en boga, y no aquel que critica el sistema, porque no le gusta, porque se siente maltratado, postergado o humillado. Tardaremos menos de lo creemos en darnos cuenta de que el resentido, el que vive permanentemente enojado y critica todo lo que se mueve es la clave del futuro.
Mientras que los conformistas, los partidarios de la odiosa dictadura del éxito, los líderes del «mainstream», al dividir la sociedad entre consentidos y resentidos, lo único que pretenden es perpetuar las injusticias, las divisiones y las diferencias entre personas nacidas iguales.